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Liderazgo y carisma: riesgos y oportunidades

2018-12-01 06:22:00 | El Pionero

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La preocupación está ahí: que el carismático gobernante de Palacio Nacional centralice las definiciones de una sociedad plural, moderna y que ha tendido a democratizarse, incluso en sus vidas familiares, particularmente en las clases medias.


    

Es cierto que necesitamos liderazgo, orden y una voz firme que modere la opulencia y atienda la indigencia, esos términos juaristas que reclaman consenso político y acaso hasta un nuevo pacto social. 

Pero también es cierto que como sociedad hemos evolucionado en la agenda de las libertades democráticas, ésas que necesariamente reclaman contrapesos, equilibrio de poderes y una opinión pública crítica.

No obstante, esa misma sociedad es la que optó, en el 53 % de su electorado, por un liderazgo tan temido como querido.

Es una definición explicable si aceptamos que el poder en México ha sido históricamente sinónimo de mano firme. 

De ahí la resonancia positiva que encontró la declaración de Andrés Manuel López Obrador frente al poder económico, cuando dijo que él ni era ni sería un florero.

La duda hoy es qué tanto el liderazgo del Presidente puede anular o desdibujar los mecanismos de la democracia: libertad de prensa, respeto a las minorías, a los gobiernos locales, al Congreso como espacio que procesa conflictos por la vía del entendimiento incluyente.

Cada uno de esos temas se enfrentó en la etapa de la transición a pulsiones autoritarias riesgosas, algunas todavía pendientes de solventar, como es el caso de los superdelegados que el Presidente tendrá en las entidades.

Pero la biografía presidencial de López Obrador inicia hoy bajo una cualidad singular e innegable: es un gobernante que desde ya suma carisma, liderazgo y autoridad.

Esas cualidades le permitieron como Presidente electo, con la mera fuerza de su palabra, desactivar la crispación hacia Donald Trump, otorgarle a la élite empresarial un lugar en su proyecto y reivindicar a las Fuerzas Armadas como protagonistas indispensables para recuperar la paz.

Esta efectividad política en la comunicación de López Obrador es una consecuencia de su arraigo en amplios sectores de la sociedad y de un liderazgo forjado desde la oposición.

Es una efectividad equivalente a la confianza social depositada en el ahora Presidente de la República, misma que a él le permitió oscilar de la condena hacia los militares a su exaltación.

Le tocará ahora, ya como gobernante, darle a México la construcción del consenso social a favor del ejercicio legítimo de la fuerza del Estado. Ése es el reto.

Y en el caso de la relación con Donald Trump, a quien el presidente López Obrador ha tratado sin estridencias ni reclamos, se ha ofrecido una iniciativa de alcances mesoamericanos que, de concretarse, inauguraría una nueva historia en la relación bilateral. Ése es el reto.

Una tarea igualmente titánica se espera en la relación con los empresarios, a quienes ha prometido estabilidad y certeza jurídica, pero bajo un gobierno comprometido con desmontar la desigualdad, es decir, dejar de ser instrumento de las élites, como lo habrían sido sus antecesores. 

Lo que todavía no queda claro es cómo el Presidente piensa utilizar su liderazgo frente a los casos de corrupción que marcaron al gobierno saliente.

Porque también en esa materia, López Obrador experimentó un giro al pasar de la promesa de castigo a la idea de que una clase política culturalmente corrupta merecía un borrón y cuenta nueva.

Ese cambio en el tratamiento del tema de la corrupción abrió paso a la duda de un acuerdo, acaso implícito, entre el ahora expresidente Enrique Peña Nieto y el nuevo mandatario en torno a una amnistía política sobre los expedientes nunca finiquitados.

Si bien López Obrador mantuvo siempre, en la campaña, un creciente arrastre electoral que no requería de apoyos oficiales, hay que señalar que en el PRI ya se balbucean explicaciones de la derrota atribuibles a una especie de brazos caídos del mandatario saliente.

El ajuste de cuentas de los priistas dependerá, sin embargo,  de qué tanto el Presidente regule o no las presiones sociales que ahora piden castigo a los corruptos. 

Ésa es la particularidad de quien este primero de diciembre rinde protesta: un liderazgo que, hoy por hoy, alcanza para atemperar los ánimos de crispación y de revancha. Y que tiene en su mano firme la carta de la reconciliación.

Es un atributo político que conlleva, sin embargo, un riesgo: que la autoridad centrada en un solo hombre derive en autoritarismo.

Pero este sábado, la celebración se abre paso ante esa particularidad inédita en el México contemporáneo 

Por Ivonne Melgar/Retrovisor

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Yo no fui, fue el ex

2019-05-19 19:05:39 | El Pionero

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Errar es de humanos, pero echarle la culpa a otro es más humano todavía, y en ese sentido los políticos pecan de humanidad. Culpar a los gobiernos anteriores de los problemas que enfrenta una autoridad es un derecho consagrado en la Constitución Universal de los Políticos de todo el mundo y como tal, todos echan mano de ese recurso.


    

Sin embargo, a diferencia de otros derechos, éste sí tiene fecha de caducidad porque tarde o temprano la gente dejará de comprar el argumento de que todas las desgracias que están cayendo en el país, estado o ciudad se deben al pasado. Pues, precisamente, se votó por un cambio, no para seguir igual.

¿Cuánto le dura a un gobernante la facultad de echar mano de este viejo recurso? Depende de varios factores: Si el gobernante en turno emana del mismo partido que el anterior, evidentemente se ve más limitado a culpar a sus antecesores, aun cuando sean de corrientes distintas. Sin embargo, si resulta que son de institutos políticos distintos ¡Eureka! La cosa se pone buena. También influye la credibilidad del político que usa este derecho para explicar su propia incapacidad de resolver las cosas. Si Peña Nieto, cuya imagen se deterioró rápidamente, hubiera insistido en culpar a Calderón de sus males, se lo hubieran comido vivo. López Obrador, sin embargo, cinco meses después de haber tomado el cargo, se da vuelo de culpar no sólo al gobierno anterior, sino también a todos, casi casi desde Plutarco Elías Calles y la gente piensa que es así.

Pero ojo, que López Obrador lo pueda hacer no significa que todos tengan su misma suerte. La Jefa de Gobierno de la Ciudad de México por ejemplo, quiso aplicar el mismo discurso cuando estalló la contingencia ambiental señalando que la anterior administración no había dejado protocolos de actuación ante las diabólicas PM2.5 y el resultado fue una carcajada generalizada.

Y es que Claudia Sheinbaum llegó de la mano y con la bendición del tabasqueño, pero no tiene ni su carisma ni su blindaje, ella sí le tiene que talachear porque la gente le recuerda que ella fue secretaria de Medio Ambiente, experta en estos temas.

Un tercer elemento es el uso reiterado y exagerado que se da para culpar a otros. Resulta creíble decir que la inseguridad y la violencia que se vive en el país es culpa de las malas decisiones y estrategias de los gobiernos pasados que alborotaron el panal sin ningún Plan B, pero culpar al neoliberalismo de las malas notas de las calificadoras internacionales hacia Pemex por las decisiones que está tomando la actual administración federal, raya en el abuso. Sería tanto como que el Gobierno de la Ciudad de México dijera que tampoco le dejaron protocolos para que el Popocatépetl no explotara o el manual para que las lluvias no se retrasaran, o que el cambio climático tiene la culpa de todos los incendios, sin reconocer que hubo un recorte en el presupuesto de la dependencia que estaba para evitar esas conflagraciones. Finalmente, un punto para saber cuánto tiempo de vigencia tendrá el derecho a culpar a otros, es lo que se prometió en campaña. Si como, por ejemplo Vicente Fox dijo que terminaría con el conflicto de los zapatistas en Chiapas en 15 minutos, y evidentemente no lo logró, el tiempo se recorta.

Es justo en este punto donde más tropiezan los gobernantes. Todos prometen cambios inmediatos, cosa que evidentemente no pueden cumplir. Es bien sabido que cuando en una crisis un político sonríe es que ya encontró a quién echarle la culpa y en México, los políticos son muy sonrientes. La falta de autocrítica y la repartición de culpas es memorable.

Vianey Esquinca/La inmaculada percepción

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