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Su peor enemigo

2019-10-06 19:29:41 | El Pionero

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El peor enemigo de un político no es otro político, ni los neoliberales, conservadores, anarquistas, radicales, simpatizantes de la derecha o de la izquierda. Tampoco los medios de comunicación, ni la sociedad civil organizada, la academia o los empresarios. El peor enemigo de un político es la arrogancia.


    

La arrogancia es una enfermedad altamente contagiosa que una vez contraída por un político se dispersa entre sus más cercanos. Esta afección tiene una cura que, además de ser gratuita, se encuentra fácilmente en el mercado, el desabasto de medicinas no lo ha alcanzado se trata del sentido común. No obstante, para que este medicamento sea efectivo tiene que tomarse todos los días, lamentablemente cuando la enfermedad ya está muy avanzada y se pierde todo contacto con la realidad, no hay sentido común que alcance.

Los síntomas de la arrogancia son muy evidentes: sentirse superior a los demás, actuar como si fueran más valiosos o mejores, tener una confianza excesiva en sus habilidades y requerir constantemente aprobación de los demás, por lo que se rodean de personas que todo el tiempo les aplauden. Los políticos arrogantes piensan que no hay más verdad que la suya, no reconocen los errores, no reciben bien las críticas y son intolerantes con quienes no son o piensen como ellos. Sin embargo, a pesar de que todo mundo puede ver cuando un político está enfermo, la víctima vive engañada pensando que es una persona sana hasta que llega a la etapa terminal. Cuando está más avanzado este padecimiento, se presentan la ceguera y la sordera, ya no ven ni escuchan a nadie, ni siquiera a los suyos.

Esta semana parece que hubo un brote de arrogancia en varios políticos. Uno de los más destacados fue el protagonizado por la jefa de gobierno, Claudia Sheinbaum el 2 de octubre. A pesar de varias marchas previas que terminaron en violencia, la funcionaria capitalina decidió seguir utilizando a los policías como edecanes para acompañar a los manifestantes y darle la responsabilidad de contención a los funcionarios públicos arropados con una poderosa arma: una playera blanca. Como era de esperarse, quienes formaron los cinturones de la paz fueron los que sufrieron las consecuencias de su arrogancia. Los expuso y después de la violencia, que de cualquier manera se suscitó, ella y el presidente Andrés Manuel López Obrador calificaron de exitosa la ocurrencia. Para ellos sólo hay dos caminos: la represión policiaca o la entrega absoluta. No hay un término medio en donde la policía, sin violencia, pueda encapsular a los radicales o detenerlos con cinturones policiacos. El problema de que no reconozcan que se equivocaron los condena a seguir repitiendo los mismos errores.

Yeidckol Polevnsky, presidenta de Morena, también demostró que tiene arrogancia. Si bien la condonación y cancelación de impuestos era legal, la morenista fue muy crítica para quien recurría a esa estrategia fiscal. Cuando se supo que ella había sido una beneficiada, culpó al contador. La falta de ética y el abuso nunca les aplica a los arrogantes, quienes se asumen como bendecidos.

Y si alguien está pagando no haberse querido curar de la arrogancia a tiempo son los amigos de Enrique Peña Nieto. La renuncia de Eduardo Medina Mora como ministro de la Suprema Corte de Justicia se suma a la larga lista de cuates que tuvieron la soberbia de pensar que nunca les pasaría nada, que eran intocables… hasta que dejaron de serlo.

Cuando el amable lector identifique a un político enfermo de arrogancia, no hay que juzgarlo tan duramente, pues debe recordar que la arrogancia generalmente sirve como un mecanismo de compensación de una gran inseguridad y poca confianza en uno mismo.

La inmaculada percepción/VIANEY ESQUINCA

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Si me gano el avión

2020-01-18 15:04:57 | El Pionero

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Para cuando lean estas líneas, seguramente ya estaremos hartos de reírnos de los memes y los chistes sobre la rifa del avión presidencial. Y ya atemperados los ánimos sobre el tema, es buen momento para pensar por qué esta propuesta a primera vista tan disparatada es una joya de la comunicación política y no, como muchos ven, una mera puntada en la lista de ocurrencias chuscas del presidente. Tampoco es, como ve The Guardian, “un intento desesperado” de parte de AMLO en su obstinación por cumplir una promesa de campaña.


    

La propuesta de rifar el avión presidencial lanza un fuerte mensaje con dos contenidos: por un lado, que lo verdaderamente ridículo y digno de escarnio es la ostentación y el despilfarro que representa ese aparato; y, por otro, que una vez más, la gente tiene la capacidad de involucrarse en una decisión política y salir en desagravio de la nación mediante una acción colectiva.

La propuesta de la rifa fue una de entre cinco posibilidades, que el presidente puso a consideración del público en su conferencia del 17 de enero. Las propuestas se fueron presentando en orden, de la más sensata a la más absurda. Porque, en efecto, la rifa de un Boeing 787 es un disparate, pero ese es el mensaje de AMLO: no es más ridícula que el hecho mismo de haberlo comprado.

A medida que se presentaron las cinco propuestas, se explicaba por qué no eran del todo viables: ya fuera que se ofreciera a un solo comprador, al gobierno de Estados Unidos a cambio de equipo médico, a una sociedad de empresas, o que se rentara por hora, el problema de fondo es que nadie quiere usar un artefacto tan groseramente dispendioso. Los empresarios recalcan que usarlo les daría vergüenza y hasta las personas más ricas del mundo prefieren rentar espacios de lujo en vuelos comerciales que poseer un armatoste así, nos cuenta el presidente.

Entonces viene la propuesta de la rifa: 6 millones de cachitos de 500 pesos. La audiencia deja escapar risas, piensan que AMLO está bromeando. Pero la idea se instaura pronto en la conversación pública y los de a pie nos empezamos a imaginar qué haríamos si nos llevamos el boleto ganador. Como ya lo cantaba Chava Flores, nada le es más fácil a un mexicano que soñar que se saca la lotería. ¿Qué haríamos usted o yo con un avión así? Una fiesta, desde luego. Los quince años de la sobrina. Un viaje a Acapulco. Y cuando termine el año de operación que vendría incluido, nos desharíamos de él, claro… ¿pero cómo? El sueño se acaba exactamente en la pesadilla actual del Presidente, nos pone en sus zapatos: tratando de deshacernos de un palacio del aire que no necesitamos, ni nosotros ni ningún mortal, y que nadie quiere adquirir porque su existencia misma es un insulto.

Lo que logra AMLO con la idea de la rifa es, figurativamente, poner el problema del avión en nuestro patio, y a nosotros en la piel del presidente. A la vez, nos llama a involucrarnos de la mejor manera que sabemos: riéndonos y soñando situaciones improbables, pero que nos ayudan a apreciar la dimensión enorme del problema. También, sutilmente, nos invita a plantearnos una posibilidad: ¿se imaginan qué habría pasado si, antes de hacer este gasto delirante, Felipe Calderón lo hubiera sometido a la consulta pública ? No sabemos. Podemos imaginar cosas absurdas como ganarnos un Boeing 787 en una rifa, pero no tan descabelladas como que los gobiernos anteriores hubieran tenido la ética de consultar sus decisiones con la gente.

Por: Violeta Vázquez-Rojas. Lingüista. Estudia la gramática del purépecha y del español. Interesada en divulgar la ciencia del lenguaje y en desterrar algunos mitos y prejuicios acerca de las lenguas, de las palabras y de sus usos. 

 

 

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