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Militares y policías, inermes

2019-10-16 17:02:20 | El Pionero

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Mientras maneja su Uber hacia el aeropuerto capitalino, Antonio relata que hasta hace poco era miembro de la Armada de México. Pidió su baja, dice, cuando supo que su unidad sería enviada a Tamaulipas. Y no fue por miedo a un enfrentamiento, asegura. “A los marinos nos entrenan bien y sabemos que en cualquier momento podemos estar en una situación así y qué hacer en esos casos…”


    

—¿Entonces por qué?

—Nos ponían demasiadas restricciones para defendernos en caso de ser atacados. Por ejemplo, nos prohibieron andar armados estando francos. Ya eran muchos compañeros que regresaban en bolsas o a los que nadie volvía a ver. Así que medí el peligro, pensé en mi familia y mejor me di de baja. Y hoy estoy aquí, al volante.

Antonio –quien prefiere no proporcionar su apellido– dice que conoce a muchos marinos en la misma situación. “O ya se dieron de baja o están pensándolo. Y no es por falta de cariño a la institución, créame, sino por ese tipo de órdenes, que sólo ponen en peligro al personal”.

Es evidente que la estrategia del gobierno federal para hacer frente a la seguridad ha limitado la posibilidad de soldados, marinos y miembros de la Guardia Nacional para defenderse de ataques. Y la imagen que se ha creado, de militares a los que se prohíbe defenderse, está poniendo en peligro a los encargados de la seguridad en todo el país.

Han sido comunes, en semanas recientes, las escenas de militares que se han quedado casi estáticos ante las agresiones de civiles que buscan correrlos de sus comunidades o que han optado por la retirada a pesar de haber atestiguado hechos delictivos. Se puede presumir que, en muchos casos, los agresores están coludidos con delincuentes.

Las órdenes que llegan de arriba obligan a los militares a aceptar humillaciones, como insultos y empujones, e incluso se dañen los vehículos en los que viajan. Quienes elaboran esas instrucciones parecen preferir que se afecte el prestigio de las Fuerzas Armadas, pero que a ningún militar se le vaya un tiro y se genere un escándalo que haga ver al gobierno como represor. En meses recientes hemos visto cómo aumenta el desorden y la comisión de delitos callejeros. El gobierno federal parece despreocupado por ello porque su hipótesis es que las violaciones a la ley son producto exclusivo de la desigualdad social y apuesta por contenerlas con base en el apoyo que le profesan los sectores populares y los subsidios que pueda darles para serenarlos.

No estoy de acuerdo con ese diagnóstico, pues el crimen tiene muchas otras fuentes y explicaciones. Pero, incluso de ser cierto, ¿qué pasará cuando ese apoyo se termine o si el dinero público no alcanza para todos los programas sociales?

Por si fuera poco, los elementos de seguridad pública no sólo tienen que preocuparse por los cálculos políticos de sus jefes, sino también por la legislación en materia de uso de la fuerza.

Ésta resulta muy difícil de entender y poner en práctica, según me ha dicho Daniel Gómez-Tagle, especialista en la materia, a quien he entrevistado muchas veces para Imagen Radio.

  Soldados, marinos, guardias nacionales y policías no sólo tienen que preocuparse por la estabilidad de su empleo, en caso de que su respuesta a una agresión de criminales provoque un escándalo en redes sociales, sino que además podrían enfrentar consecuencias legales si esa respuesta es “desproporcionada” a juicio de quien aplique la ley.

En suma, la actual estrategia gubernamental ha maniatado a las fuerzas del orden, las cuales no parecen contar con el apoyo de la autoridad, para la que la masacre de policías como la de esta semana en Michoacán no es algo fuera de lo normal, pues “sucede todos los días”.

Pscal Beltrán del Río/Bitácora del director

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El desgarrador evento de Torreón

2020-01-12 18:22:13 | El Pionero

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Leí con tristeza la noticia sobre el niño de un colegio de Torreón que disparó contra compañeros y maestros para, finalmente, quitarse la vida. Recordé un evento similar en 2017, llevado a cabo en la ciudad de Monterrey. Hace cuatro o cinco años pensábamos que este tipo de acontecimientos sucedían en Estados Unidos, en algún país del norte de Europa o en cierta provincia asiática. Desgraciadamente, suceden ahora también en México.


    

Han surgido algunas teorías relacionadas con el caso que, naturalmente, da pie a múltiples consideraciones en todos los ámbitos. Las primeras reacciones suelen enfocarse a las instituciones o personas directamente involucradas. ¿Sabían algo? ¿Pusieron suficientes medios? ¿Pondrán ahora revisión en mochilas de los alumnos? ¿Tiene alguna responsabilidad la institución? Algunas de estas preguntas resultan lógicas en relación con el evento. Es preciso hacérselas e intentar resolverlas. Sin embargo, no podemos reducir un acontecimiento tan desgarrador a estos aspectos de carácter técnico o procedimental.

Por otra parte, la tendencia en los medios tradicionales de noticias suele derivar en asuntos morbosos o anecdóticos. ¿Qué mensajes envió previamente el alumno que activó el arma? ¿Cuál era la historia de la maestra fallecida? ¿Por qué el alumno se vistió imitando a los alumnos del lamentable caso en Columbine? Ciertas líneas noticiosas buscan encabezados que llamen la atención del público, tanto lector como espectador.

Las redes sociales con frecuencia ponen el acento en enojos personales o comunitarios vinculados, de alguna manera, al evento. Algunas personas aprovechan para externar algún resentimiento, frustración o indignación. Tristemente, algunos otros aprovechan el suceso para golpear, de paso, instituciones o personas vinculadas, de alguna manera, a la noticia, aunque el comentario específico no tenga correlación directa con el dramático episodio.

Investigar más el asunto, conocer algún detalle que arroje mayor luz o revisar algunos procedimientos que prevean casos futuros son reacciones congruentes ante el acontecimiento. Sin embargo, habría que buscar formas de reducir el amarillismo, el morbo, el exhibicionismo, el revanchismo y el deseo de llamar innecesariamente la atención. No nos podemos acostumbrar a un drama humano como este y resulta necesario evitar muestras de frivolidad.

No hay que olvidar una verdad sencilla pero profunda: las noticias relacionadas con muertes o suicidios son, en profundidad, tristes y terriblemente desgarradoras. Tendrían que serlo en una sociedad saludable. Al mismo tiempo, es escalofriante ver que una persona de esa edad decida quitar la vida a otras personas y quitársela a sí misma por no encontrar en su realidad personal elementos superiores a sus propios problemas o cuestionamientos. Acontecimientos así tendrían que llevarnos a preguntas más complejas, elaboradas en un contexto alejado del ruido y abierto al diálogo profundo. ¿Cuál es el concepto y valor que otorgamos hoy en día a la vida humana? ¿Cuáles son los factores culturales que nos están afectando?

En esa línea, por ejemplo, pienso que la crisis familiar que vive la sociedad es de dimensiones importantes, que ha tenido afectaciones en distintas esferas, pero que aún no nos ha llevado a establecer estrategias sólidas para fortalecer a ese núcleo fundamental de la sociedad.

Un evento así debería llevarnos siempre a ser sensibles con el duelo que están viviendo los familiares de los fallecidos y heridos. A evitar el morbo como lectores, la venta fácil como periodistas o el comentario hiriente en redes. A tratar con pudor y dignidad el tema. Estamos hablando de vidas humanas, de personas concretas, de familiares involucrados, de algunos otros que quedarán sicológicamente afectados y no simple y sencillamente de “un acontecimiento” por más rasgos sociales interesantes que presente. Tenemos que encontrar respuestas personales y comunitarias respetuosas y sensatas, pero, sobre todo, verdaderamente humanas

Envío mis más sinceras condolencias hacia los familiares o amigos de la maestra María. Mis deseos de pronta recuperación a los heridos, así como mi mayor solidaridad con sus familiares o amigos cercanos.Mi más profunda solidaridad hacia las personas cercanas a José Ángel. Y mis oraciones por todos, incluyéndolo a él.

Por Santiago García Alvarez

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