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Carlos y Rosa

2019-07-04 21:25:37 | El Pionero

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Son historias del horror, historias que a veces rebasan la realidad de este país. Historias como la de Carlos; como la del pequeño Lenin de 8 años, quien murió víctima de una bala perdida afuera de su escuela, porque a un adulto no le importó dónde se encontraba; como la del bebé Santiago, quien falleció en los brazos de su padre en el ataque en una fiesta en Minatitlán.


    

Son historias que quisiéramos no contar. Historias que hacen hueco en el estómago, que nos obligan a la introspección: ¿qué nos está pasando? ¿cómo dos adolescentes se convierten en protagonistas de un secuestro y homicidio?

Carlos tenía 13 años, el 24 de junio Rosa “N”, compañera de clases en la Secundaria No. 6 “Jesús Reyes Heroles”, en Xalapa, Veracruz, le pidió que la acompañara a una parada del autobús en la colonia Villahermosa. A Carlos no volvieron a verlo con vida.

Según la Fiscalía estatal, ambos adolescentes se encontraron con Joaquín “N”, el padrastro de la joven, y Lorenzo “N”, hermano de éste. Ahí lo levantaron.

Luego de que la familia de Carlos denunció su desaparición, los plagiarios se comunicaron y pidieron cien mil pesos de rescate. El pago se hizo. Sin embargo, para ese entonces, el menor ya había sido asesinado. El cuerpo fue hallado tres días después en el Cerro del Estropajo, cerca de Xalapa.

Tras la revisión de cámaras de seguridad, se armó esta línea de investigación.

Los dos hombres ya están detenidos, uno de ellos fue arrestado gracias al rastreo de llamadas que hizo a la familia de Carlos. También fueron detenidas la menor y su madre, quienes en su primer encuentro con las autoridades se contradijeron en sus declaraciones. Rosa “N” quedará bajo resguardo del Sistema Estatal para el Desarrollo Integral de la Familia; su mamá está a la espera de que se defina su situación legal. Hoy habrá audiencia. Al paso de los días, se conocerán más detalles de este caso.

Son historias del horror, historias que a veces rebasan la realidad de este país. Historias como la de Carlos; como la del pequeño Lenin de 8 años, quien murió víctima de una bala perdida afuera de su escuela, porque a un adulto no le importó dónde se encontraba; como la del bebé Santiago, quien falleció en los brazos de su padre en el ataque en una fiesta en Minatitlán.

Niños asesinados por una ola de violencia que ha alcanzado a todos y que, como vemos, ha sobrepasado todos los límites; porque también están esos otros niños como Rosa, quien abusó de la confianza que su amigo le otorgó para entregarlo a sus captores.

“Al menos siete mil menores de edad están hoy recluidos en Centros de Readaptación Social por haber cometido delitos que van desde el robo con violencia hasta homicidio, pasando por la portación de armas y el narcomenudeo. Esos niños son también víctimas de una estructura social que les ha fallado...”, escribimos en este espacio hace unas semanas.

Si bien, historias como la de Carlos pueden ocurrir en cualquier parte del mundo, lo cierto es que México debe agregar a este contexto el enorme pendiente de la violencia con todas sus aristas, sobre todo a aquellas que llevan a menores de edad a convertirse en delincuentes.

Este país necesita dejar de contar historias como la de Carlos, Lenin o Santiago. A esos niños, los adultos les debemos explicaciones y estrategias que les aseguren que ya no habrá otros menores que pierdan la vida, menos aún con la complicidad de otros a quienes sus padres llevaron ahí.

Yuriria Sierra/Nudo gordiano

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¡Ay, mamacita!

2019-09-10 18:52:53 | El Pionero

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En una escena de la película Caracortada (Scarface, 1983), la madre del protagonista lo enfrenta cuando acude a su casa a regalarle un fajo de dinero sucio.


    

“¿A quién mataste por esto?”, dice Miriam Colón, quien interpreta a María, madre de Tony Montana. 

Al Pacino, en el papel del mafioso de origen cubano, trata de defenderse alegando que el efectivo en cuestión proviene de contribuciones políticas a una organización anticastrista de la que él afirma ser miembro.

—Claro que recibes esas contribuciones... mientras les apuntas con una pistola a la cara –lo reprende la madre.

“Todo lo que leemos en los periódicos –prosigue– es sobre animales como tú y sus asesinatos. ¿Pero qué hay de los cubanos que vienen a trabajar duro...?

—¡Mamá, es tu hijo! –intercede, Gina, la hermana menor de Montana.

—¿Hijo? ¡Ojalá lo tuviera! Éste es un vago. Siempre lo ha sido y siempre lo será.

Y reemprende el regaño: “¿Quién te crees que eres? No sabemos de ti en cinco años y de repente llegas aquí a farolear con tu dinero y ¿crees que así puedes ganarte mi respeto? ¿Crees que puedes comprarnos con joyas? ¿Crees que puedes venir aquí con tu ropa cara y tus modales de alcantarilla y burlarte de nosotras?

—Mamá, no sabes lo que estás diciendo... –replica Montana.

—Yo me gano la vida y no te necesito en esa casa ni necesito tu dinero. Y no quiero que estés cerca de Gina. Así que lárgate. Y llévate tu desgraciado dinero. ¡Apesta!

Acto seguido, entre súplicas de Gina, la madre de Montana le arroja el rollo de dinero.

—Okey, mamá, okey –dice el gánster, quien se da la vuelta y sale de la modesta vivienda.

En la siguiente escena de la película, Montana y Manny, su cómplice, van al aeropuerto a recoger un cargamento de cocaína. Ésta va oculto en los pañales y la carriola de un bebé.

Los regaños de su madre le habían entrado por un oído y salido por el otro.

Las películas mexicanas están llenas de casos de madres abnegadas que regañan a sus hijos delincuentes. En Corona de lágrimas, (1968) de Alejandro Galindo, Marga López se la pasa tratando que sus hijos sean hombres de bien. Su vida es un constante drama y sus hijos acaban negándola como madre.

Para acabar pronto: ni siquiera Sara García logró que Pedro Infante dejara de beber y echar balazos.

Hoy en día, es muy común que las madres de la vida real acaben inmiscuidas en los negocios ilícitos de sus hijos –por ejemplo, vigilando a personas secuestradas– o, cuando menos, justificando sus malas acciones.

De ninguna manera es solución encargar a las madres de este país que terminen con la delincuencia. Si ellas hubiesen tenido control sobre sus hijos desde el principio, no se habrían metido en el mundo criminal. Una vez adentro, no van dejarlo por un regaño.

Por más atajos que se quieran buscar para acabar con la delincuencia, se necesita de una política que la ataque por varios flancos. El más importante e ineludible es acabar con la impunidad; que quien piense en cometer un delito sepa que enfrentará graves consecuencias porque tarde o temprano lo alcanzará el largo brazo de la justicia.

No se necesita una madre que meta orden, sino el legítimo miedo al Estado. Porque de seguirse debilitando las instituciones de prevención y sanción del delito, lo que nos espera... ¡ay, mamacita!

Pascal Beltrán del Río/Excelsior

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