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La prensa no es el enemigo

2019-04-28 12:47:57 | El Pionero

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La disputa del gobierno de AMLO por el control de la agenda pública ha derivado en un nuevo factor de riesgo para la prensa. La descalificación a medios como “conservadores” y fifís abre un nuevo flanco en un país donde son blanco de poderes formales e informales.


    

Aunque se quiere justificar desde el poder como un cambio en la relación, ni siquiera los mecanismos de intercambio se han modificado. A pesar de mayor transparencia y austeridad, el diálogo público se ha empobrecido, comenzando por las redes sociales.

En la “arena” pública del debate se habla de apertura para dar y recibir críticas sin censura, como asegura cada tanto el Presidente, pero en la práctica conserva grandes terrenos de discrecionalidad en el manejo de viejos recursos como la publicidad oficial para premiar o castigar a críticos. Así, sin mayor transformación en mecanismos tradicionales como ése, hay también nuevas maneras de presión como implica poner el peso del Estado con el señalamiento público a algún medio o periodista.

Pero la relación es asimétrica. El gobierno concentra el mayor poder de las últimas dos décadas. La descalificación a preguntas incómodas o a medios deviene en amenazas, que se quieren hacer pasar como derecho de réplica de la autoridad. La estigmatización desde el poder de unos u otros polariza y debilita el compromiso constitucional del Estado de proteger la libertad de expresión en un contexto de medios vulnerable al crimen y dependientes de los recursos públicos para sobrevivir.

Con relación a la publicidad oficial, el Presidente reiteró un recorte de 50% respecto al monto de 2018. También ofreció transparencia en la distribución y evitar su concentración, pero sin una política pública que regule su aumento y los criterios para su distribución. El gobierno mantiene márgenes de discrecionalidad similares a los gobiernos anteriores, que llegaron a gastar 70% más de lo aprobado.

La misma potestad que mantiene del pasado es que tampoco está sujeto a ningún compromiso ni de regularidad ni garantía de que se cumpla su ofrecimiento de no usar la publicidad como mecanismo de control. Su oferta de transparencia radica en criterios generales como el alcance y cobertura de los medios, pero sin certidumbre sobre las mediciones. Con valoraciones como la objetividad y el grado de profesionalismo, abre la puerta a la intervención en las líneas editoriales para silenciar, así como a la “censura ambiental”.

Ningún gobierno de la transición accedió a regular la publicidad, ni siquiera la llamada “Ley Chayote”; aseguran inhibir su uso como el “palo y la zanahoria” del intercambio con los medios. Aunque las nuevas medidas son un paso en la dirección correcta, se producen en un momento de inquietud por la confrontación del Ejecutivo y la inseguridad en el gremio. Las conferencias mañaneras han hecho obsoletas viejas prácticas como las llamadas a las redacciones para pedir el cambio de titulares, pero la retórica oficial contra la prensa adquiere el tono de comités de salud pública más que de diálogo, información y rendición de cuentas.

Las descalificaciones, críticas y rechiflas se reproducen luego en las redes en campañas de linchamiento, que parecen operar con la acción de bots de propaganda. Lo mismo ha reclamado el Presidente al pedir a empresarios que por ética no vendan bots, cuando su gobierno o su esposa han sentido ser objeto de ataques de estos en las redes. Es hora de desenredar este enredo.

José Buendía Hegewisch/Hora cero

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¡Ay, mamacita!

2019-09-10 18:52:53 | El Pionero

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En una escena de la película Caracortada (Scarface, 1983), la madre del protagonista lo enfrenta cuando acude a su casa a regalarle un fajo de dinero sucio.


    

“¿A quién mataste por esto?”, dice Miriam Colón, quien interpreta a María, madre de Tony Montana. 

Al Pacino, en el papel del mafioso de origen cubano, trata de defenderse alegando que el efectivo en cuestión proviene de contribuciones políticas a una organización anticastrista de la que él afirma ser miembro.

—Claro que recibes esas contribuciones... mientras les apuntas con una pistola a la cara –lo reprende la madre.

“Todo lo que leemos en los periódicos –prosigue– es sobre animales como tú y sus asesinatos. ¿Pero qué hay de los cubanos que vienen a trabajar duro...?

—¡Mamá, es tu hijo! –intercede, Gina, la hermana menor de Montana.

—¿Hijo? ¡Ojalá lo tuviera! Éste es un vago. Siempre lo ha sido y siempre lo será.

Y reemprende el regaño: “¿Quién te crees que eres? No sabemos de ti en cinco años y de repente llegas aquí a farolear con tu dinero y ¿crees que así puedes ganarte mi respeto? ¿Crees que puedes comprarnos con joyas? ¿Crees que puedes venir aquí con tu ropa cara y tus modales de alcantarilla y burlarte de nosotras?

—Mamá, no sabes lo que estás diciendo... –replica Montana.

—Yo me gano la vida y no te necesito en esa casa ni necesito tu dinero. Y no quiero que estés cerca de Gina. Así que lárgate. Y llévate tu desgraciado dinero. ¡Apesta!

Acto seguido, entre súplicas de Gina, la madre de Montana le arroja el rollo de dinero.

—Okey, mamá, okey –dice el gánster, quien se da la vuelta y sale de la modesta vivienda.

En la siguiente escena de la película, Montana y Manny, su cómplice, van al aeropuerto a recoger un cargamento de cocaína. Ésta va oculto en los pañales y la carriola de un bebé.

Los regaños de su madre le habían entrado por un oído y salido por el otro.

Las películas mexicanas están llenas de casos de madres abnegadas que regañan a sus hijos delincuentes. En Corona de lágrimas, (1968) de Alejandro Galindo, Marga López se la pasa tratando que sus hijos sean hombres de bien. Su vida es un constante drama y sus hijos acaban negándola como madre.

Para acabar pronto: ni siquiera Sara García logró que Pedro Infante dejara de beber y echar balazos.

Hoy en día, es muy común que las madres de la vida real acaben inmiscuidas en los negocios ilícitos de sus hijos –por ejemplo, vigilando a personas secuestradas– o, cuando menos, justificando sus malas acciones.

De ninguna manera es solución encargar a las madres de este país que terminen con la delincuencia. Si ellas hubiesen tenido control sobre sus hijos desde el principio, no se habrían metido en el mundo criminal. Una vez adentro, no van dejarlo por un regaño.

Por más atajos que se quieran buscar para acabar con la delincuencia, se necesita de una política que la ataque por varios flancos. El más importante e ineludible es acabar con la impunidad; que quien piense en cometer un delito sepa que enfrentará graves consecuencias porque tarde o temprano lo alcanzará el largo brazo de la justicia.

No se necesita una madre que meta orden, sino el legítimo miedo al Estado. Porque de seguirse debilitando las instituciones de prevención y sanción del delito, lo que nos espera... ¡ay, mamacita!

Pascal Beltrán del Río/Excelsior

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