×

La refinería, el aeropuerto y el tren

2019-05-13 16:31:05 | El Pionero

Facebook Twitter Pinterest Google Reddit LinkedIn

El presupuesto ya de por sí erróneamente destinado a la refinería no alcanza, la solución gubernamental es construir una refinería más pequeña y tecnológicamente más atrasada.


    

El presidente Andrés Manuel López Obrador ha cumplido exactamente con lo que prometió en campaña: dijo que cancelaría el aeropuerto de Texcoco y lo hizo; que construiría varias refinerías y ya ha decidido construir una en Dos Bocas, Tabasco y que haría el Tren Maya utilizando los recursos de la promoción turística y también lo cumplió.

Que las tres sean medidas poco sensatas no implica que no hayan sido publicitadas ampliamente en su campaña, aunque muchos de los que lo apoyaron y votaron por él, hoy se quejen amargamente. Hay que aprender que con el voto no se juega.

El caso de la refinería es sintomático de una forma de tomar decisiones que costarán muchísimo al país. Primero, distintas instituciones públicas advierten que la refinería no se podrá construir en tres años y menos aún con un costo de 8 mil millones de dólares, más allá de que existe un amplio consenso de que no se necesita esa refinería.

De eso hizo eco nada menos que la Secretaría de Hacienda. En una reunión con inversionistas y acreedores de Pemex, en Londres, el subsecretario Arturo Herrera aceptó que no se podrá tener en esos tiempos la refinería y que mejor los 50 mil millones de pesos que estaban presupuestados para Dos Bocas para este 2019, se deberían destinar a exploración y producción que es lo realmente rentable.

El subsecretario es desmentido por el propio Presidente y por la secretaria de Energía, Rocío Nahle, que insisten en Dos Bocas y anuncian una licitación para elaborar el proyecto de la refinería en la que participan las que el propio gobierno considera las cuatro empresas especializadas en el tema más importantes del mundo.

Pasan las semanas y el Presidente y la secretaria anuncian que ninguna de las cuatro grandes empresas especializadas invitadas aceptaron construir en ese lapso de tiempo y con ese presupuesto. En lugar de suponer que las instituciones especializadas, la secretaría de Hacienda o las cuatro grandes empresas privadas tienen razón y no se puede hacer esa refinería en tales condiciones, el gobierno decide entonces que la construirán Pemex y la Secretaría de Energía, que no cuentan ni con la capacidad financiera, el conocimiento técnico y el personal especializado para ello.

Como evidentemente el presupuesto ya de por sí erróneamente destinado a la refinería (hay que invertir esos recursos en exploración y producción, como dijo la SHCP) no alcanza, la solución gubernamental es construir una refinería más pequeña y tecnológicamente más atrasada. No tiene sentido alguno. Como última noticia tenemos que el terreno de Dos Bocas, destruidos los manglares y deforestado, ahora se inundara.

Santa Lucía será, en el mejor de los casos, una terminal lejana del actual aeropuerto capitalino, no tiene vías de acceso; una tercera parte de los días tendrá niebla en las mañanas, a los genios que la propusieron se les olvidó que frente a lo que pensaban sería la pista principal hay un cerro de dos mil 600 metros de altura que obliga a redireccionar las pistas; que si bien la base militar es muy grande, una de las mayores del país, para construir el aeropuerto les falta terreno, que tendrán que comprar a los ejidos colindantes que quieren vender su tierra, a mil 250 pesos, cuando el gobierno les ofrece 200 pesos por el metro cuadrado.

Muchos de los nuevos edificios y depósitos de la base militar tendrán que ser destruidos, a pesar de que se inauguraron hace poco más de un año. Tendrán que ser reubicadas las miles de familias de militares que allí viven. Y todavía ese proyecto no existe como tal, como proyecto ejecutivo, porque tampoco existe autorización de ninguna instancia internacional que garantice la seguridad aérea, y los recursos que se iban a utilizar para construir Texcoco ahora se utilizarán para pagar las indemnizaciones por no construir Texcoco.

El Tren Maya, tampoco tiene aún un proyecto ejecutivo ni la propiedad federal de las tierras por donde se supone que pasará. Lo que comenzó siendo un tren Mérida-Cancún es ahora una vía de mil 500 kilómetros que cruza en triángulo toda la península de Yucatán, sin demasiado sentido turístico. Se dice que al final será financiado por capitales chinos (¿?).

Cuando se pone en duda la viabilidad de cualquiera de los tres grandes proyectos, la respuesta presidencial es la misma: sí se construirán, me canso ganso. Y si un gobierno se empeña en construir algo, al costo que sea, lo hace. Que tenga alguna utilidad para el futuro, un sentido estratégico o que genere empleo y recursos, es otra cosa. Estamos ante una soberbia gubernamental difícil de comprender.

Jorge Fernández Menéndez/Razones

Facebook Twitter Pinterest Google Reddit LinkedIn

Yo no fui, fue el ex

2019-05-19 19:05:39 | El Pionero

Facebook Twitter Pinterest Google Reddit LinkedIn

Errar es de humanos, pero echarle la culpa a otro es más humano todavía, y en ese sentido los políticos pecan de humanidad. Culpar a los gobiernos anteriores de los problemas que enfrenta una autoridad es un derecho consagrado en la Constitución Universal de los Políticos de todo el mundo y como tal, todos echan mano de ese recurso.


    

Sin embargo, a diferencia de otros derechos, éste sí tiene fecha de caducidad porque tarde o temprano la gente dejará de comprar el argumento de que todas las desgracias que están cayendo en el país, estado o ciudad se deben al pasado. Pues, precisamente, se votó por un cambio, no para seguir igual.

¿Cuánto le dura a un gobernante la facultad de echar mano de este viejo recurso? Depende de varios factores: Si el gobernante en turno emana del mismo partido que el anterior, evidentemente se ve más limitado a culpar a sus antecesores, aun cuando sean de corrientes distintas. Sin embargo, si resulta que son de institutos políticos distintos ¡Eureka! La cosa se pone buena. También influye la credibilidad del político que usa este derecho para explicar su propia incapacidad de resolver las cosas. Si Peña Nieto, cuya imagen se deterioró rápidamente, hubiera insistido en culpar a Calderón de sus males, se lo hubieran comido vivo. López Obrador, sin embargo, cinco meses después de haber tomado el cargo, se da vuelo de culpar no sólo al gobierno anterior, sino también a todos, casi casi desde Plutarco Elías Calles y la gente piensa que es así.

Pero ojo, que López Obrador lo pueda hacer no significa que todos tengan su misma suerte. La Jefa de Gobierno de la Ciudad de México por ejemplo, quiso aplicar el mismo discurso cuando estalló la contingencia ambiental señalando que la anterior administración no había dejado protocolos de actuación ante las diabólicas PM2.5 y el resultado fue una carcajada generalizada.

Y es que Claudia Sheinbaum llegó de la mano y con la bendición del tabasqueño, pero no tiene ni su carisma ni su blindaje, ella sí le tiene que talachear porque la gente le recuerda que ella fue secretaria de Medio Ambiente, experta en estos temas.

Un tercer elemento es el uso reiterado y exagerado que se da para culpar a otros. Resulta creíble decir que la inseguridad y la violencia que se vive en el país es culpa de las malas decisiones y estrategias de los gobiernos pasados que alborotaron el panal sin ningún Plan B, pero culpar al neoliberalismo de las malas notas de las calificadoras internacionales hacia Pemex por las decisiones que está tomando la actual administración federal, raya en el abuso. Sería tanto como que el Gobierno de la Ciudad de México dijera que tampoco le dejaron protocolos para que el Popocatépetl no explotara o el manual para que las lluvias no se retrasaran, o que el cambio climático tiene la culpa de todos los incendios, sin reconocer que hubo un recorte en el presupuesto de la dependencia que estaba para evitar esas conflagraciones. Finalmente, un punto para saber cuánto tiempo de vigencia tendrá el derecho a culpar a otros, es lo que se prometió en campaña. Si como, por ejemplo Vicente Fox dijo que terminaría con el conflicto de los zapatistas en Chiapas en 15 minutos, y evidentemente no lo logró, el tiempo se recorta.

Es justo en este punto donde más tropiezan los gobernantes. Todos prometen cambios inmediatos, cosa que evidentemente no pueden cumplir. Es bien sabido que cuando en una crisis un político sonríe es que ya encontró a quién echarle la culpa y en México, los políticos son muy sonrientes. La falta de autocrítica y la repartición de culpas es memorable.

Vianey Esquinca/La inmaculada percepción

Facebook Twitter Pinterest Google Reddit LinkedIn