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He’s back

2019-06-20 08:52:03 | El Pionero

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El nombre de Enrique Peña Nieto se ha escuchado cada vez con más frecuencia cuando se habla de procesos judiciales. Si durante su sexenio las leyes le dieron tranquilidad respecto a investigaciones como la de la Casa Blanca, ahora el panorama no parece serle tan favorecedor.


    

Habrá creído que lo único que sabríamos de él sería lo referente a su vida personal. Su nueva novia, su divorcio. Las bodas a las que asiste. Detalles personales de su vida después de Los Pinos. Nada dentro del terreno político escandaloso, acaso sólo sus desmentidos sobre los lujos que, dijeron, se había llevado a España. Sin embargo, el nombre de Enrique Peña Nieto se ha escuchado cada vez con más frecuencia cuando se habla de procesos judiciales. Si durante su sexenio las leyes le dieron tranquilidad respecto a investigaciones como la de la Casa Blanca, ahora el panorama no parece serle tan favorecedor. Será que en los hilos que se tejen en las sombras pocas lealtades mantiene fijas.

La Fiscalía de Chihuahua ya puede poner la lupa sobre él, determinó ayer la Suprema Corte de Justicia de la Nación. La decisión fue unánime. La Segunda Sala modificó la suspensión que impedía indagar a Peña Nieto y a su gabinete por su participación en la llamada Operación Zafiro, mediante la cual siete gobiernos estatales desviaron más de 650 millones de pesos a empresas fantasma del PRI. La autoridad estatal podrá proceder en su contra, siempre que no se trate de delitos del orden federal.

Es un primer aviso. O uno que viene apenas como un foco rojo tras los señalamientos que se han hecho del expresidente en los últimos días. Apenas el lunes pasado, El Universal publicó sobre una investigación en Estados Unidos en contra del expresidente por un supuesto soborno en la compra-venta de Fertinal, la empresa de fertilizantes que le está sacando canas verdes a Emilio Lozoya Austin, el exdirector de Pemex. Y aunque el expresidente negó no sólo la acusación, sino también la investigación, alegando que se trata, otra vez, de un acto de mala fe, lo cierto es que su tuit no calla ninguno de los señalamientos que hay sobre él. Qué mejor ejemplo que lo decidido por la SCJN.

A esto habrá que agregarse lo expresado por la defensa de Lozoya Austin respecto a que su cliente es víctima de una persecución política de parte de Peña Nieto. “Como director general de Pemex no se mandaba solo, él tenía por encima, y así lo prevé la ley de Pemex, un Consejo de Administración que era el que autorizaba todas las operaciones de cierta envergadura y el Consejo estaba formado por el secretario de Hacienda, de Energía, la Contraloría, y yo no puedo creer que el presidente Peña no era informado de las decisiones que tomaba el Consejo...”, expresó Javier Coello Trejo.

Lo que viene en el caso Lozoya parece ser una batalla de su palabra contra la de los implicados que se vayan sumando a la causa. Pedro Joaquín Coldwell, el funcionario de Energía mencionado, ya pidió ser llamado a declarar por el caso Fertinal. Calificó de honorables a los exintegrantes del Consejo de Administración de Pemex. Él también es otro sobre quien está la lupa de la Fiscalía General de la República.

Lo que veremos a corto plazo, al parecer y más aún si alguno de los investigados llega a ser detenido, es una batalla de señalamientos. Lo que sea para sacudirse las denuncias y todo aquello que no se puede resolver con un tuit.

Yuriria Sierra/Nudo gordiano

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¡Ay, mamacita!

2019-09-10 18:52:53 | El Pionero

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En una escena de la película Caracortada (Scarface, 1983), la madre del protagonista lo enfrenta cuando acude a su casa a regalarle un fajo de dinero sucio.


    

“¿A quién mataste por esto?”, dice Miriam Colón, quien interpreta a María, madre de Tony Montana. 

Al Pacino, en el papel del mafioso de origen cubano, trata de defenderse alegando que el efectivo en cuestión proviene de contribuciones políticas a una organización anticastrista de la que él afirma ser miembro.

—Claro que recibes esas contribuciones... mientras les apuntas con una pistola a la cara –lo reprende la madre.

“Todo lo que leemos en los periódicos –prosigue– es sobre animales como tú y sus asesinatos. ¿Pero qué hay de los cubanos que vienen a trabajar duro...?

—¡Mamá, es tu hijo! –intercede, Gina, la hermana menor de Montana.

—¿Hijo? ¡Ojalá lo tuviera! Éste es un vago. Siempre lo ha sido y siempre lo será.

Y reemprende el regaño: “¿Quién te crees que eres? No sabemos de ti en cinco años y de repente llegas aquí a farolear con tu dinero y ¿crees que así puedes ganarte mi respeto? ¿Crees que puedes comprarnos con joyas? ¿Crees que puedes venir aquí con tu ropa cara y tus modales de alcantarilla y burlarte de nosotras?

—Mamá, no sabes lo que estás diciendo... –replica Montana.

—Yo me gano la vida y no te necesito en esa casa ni necesito tu dinero. Y no quiero que estés cerca de Gina. Así que lárgate. Y llévate tu desgraciado dinero. ¡Apesta!

Acto seguido, entre súplicas de Gina, la madre de Montana le arroja el rollo de dinero.

—Okey, mamá, okey –dice el gánster, quien se da la vuelta y sale de la modesta vivienda.

En la siguiente escena de la película, Montana y Manny, su cómplice, van al aeropuerto a recoger un cargamento de cocaína. Ésta va oculto en los pañales y la carriola de un bebé.

Los regaños de su madre le habían entrado por un oído y salido por el otro.

Las películas mexicanas están llenas de casos de madres abnegadas que regañan a sus hijos delincuentes. En Corona de lágrimas, (1968) de Alejandro Galindo, Marga López se la pasa tratando que sus hijos sean hombres de bien. Su vida es un constante drama y sus hijos acaban negándola como madre.

Para acabar pronto: ni siquiera Sara García logró que Pedro Infante dejara de beber y echar balazos.

Hoy en día, es muy común que las madres de la vida real acaben inmiscuidas en los negocios ilícitos de sus hijos –por ejemplo, vigilando a personas secuestradas– o, cuando menos, justificando sus malas acciones.

De ninguna manera es solución encargar a las madres de este país que terminen con la delincuencia. Si ellas hubiesen tenido control sobre sus hijos desde el principio, no se habrían metido en el mundo criminal. Una vez adentro, no van dejarlo por un regaño.

Por más atajos que se quieran buscar para acabar con la delincuencia, se necesita de una política que la ataque por varios flancos. El más importante e ineludible es acabar con la impunidad; que quien piense en cometer un delito sepa que enfrentará graves consecuencias porque tarde o temprano lo alcanzará el largo brazo de la justicia.

No se necesita una madre que meta orden, sino el legítimo miedo al Estado. Porque de seguirse debilitando las instituciones de prevención y sanción del delito, lo que nos espera... ¡ay, mamacita!

Pascal Beltrán del Río/Excelsior

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