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La refinería, el aeropuerto y el tren

2019-05-13 16:31:05 | El Pionero

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El presupuesto ya de por sí erróneamente destinado a la refinería no alcanza, la solución gubernamental es construir una refinería más pequeña y tecnológicamente más atrasada.


    

El presidente Andrés Manuel López Obrador ha cumplido exactamente con lo que prometió en campaña: dijo que cancelaría el aeropuerto de Texcoco y lo hizo; que construiría varias refinerías y ya ha decidido construir una en Dos Bocas, Tabasco y que haría el Tren Maya utilizando los recursos de la promoción turística y también lo cumplió.

Que las tres sean medidas poco sensatas no implica que no hayan sido publicitadas ampliamente en su campaña, aunque muchos de los que lo apoyaron y votaron por él, hoy se quejen amargamente. Hay que aprender que con el voto no se juega.

El caso de la refinería es sintomático de una forma de tomar decisiones que costarán muchísimo al país. Primero, distintas instituciones públicas advierten que la refinería no se podrá construir en tres años y menos aún con un costo de 8 mil millones de dólares, más allá de que existe un amplio consenso de que no se necesita esa refinería.

De eso hizo eco nada menos que la Secretaría de Hacienda. En una reunión con inversionistas y acreedores de Pemex, en Londres, el subsecretario Arturo Herrera aceptó que no se podrá tener en esos tiempos la refinería y que mejor los 50 mil millones de pesos que estaban presupuestados para Dos Bocas para este 2019, se deberían destinar a exploración y producción que es lo realmente rentable.

El subsecretario es desmentido por el propio Presidente y por la secretaria de Energía, Rocío Nahle, que insisten en Dos Bocas y anuncian una licitación para elaborar el proyecto de la refinería en la que participan las que el propio gobierno considera las cuatro empresas especializadas en el tema más importantes del mundo.

Pasan las semanas y el Presidente y la secretaria anuncian que ninguna de las cuatro grandes empresas especializadas invitadas aceptaron construir en ese lapso de tiempo y con ese presupuesto. En lugar de suponer que las instituciones especializadas, la secretaría de Hacienda o las cuatro grandes empresas privadas tienen razón y no se puede hacer esa refinería en tales condiciones, el gobierno decide entonces que la construirán Pemex y la Secretaría de Energía, que no cuentan ni con la capacidad financiera, el conocimiento técnico y el personal especializado para ello.

Como evidentemente el presupuesto ya de por sí erróneamente destinado a la refinería (hay que invertir esos recursos en exploración y producción, como dijo la SHCP) no alcanza, la solución gubernamental es construir una refinería más pequeña y tecnológicamente más atrasada. No tiene sentido alguno. Como última noticia tenemos que el terreno de Dos Bocas, destruidos los manglares y deforestado, ahora se inundara.

Santa Lucía será, en el mejor de los casos, una terminal lejana del actual aeropuerto capitalino, no tiene vías de acceso; una tercera parte de los días tendrá niebla en las mañanas, a los genios que la propusieron se les olvidó que frente a lo que pensaban sería la pista principal hay un cerro de dos mil 600 metros de altura que obliga a redireccionar las pistas; que si bien la base militar es muy grande, una de las mayores del país, para construir el aeropuerto les falta terreno, que tendrán que comprar a los ejidos colindantes que quieren vender su tierra, a mil 250 pesos, cuando el gobierno les ofrece 200 pesos por el metro cuadrado.

Muchos de los nuevos edificios y depósitos de la base militar tendrán que ser destruidos, a pesar de que se inauguraron hace poco más de un año. Tendrán que ser reubicadas las miles de familias de militares que allí viven. Y todavía ese proyecto no existe como tal, como proyecto ejecutivo, porque tampoco existe autorización de ninguna instancia internacional que garantice la seguridad aérea, y los recursos que se iban a utilizar para construir Texcoco ahora se utilizarán para pagar las indemnizaciones por no construir Texcoco.

El Tren Maya, tampoco tiene aún un proyecto ejecutivo ni la propiedad federal de las tierras por donde se supone que pasará. Lo que comenzó siendo un tren Mérida-Cancún es ahora una vía de mil 500 kilómetros que cruza en triángulo toda la península de Yucatán, sin demasiado sentido turístico. Se dice que al final será financiado por capitales chinos (¿?).

Cuando se pone en duda la viabilidad de cualquiera de los tres grandes proyectos, la respuesta presidencial es la misma: sí se construirán, me canso ganso. Y si un gobierno se empeña en construir algo, al costo que sea, lo hace. Que tenga alguna utilidad para el futuro, un sentido estratégico o que genere empleo y recursos, es otra cosa. Estamos ante una soberbia gubernamental difícil de comprender.

Jorge Fernández Menéndez/Razones

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¡Ay, mamacita!

2019-09-10 18:52:53 | El Pionero

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En una escena de la película Caracortada (Scarface, 1983), la madre del protagonista lo enfrenta cuando acude a su casa a regalarle un fajo de dinero sucio.


    

“¿A quién mataste por esto?”, dice Miriam Colón, quien interpreta a María, madre de Tony Montana. 

Al Pacino, en el papel del mafioso de origen cubano, trata de defenderse alegando que el efectivo en cuestión proviene de contribuciones políticas a una organización anticastrista de la que él afirma ser miembro.

—Claro que recibes esas contribuciones... mientras les apuntas con una pistola a la cara –lo reprende la madre.

“Todo lo que leemos en los periódicos –prosigue– es sobre animales como tú y sus asesinatos. ¿Pero qué hay de los cubanos que vienen a trabajar duro...?

—¡Mamá, es tu hijo! –intercede, Gina, la hermana menor de Montana.

—¿Hijo? ¡Ojalá lo tuviera! Éste es un vago. Siempre lo ha sido y siempre lo será.

Y reemprende el regaño: “¿Quién te crees que eres? No sabemos de ti en cinco años y de repente llegas aquí a farolear con tu dinero y ¿crees que así puedes ganarte mi respeto? ¿Crees que puedes comprarnos con joyas? ¿Crees que puedes venir aquí con tu ropa cara y tus modales de alcantarilla y burlarte de nosotras?

—Mamá, no sabes lo que estás diciendo... –replica Montana.

—Yo me gano la vida y no te necesito en esa casa ni necesito tu dinero. Y no quiero que estés cerca de Gina. Así que lárgate. Y llévate tu desgraciado dinero. ¡Apesta!

Acto seguido, entre súplicas de Gina, la madre de Montana le arroja el rollo de dinero.

—Okey, mamá, okey –dice el gánster, quien se da la vuelta y sale de la modesta vivienda.

En la siguiente escena de la película, Montana y Manny, su cómplice, van al aeropuerto a recoger un cargamento de cocaína. Ésta va oculto en los pañales y la carriola de un bebé.

Los regaños de su madre le habían entrado por un oído y salido por el otro.

Las películas mexicanas están llenas de casos de madres abnegadas que regañan a sus hijos delincuentes. En Corona de lágrimas, (1968) de Alejandro Galindo, Marga López se la pasa tratando que sus hijos sean hombres de bien. Su vida es un constante drama y sus hijos acaban negándola como madre.

Para acabar pronto: ni siquiera Sara García logró que Pedro Infante dejara de beber y echar balazos.

Hoy en día, es muy común que las madres de la vida real acaben inmiscuidas en los negocios ilícitos de sus hijos –por ejemplo, vigilando a personas secuestradas– o, cuando menos, justificando sus malas acciones.

De ninguna manera es solución encargar a las madres de este país que terminen con la delincuencia. Si ellas hubiesen tenido control sobre sus hijos desde el principio, no se habrían metido en el mundo criminal. Una vez adentro, no van dejarlo por un regaño.

Por más atajos que se quieran buscar para acabar con la delincuencia, se necesita de una política que la ataque por varios flancos. El más importante e ineludible es acabar con la impunidad; que quien piense en cometer un delito sepa que enfrentará graves consecuencias porque tarde o temprano lo alcanzará el largo brazo de la justicia.

No se necesita una madre que meta orden, sino el legítimo miedo al Estado. Porque de seguirse debilitando las instituciones de prevención y sanción del delito, lo que nos espera... ¡ay, mamacita!

Pascal Beltrán del Río/Excelsior

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