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La visión del clásico ciego

2020-09-14 09:25:55 | Carlos Gallegos

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Un merecidísimo homenaje a aquellos hombres y mujeres que dejaron media vida en su esfuerzo invencible por hacer que frutara la tierra regada con el agua de nuestras presas, diques mudos que hoy viven días aciagos, días que finalmente serán tormenta pasajera que se llevarán las nubes, imponiéndose la justicia y la razón histórica a la insidia de unos pocos.


    

Empezaron plantando a mano las semillas de la esperanza, luego nacieron los  primeros brotes, que pronto tendieron su tapete verde en las parcelas yermas.

Al siguiente ciclo,  con las magras ganancias que les dejaba su extenuante trabajo, una vez restados los gastos de su modesto vivir,  se hicieron de su tractorcito de llantas de fierro, que traqueteante trazaba los surcos, desmoronaba los terremotes, cultivaba, arrancaba la raíz de la hierba mala,  hasta que llegaba el feliz tiempo de la ansiada cosecha, que ha veces se convertía en tiempo de tristeza,  cuando no de quiebra y duelo, porque ése ha sido y es el destino del agricultor: un volado al todo o nada.

Y así, al correr de los años, unos buenos, otros no tanto, muchos vanos a causa de las sequías recurrentes, de las plagas puntuales, de las heladas tempranas y tardías,  del desplome de los mercados, del coyoteaje, del crecimiento de la familia que exigía escuela y mejores oportunidades que las que ellos tuvieron , fueron viéndole la orilla a una existencia menos dura.

Ese ha sido el horizonte eterno de los agricultores que aderezan nuestras mesas, ése es  el camino que han seguido sus hijos, ésa es  la herencia que les han dejado a las generaciones que los han relevado en la indomable  tarea de lograr  que la tierra produzca.

Lo demás, citando al ciego clásico, son politiquerías.

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