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¿Qué pasa con las deudas de un fallecido?

2019-11-13 11:03:57 | El Pionero

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Los familiares de una persona fallecida pocas veces se preguntan que pasará con las deudas que dejó, por eso, aquí te decimos qué hacer con las cuentas a pagar.


    

Cuando una persona fallece, pocas veces los familiares se preocupan por lo que sucederá con las deudas del finado, como préstamos o tarjetas de crédito, y aunque normalmente no están obligados a pagarlas, en ocasiones sí deberán hacerlo, por lo que es mejor estar preparado.

En la mayoría de los casos, los familiares no están obligados a pagar las deudas de la persona fallecida, ya que algunos servicios como créditos hipotecarios y tarjetas de crédito cuentan con un seguro que salda la cuenta en caso de que el titular muera.

Sin embargo, de acuerdo con el portal Coru.com, en el caso de las tarjetas de crédito, el seguro no se hace válido si se tiene más de tres meses de atraso en el pago de la deuda o si haces uso de ella días posteriores al fallecimiento.

Casos en los que hay que pagar Según la Comisión Nacional para la Protección y Defensa de los Usuarios de Servicios Financieros (Condusef), estos son los casos en los que sí eres responsable de pagar la deuda:

Co-firmaste la obligación. Eres la albacea. Eres obligado solidario; es decir, aval o fiador. Eres responsable legalmente de liquidar la herencia del finado y no cumpliste con ciertas leyes aplicables.

¿Y los créditos mancomunados? Cuando el crédito es otorgado, las dos personas están cubiertas por el seguro de vida ligado a la hipoteca. Si alguno de los dos fallece, el seguro liquida la deuda, siempre y cuando en la póliza se figure el esquema de cobertura mancomunada conyugal y no haya atrasos en pagos.

Sin embargo, el adeudo aparecerá en el buró de crédito de todos los que son codueños y corresponsables del pago. En dado caso de que el titular fuera un mal pagador, el historial negativo se verá reflejado en todas las demás personas vinculadas al crédito. 

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Cinco frases que siempre has dicho mal y quizá no lo sabías

2019-11-25 07:34:02 | El Pionero

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En Las malas lenguas, Juan Domingo Argüelles recopiló cientos de pleonasmos y sinsentidos del español que todos hemos pronunciado alguna vez.


    

Convencido de que la gente habla y escribe mal, Juan Domingo Argüelles reunió más de 600 páginas de redundancias, barbarismos y sinsentidos en el libro Las malas lenguas (Océano, 2018).

"Todos cabemos en este costal —explica Juan Domingo en la introducción—, pero algunos podemos y queremos salir de él".

Por eso reunimos aquí algunos de los ejemplos que recogió en su libro, con su respectiva explicación.

Cita previa

No hay citas que no sean previas, asegura Argüelles, pues el sustantivo femenino cita se refiere al "señalamiento, asignación de día, hora y lugar para verse y hablarse dos o más personas", o bien a la "reunión o encuentro entre dos o más personas, previamente acordado", según el Diccionario de la RAE.

Por otro lado, el adjetivo previo, según María Moliner, "se aplica a lo que precede y sirve de preparación a algo".

Esta expresión redundante tiene su origen en el español culto, puesto que es utilizada especialmente por profesionistas y hoy ha infestado incluso a las publicaciones impresas.

 

Descuido humano

La expresión no tiene sentido para explicar un accidente, escribe Juan Domingo.

Los descuidos son siempre humanos. Descuido es un sustantivo que significa "omisión, negligencia o falta de cuidado", pero también "olvido o inadvertencia".

Puede argumentarse que se utiliza en oposición a "falla técnica", pero es que incluso una falla técnica se puede tratar de un descuido, pues si un automóvil se queda sin frenos y ocasiona un accidente mortal es porque hubo alguien que no lo llevó al servicio mecánico o, si lo llevó, el encargado de atender esto lo hizo con negligencia, es decir con descuido.

Es una tontería hablar de "descuidos o errores humanos" en el contexto en el que siempre se usan: accidentes y problemas ocasionados por negligencia, inadvertencia, omisión, exceso de confianza, olvido o idiotez.

 

Lucir deslumbrante o lucir mal

Podemos decir que alguien "luce despampanante", pero no "deslumbrante", pues el verbo intransitivo lucir tiene dos acepciones principales: "brillar, resplandecer" y "sobresalir, aventajar".

También funciona como verbo transitivo, con el significado de "iluminar, comunicar luz y claridad" o bien "llevar a la vista, exhibir lo que alguien se ha puesto, normalmente como adorno".

En cuanto al adjetivo deslumbrante, hay que decir que deriva del verbo deslumbrar, cuyas acepciones son: "ofuscar la vista o confundirla con el exceso de luz"; "dejar a alguien confuso, admirado"; "producir gran impresión con estudiado exceso de lujo".

Deslumbrar y lucir son prácticamente sinónimos, por lo tanto la expresión lucir deslumbrante es una redundancia.

¿Puede alguien lucir mal? Por supuesto que no. Se trata de un oxímoron involuntario que da como resultado una barrabasada. Nadie puede "lucir" o "deslumbrar" en un sentido negativo.

 

Ojalá Dios quiera

Ojalá es una interjección del español que proviene del árabe hispánico que se traduce literalmente como "si Dios quiere" y que, de acuerdo con la RAE, "denota vivo deseo de que suceda algo". El disparate consiste en que al decir y escribir ojalá ya está implícito y expresado el sentido literal de "si Dios quiere".

Según Argüelles, se trata de un desbarre lo mismo culto que inculto.

 

Puño cerrado

No hay puños abiertos ni puños cerrados, lo que hay es, simplemente, puños. La mano cerrada es ya un puño y si la abrimos, deja de serlo. Juan Domingo consigna un ejemplo que demuestra que los dislates afectan hasta a los maestros del lenguaje:

El gran poeta Rafael Alberti, cuando retornó de España después de un largo exilio, declaró lo siguiente:

"Me fui con el puño cerrado y vuelvo con la mano abierta".

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