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¿Qué pasa con las deudas de un fallecido?

2019-11-13 11:03:57 | El Pionero

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Los familiares de una persona fallecida pocas veces se preguntan que pasará con las deudas que dejó, por eso, aquí te decimos qué hacer con las cuentas a pagar.


    

Cuando una persona fallece, pocas veces los familiares se preocupan por lo que sucederá con las deudas del finado, como préstamos o tarjetas de crédito, y aunque normalmente no están obligados a pagarlas, en ocasiones sí deberán hacerlo, por lo que es mejor estar preparado.

En la mayoría de los casos, los familiares no están obligados a pagar las deudas de la persona fallecida, ya que algunos servicios como créditos hipotecarios y tarjetas de crédito cuentan con un seguro que salda la cuenta en caso de que el titular muera.

Sin embargo, de acuerdo con el portal Coru.com, en el caso de las tarjetas de crédito, el seguro no se hace válido si se tiene más de tres meses de atraso en el pago de la deuda o si haces uso de ella días posteriores al fallecimiento.

Casos en los que hay que pagar Según la Comisión Nacional para la Protección y Defensa de los Usuarios de Servicios Financieros (Condusef), estos son los casos en los que sí eres responsable de pagar la deuda:

Co-firmaste la obligación. Eres la albacea. Eres obligado solidario; es decir, aval o fiador. Eres responsable legalmente de liquidar la herencia del finado y no cumpliste con ciertas leyes aplicables.

¿Y los créditos mancomunados? Cuando el crédito es otorgado, las dos personas están cubiertas por el seguro de vida ligado a la hipoteca. Si alguno de los dos fallece, el seguro liquida la deuda, siempre y cuando en la póliza se figure el esquema de cobertura mancomunada conyugal y no haya atrasos en pagos.

Sin embargo, el adeudo aparecerá en el buró de crédito de todos los que son codueños y corresponsables del pago. En dado caso de que el titular fuera un mal pagador, el historial negativo se verá reflejado en todas las demás personas vinculadas al crédito. 

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Educación y enseñanza, ¿conoces la diferencia?

2020-07-08 02:06:33 | El Pionero

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Resulta muy común confundir estos dos términos utilizándolos como sinónimos. En realidad, se trata de conceptos íntimamente relacionados que, en diversos ámbitos, llegan a fusionarse


    

Sin embargo, al hablar de educación y de enseñanza no se hace referencia exactamente a lo mismo, existen unas diferencias notables y es conveniente tenerlas en cuenta para aplicarlas también como es debido.

Lo cierto es que resulta frecuente dejar en manos de las escuelas todo lo que concierne a la enseñanza y a la educación pero, en términos lingüísticos, es importante saber la diferencia y utilizar cada vocablo del modo correcto.

¿En qué se diferencian?

· Educar. En este caso hablamos del proceso de acompañamiento de una persona para ayudarle a formar un espíritu crítico con el que encarar el mundo. No se trata de adoctrinar ni inculcar ideas férreas sobre ningún tema, más bien se estimula la creatividad de la persona y se potencian sus capacidades para enfrentar los problemas de la vida a base de soluciones propias. La intención de este acompañamiento es la transmisión de valores positivos como el esfuerzo, la empatía, el respeto, la convivencia, así como la comprensión de los derechos y deberes de cada persona.

· Enseñar. Este término hace referencia a la práctica de transmitir conocimientos y sabiduría. La enseñanza se suele programar de antemano y organizar de forma ordenada por niveles que se adapten a las capacidades y potenciales de niños y adultos en función de su edad. Los conocimientos transmitidos son evaluados de forma periódica de modo que es sencillo comprobar la adquisición de esta enseñanza por parte del individuo que la recibe.

¿En quién recae la responsabilidad?

Es fácil delegar responsabilidades en estos términos, sin embargo, resulta fundamental que las tareas recaigan en la persona o institución adecuada con un constante feedback entre padres y escuelas. No se puede dejar de lado el Estado como máximo responsable de ciertos elementos que influyen directamente tanto en la enseñanza como en la educación de los menores.  Este es el caso de la creación de  leyes de protección y amparo  del menor para su seguridad y para la puesta en valor de sus oportunidades de desarrollo.

Los padres tienen la obligación de aportar a sus hijos una educación acorde con sus propios valores, sin embargo, no están exentos de ofrecerles enseñanza a cierto nivel sin necesidad de que se trate de una actividad pautada y evaluada.

Del otro lado, la escuela tiene la máxima responsabilidad en lo referente a la enseñanza y está diseñada para ello. La organización, la presencia de profesionales formados de forma específica y las pautas que dan forma a la escuela, consiguen unos resultados excelentes brindando oportunidades a todos los alumnos. Es fundamental cuidar la calidad de la enseñanza en una sociedad para lograr una población crítica, consecuente y formada. Es también importante mencionar el porcentaje existente de responsabilidad que las escuelas tienen en materia educativa.

No se puede negar que se añade un complemento de gran interés a los valores recibidos en casa, sin embargo, sin esta base previa se hace inviable el buen funcionamiento de ambos ámbitos.

 

 

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