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  • El terremoto que borró mi Santo

    2019-09-19 13:22:45

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    Por Genaro Fuentes: Auto-relato de un estudiante aprendiz de periodismo


        

    "Estaba yo acostado aún, mi cama la jalaron una y otra vez por la parte de los pies. Primero pensé que era mi hermano que -bromista- ese jueves, quería molestarme antes de irse a la escuela, fuera para despertarme o para felicitarme, pues era el día de mi santo.

    "Dormía yo en la parte alta de la casa –recuerdo-. Entre sueños y despierto, el movimiento no cejaba, yo no sé realmente si fueron 40 segundos o hasta un minuto y medio en esos primeros jaloneos oscilatorios. Yo seguía inerme en el lecho pero alcancé a gritar ¡Gerardo, estate quieto! Pero nadie me respondió, no había nadie…

    "Me incorporé como pude y oí al otro lado de la casa que mi mamá y Gustavo, mi otro hermano, se gritaban entre sí como en discusión, pero no, no era tal. Poco a poco dentro de mi somnolencia se me fue aclarando el panorama de los gritos de mis consanguíneos, estaba temblando la tierra.

    "La casa crujía en su estructura, mientras mi hermano mayor pegado a un librero intentaba evitar que las porcelanas chinas de la sala se cayeran. Mi madre y yo, nos colocamos en el marco de una de las puertas, mientras pasaban los segundos o minutos, -no sabemos a ciencia cierta- desesperantes con movimientos del piso”.

    Son las palabras de aquel Genaro Fuentes Vélez, estudiante de periodismo de la UNAM, que vivió su propia historia, pequeña, intrascendente si quieren, en aquella fecha maligna para todos los mexicanos.

    “Está temblando, levántense”, fue la exclamación a los moradores de la casa, en el Estado de México, dónde vivía en aquellos años, y donde también se sintió el terremoto de 1985, aunque con menor intensidad.

    Era el jueves 19 de septiembre de 1985, si bien no me tocó vivir de lleno esa tragedia, sí la sentí indirectamente.

    Hoy, pregunto yo a usted apreciable lector ¿Que hacía usted hace 34 años? A lo mejor no lo recuerda con precisión, pero para mí como para muchos capitalinos en esta fecha fue algo significativo por todo lo que aconteció relacionado con la fuerza de la naturaleza.

    Tenía 17 años y estaba en el segundo año de la carrera de Periodismo, aunque ya andaba haciendo mis primeros “pininos” en un semanario.

    Recuerdo que encendimos la televisión y se había ido la señal, eran ya como las 7:30, el temblor se registró oficialmente a las 7:19 horas. Prendimos un pequeño radio de pilas y un connotado locutor de noticias veracruzano de la empresa Radio Centro, Sergio Guarneros San Miguel, -a quien meses más adelante conocería en persona y me tocaría entrevistarlo- estaba narrando ya los primeros informes sobre la tragedia.

    Don Sergio con su voz impostada de verdadero locutor radial y transmitiendo desde la calle de Artículo 123, en pleno centro de la capital, decía que el temblor había sido muy fuerte, que tenía como primeros reportes la caída de cuando menos 6 edificios, entre ellos uno muy conocido: “El Hotel Regis”.

    Dentro de mi exigua experiencia periodística de entonces, pero ya influenciado por algunos consejos de mis maestros universitarios, les dije a mi madre y a mi hermano, que no se espantaran ni creyeran mucho lo que decía el locutor en ese momento, porque a mi parecer el comunicador estaban exagerando la noticia, puesto que donde nosotros habíamos vivido el temblor no había sido tan fuerte como para tumbar un edificio. Pero además: ¿cuándo se habían narrado hechos de devastación tan inmensos a través de un medio de difusión casi al momento que acaba de suceder? nunca en mi corta vida.

     

    iPero… oh, desgraciada realidad! Don Sergio Guarneros estaba en lo cierto, apenas pasaron los minutos y el escenario que describía él y otros comunicadores en la radio era poco creíbles pero reales. Los reporteros de distintas estaciones que salieron a la calle a rifarse el físico como buenos periodistas, comenzaron a narrar las historias urbanas de horror, con sangre derramada, con tonos de pesadumbre y dolor.

    Los comunicadores lanzaban sus crónicas al aire: “En el eje central se cayó un edificio completito conocido como el ´Superleche”. “En la zona de Tlatelolco se vino abajo ´enterito´ el edifico Nuevo León". Que: “hay derrumbes de varios edificios en la colonia Roma“, que “hay atrapadas cientos de trabajadoras costureras en un edificio que se hizo sándwich en San Antonio Abad”.

    Otros corresponsales transmitían: “El Hospital General se derrumbó todido”, “en el Centro Médico, los cuneros del área infantil salieron disparados por el aire”, “se están solicitando voluntarios para buscar sobrevivientes aquí y allá".

    Y también que: “En un viejo edificio de Correo Mayor rescataron con vida a un bebé entre los escombros pero su madre no corrió la misma suerte murió aplastada por los muros”.

    Escenas y descripciones dantescas, dramáticas, se olfateaba ya hedor de muerte.

    Doña Sofía -mi madre-, mis hermanos y yo escuchábamos primero por narraciones de la radio la tragedia en ciernes y más tarde vimos por televisión las primeras imágenes del horror, de la devastación, de la desgracia nacional por el sismo que aparentemente afectaba sólo a la ciudad de México, pero que tenía repercusiones a lo largo y ancho del país.

    El servicio telefónico estaba caído en más de un 50%, había apagones en varios sectores de la ciudad, no funcionaba el metro, pocas, muy pocas rutas de camiones transitaban, dando un aspecto lúgubre. Los autos particulares era lo mejor para poder moverse y los taxistas y choferes de urbanos en quienes brotaba su gesto de solidaridad.

    A toda la gente que vivíamos fuera del DF, se nos impidió llegar a la zona centro, cerraron escuelas y pararon centros de trabajo, había bloqueos policíacos y retenes de soldados, postes y semáforos caídos, edificios hechos sándwich, escombros y nubes de tierra por doquier, olía a gas y a muerte en el ambiente, ululaban ambulancias, transitaban patrullas, un caos citadino total.

    Yo como estudiante no pude ingresar, pero don Victoriano Fuentes Rivera, -mi padre-, tuvo que sortear los bloqueos y penetrar por fuerza en la ciudad desvastada, pues había recibió la encomienda de su comadre la señora Juana Inés Martínez Castro, cuyo marido Gabriel y otros profesores originarios de La Paz Baja California y Sonora, estaban perdidos y habían estado hospedados en el Hotel Continental, de la avenida Reforma, cuyo edificio también se colapsó en los pisos superiores.

    Desafortunadamente, horas después supimos con la intervención telefónica de mi hermano Gustavo que se comunicó a hoteles, salones de fiesta y trabó comunicación con muchas personas que el profesor buscado Gabriel Francisco Ojeda Agúndez, había fallecido en la tragedia de aquella aciaga mañana, pues hospedado en el piso 19 del prestigiado hotel -donde daba su show la afamada Olga Breeskee-, el edificio se colapsó de los pisos 24 al 15, falleciendo más de 40 personas, muchos de ellos maestros de distintos puntos del país, que asistían a cursos de actualización convocados por la SEP en México.

    En las plantas bajas y sótanos de los edificios de las delegaciones de policía y delegaciones políticas del DF, las áreas usadas como estacionamiento estaban siendo utilizadas como morgues improvisadas. Los cadáveres desnudos mostraban los signos de la tragedia: amoratados, golpeados e inflamados, mutilados, cuerpos por aquí y por allá. Solo se les identificaba por la cinta adhesiva blanca pegada en el pecho o en una muñeca del brazo con el nombre si es que estaba identificado el cuerpo o simplemente tenía la referencia del lugar de donde había sido recogido el cadáver.

    Así las leyendas en cadáveres decían, por ejemplo: “Juan Pérez fallecido en edificio de la Secretaría de Programación y Presupuesto”. O sino se sabía el nombre del cadáver, entonces únicamente se referenciaba: “Muerto en Tlatelolco", "muerto en edificio de avenida Reforma 52", etc. etc.

    Escenas fuertes y lastimeras como la de una madre agarrada a un bebé en sus brazos con un rictus de dolor y muerte en su semblante y por supuesto huellas de lesiones expuestas y aterradas.

    Vale describir el panorama funesto, pues sobre los cientos, -quizá miles de cuerpos-, las empresas hieleras donaron decenas de barras de 50 kilos de hielo, las cuales se partieron y colocaron sobre los cuerpos para mantener frío el ambiente y evitar la pronta descomposición de los cuerpos.

    La morgue mayúscula que enlutó según cifras oficiales a 5 mil familias, -pero extraoficialmente se hablaba de por lo menos 25 mil cadáveres-, fue situada en el antiguo Parque del Seguro Social, allí sobre la avenida Cuauhtémoc y el periférico Miguel Alemán. Sobre la grama del estadio donde jugaban los Diablos Rojos y Tigres de la capital, yacían miles de cadáveres.

    Recuerdo perfectamente las fotos del periódico La Prensa, sobre este penoso asunto, donde la gente acudía a tratar de rescatar a sus muertos para evitar ser llevados a la fosa común. Más tarde mi padre -que casi piso los muertos en la búsqueda de su compadre Gabriel-, me confirmaría esta trágica escena.

    "Ni te cuento, decenas, cientos de cadáveres, qué bueno que no fuiste conmigo, no te hubieran dejado entrar", me explicó mi padre apesadumbrado y enervado aún por tan fatídica escenas que le tocó vivir.

    Yo pude entrar hasta el escenario de la tragedia hasta el día 29 de septiembre, 10 días después del terremoto, con mi flamante Cannon AE 1 de 35 mm, que me había traído mi familia desde Estados Unidos y fue cuando alcance a ver de lleno la magnitud del drama nacional, con las decenas de edificios derruidos, las tareas de hombres y máquinas trabajando en los escombros y rescatistas impregnados de polvo, aun buscando sacar a algún sobreviviente.

    El aroma a formol -usado como desinfectante- combinado con el olor a muerte que bullía de los edificios sandwich, no se me va a olvidar jamás en mi sentido olfativo, los rostros combinados de miedo y angustia de mucha gente que aún buscaba a sus parientes desaparecidos, tampoco.

    En fin que la odisea para el salvamento de víctimas mortales o sobrevivientes se dio primero, a ello le siguió la fumigación de la ciudad a los 10 días ante el olor nauseabundo de cadáveres descompuestos enterrados por la tragedia y después el retiro de escombros paulatino que duró meses, años.

    Baste decir que el dolor de los deudos por los muertos trágicos a consecuencia del fenómeno natural, aún después de tantos años, persiste.

     

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