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¿Qué hora es? La que usted diga, señor Presidente

2020-07-26 08:42:35 | El Pionero

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El gobierno del presidente Andrés Manuel López Obrador se ha caracterizado por ser unipersonal. Es él, solamente él y nadie más que él quien toma las decisiones, quien debe tener la última palabra.


    

No le gusta que le lleven la contraria y si, para dejar claro su punto, es necesario desautorizar a sus funcionarios y hacerlos quedar en ridículo, lo hará sin piedad. Si alguien lo sabe es el secretario de Hacienda, Arturo Herrera, quien tiene el récord de ser el funcionario más desmentido por el Ejecutivo.

La semana pasada no fue la excepción. Durante un foro de Canacintra, Herrera afirmó que: “Éste (el cubrebocas) va a ser no solamente uno de los elementos más importantes para protegernos, sino que va a ser uno de los elementos que permitan relanzar con mayor éxito a la economía”. Al día siguiente en la mañanera, el presidente López Obrador lo desautorizó: “No, pues creo que está muy desproporcionado, ojalá y fuese eso… pues si fuese el cubrebocas una opción para la reactivación de la economía, pues me lo pongo de inmediato, pero no es así. Yo sigo las recomendaciones de los médicos, de los científicos”.

Al funcionario de Hacienda, presente en esa conferencia, no le quedó otra que señalar que “era una analogía para decir que nos vamos a tener que reorganizar a través de mecanismos distintos para regresar a la normalidad y a la recuperación”. Sólo le faltó balbucear “pipipipipi” y meterse a su barril, cual Chavo del ocho.

Esta reacción recordó la anécdota sobre la conversación de dos políticos: “¿Sabías que los cocodrilos vuelan?”, “Por supuesto que no”, “¿quién dijo semejante estupidez?”, “El Presidente”, “Aaaah, bueno, es que vuelan, pero bajitooo”.

Con la renuncia de Javier Jiménez Espriú dejó claro nuevamente que el Presidente sólo escucha a su almohada. “Lamento profundamente no haber tenido éxito en transmitirle mi convicción y mi preocupación, sobre la grave trascendencia que tiene esta medida para el presente y el futuro de México, tanto en lo económico como lo político”, señaló el ahora exsecretario de Comunicaciones y Transportes.

Jiménez Espriú no debería lamentarlo, realmente nadie ha tenido éxito en transmitirle nada al Presidente. Si es algo que el Ejecutivo no quiere escuchar, simplemente lo hace a un lado.

En su gobierno sólo tienen cabida los que le dan la razón, el avión, los que ya renunciaron a tratar de convencerlo o los que evitan la confrontación, pero le resuelven temas y problemas. Si alguien lo cuestiona o le da las noticias que no quiere escuchar, simplemente lo hace a un lado, no lo escucha, lo segrega.

Eso explica que nadie sea capaz de decirle no al mandatario o al menos, lo contradiga, dejando a un lado, incluso su prestigio. Es el caso de Hugo López-Gatell, quien, a pesar de oponerse y minimizar el uso de cubrebocas, el 11 de julio finalmente dijo: “utilizar el cubrebocas como un instrumento auxiliar de la prevención, particularmente en espacios cerrados, como un mecanismo para que la persona que tiene los virus no los proyecte”.

Pero sus declaraciones no han sido suficientes para que el Presidente use el cubrebocas, incluso el viernes pasado señaló que, tanto el Secretario de Salud como López-Gatell le habían dicho que no necesitaba usarlo.

Seguramente, estos funcionarios de Salud, como muchos otros en el gobierno federal, son incapaces de llevarle la contraria al Presidente. Al revés, se mimetizan con él, repiten sus mismos conceptos discursivos, quieren quedar bien, por lo que ante la pregunta, ¿qué hora es? siempre responderán: “la hora que usted diga, señor Presidente”.

Vianey Esquinca/La inmaculada percepción

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Farmacéuticas: la corrupción nunca combatida

2020-08-01 16:03:10 | El Pionero

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Empresarios, especialistas y la oposición advierten que el problema se agudizará en las bodegas de los hospitales, mientras los negocios opacos que el gobierno prometió combatir pasarán a nuevas manos.


    

La aprobación de la reforma a la Ley de Adquisiciones del Sector Público en el Congreso es un capítulo más de una trama que ilustra la épica política de un gobierno que, afanado en atacar la plaga de la corrupción, lleva 20 meses de erráticas fumigaciones.

Es una historia que retrata la prisa y el voluntarismo con el que se ha pretendido resolver el heredado problema del abasto de medicamentos que, con cada presunta solución mágica, se ha ido agravando.

Frente al desastre profundizado en el inicio del sexenio, cuando la oficial mayor de la Secretaría de Hacienda, Raquel Buenrostro, prometió compras consolidadas, ahora se anuncia el fin del monopolio de las farmacéuticas que, se asegura, venían saboteando al gobierno.

Esa retórica promete, una vez más, la solución definitiva del desabasto, gracias a las adquisiciones, a mejores precios y mayor calidad, de los insumos de salud en el extranjero, con el apoyo de Naciones Unidas, OPS y OMS.

Empresarios, especialistas y la oposición advierten que el problema se agudizará en las bodegas de los hospitales, mientras los negocios opacos que el gobierno prometió combatir pasarán a nuevas manos.

“Sin haber explicado razones claras, el Presidente ha desatado una persecución contra la industria farmacéutica, con un ánimo de venganza que multiplicará el tema del desabasto”, advirtió el diputado Antonio Ortega Martínez (PRD).

Entre ambos escenarios, el de la victoria de cambio de régimen que sometió a los neoliberales y el de la escasez que vendrá, se encuentra el estratega Presidente que no quita el dedo del renglón: quiere comprar bueno y barato, que los empresarios le entren a la austeridad de sus ganancias.

Pero sin pruebas ni investigaciones que castiguen penal y administrativamente a los corruptos, López Obrador quiere poner de rodillas a un sector que igual agrupa a cinco distribuidoras millonarias que se repartían a su gusto el mercado, que a 250 laboratorios con 100 mil trabajadores, pasando por inversionistas serios y políticos sin escrúpulos que cabildeaban adjudicaciones para IMSS, ISSSTE y gobiernos estatales, quedándose con su respectiva comisión.

Y en la espera de que ese sector se rinda, se le ofreció una salida. La formuló el diputado Oscar González Yañez (PT), presidente de la Comisión de Transparencia y Anticorrupción, que al vapor aprobó el dictamen de la reforma: “Esta también es una oportunidad para que los empresarios de la industria farmacéutica se pongan a tono a lo que pueden vender dentro de nuestro país”.

Y para esta tarea, el Presidente creará una distribuidora estatal de medicinas a cargo de David León, coordinador de Protección Civil, el hombre de las confianzas del senador Manuel Velasco, quien lo envió desde Chiapas cuando era gobernador para apoyar al presidenciable de Morena en la logística de su campaña, el mismo que fue responsable de las relaciones públicas del PVEM en tiempos del Pacto por México. 

Es un encargo monumental, similar al que Juan Ramón de la Fuente y José Narro Robles consiguieron en la Secretaría de Salud, durante el sexenio de Zedillo al impulsar el mercado de medicamentos genéricos.

Pero López Obrador opta por un cuadro administrativo, después de que en esta aún infructuosa batalla por las medicinas baratas, quedaron en el camino funcionarios que no pudieron con el tema: Germán Martínez, quien renunció a la dirección del IMSS por el austericidio; y el exsecretario Carlos Urzúa, quien huyó, entre otras cosas, del voluntarismo y del hacha presupuestal de la ahora titular del SAT.

Paradójicamente, hubo otro entusiasta de la limpia de la industria que acabó enredado en sus negocios de medicinas: Carlos Lomelí Bolaños, el exdelegado gubernamental en Jalisco, señalado por Mexicanos contra la Corrupción por sus enjuagues con el sector público.

Resulta explicable que el Presidente no recurra a José Alonso Novelo Baeza, titular de la Cofepris, la instancia que en vez de construir un plan para eliminar a las distribuidoras mafiosas y negociar con los laboratorios nuevos convenios, le cerró las puertas durante año y medio a 90 innovaciones farmacéuticas.

Certero en su diagnóstico sobre la voracidad monopólica, López Obrador puso el tema sobre la mesa desde el primer encuentro con su antecesor, Enrique Peña Nieto.

Sin atinarle nunca al tratamiento, el gobierno fue a la India, dispensó certificados de buena calidad, trajo batas chinitas que se rompían como kleenex, comparó la delicada distribución de medicinas con litros de Coca-Cola, filtró el nombre del priista Roberto Madrazo como representante de los políticos voraces…

 

Pero la plaga siguió ahí. Y a falta de fumigadores y venenos efectivos, ahora el gobierno quiere quemar el bosque.

Quizá es una mala metáfora.

También podría tratarse de una peligrosa forma de gobernar.

Por Ivonne Melgar/Retrovisor

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