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Militarización, seguridad pública sin máscara

2018-11-18 16:24:20 | El Pionero

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Dos anuncios trascendentes esta semana disponen dejar de andarse por las ramas y chocar con la cruenta realidad. Como la opción menos “inconveniente”, López Obrador reveló su plan de seguridad, que tiene el valor de dejar de disimular la militarización de la seguridad pública como tendencia creciente de los últimos gobiernos. Si bien el paso al frente fue orillado por el fallo de la Suprema Corte de Justicia de la Nación al desechar la Ley de Seguridad Interior como un fraude constitucional con que se pretendía regular la presencia de los militares en las calles en la persecución del delito, el momento es ese del carnaval, cuando el anfitrión pide ¡fuera máscaras!


    

¡Esto es lo que hay!, dice Alfonso Durazo. Dejar de representar algo que no sucederá tiene la ventaja de conocer los verdaderos objetivos del próximo gobierno: teme, sobre todo, que la violencia lo rebase y la inseguridad lo lleva a retirar la idea del regreso paulatino de los militares —como López Obrador ofreció en campaña—, aunque no haya evidencia de que su presencia reduzca la violencia. Por el contrario, la nueva estrategia profundizaría la militarización, pero ahora ya sin la promesa de que el combate al delito regrese algún día al ámbito civil.

 

Su oferta de pacificar al país apuesta por la fuerza como la opción menos mala ante la “descomposición” y la ineficacia de las policías para “garantizar la seguridad”, para las cuales, sin embargo, no hay ni una línea de futuro.

 

La justificación es la misma de gobiernos anteriores para involucrar a los militares en la seguridad pública, pero, a diferencia de ellos, sin la careta de la “excepcionalidad” hasta el relevo por policías capacitados y profesionales. Dicho de otro modo, la creación de un mando castrense que integre a policías militares y civiles implica el reconocimiento del fracaso de autoridades federales y estatales de reformar las policías, incluso, a la principal corporación de la PFP, que quedaría subsumida bajo el paraguas de una nueva Guardia Nacional.

 

Éste sería un paso más en la misma dirección de los gobiernos anteriores de consolidar el peso fundamental de las Fuerzas Armadas en el combate al crimen, aunque ahora, incluso, con la cobertura de una reforma constitucional que legalice su actuación de facto o evite disfraces legales para esconder su función. ¿Cuál diferencia con el anterior modelo de seguridad?

 

Pero la clarificación del planteamiento no podría explicarse sin el papel de la Corte que, como contrapeso institucional, estableció los términos del debate sobre la responsabilidad de la seguridad en el juicio de inconstitucionalidad de la Ley de Seguridad Interior.

 

Aunque es difícil de creer en las coincidencias en política, su declaración de invalidez obliga a López Obrador a buscar la reforma constitucional para su plan de seguridad, como condición para superar el mandato de la Corte de que la seguridad pública esté en manos de civiles, salvo cuando, expresamente, haya una declaración de guerra o de suspensión de garantías, como precisó el ministro José Ramón Cossío.

 

El fallo también es un apercibimiento de los riesgos de la permanencia del Ejército para los derechos humanos, e incompatible con la democracia.

 

El fallo deja en manos del nuevo gobierno, y de Morena en el Congreso, la responsabilidad de abrir a los militares las fronteras del poder civil, ya no como una situación transitoria, sino como parte de una profunda remodelación de las instituciones de seguridad y procuración de Justicia. Al mismo tiempo que un varapalo al gobierno y a la anterior legislatura por tratar de burlar a la Constitución con la aprobación y promulgación de la Ley de Seguridad Interior tramposa.

 

Tanto el fallo como los términos del plan ponen las cartas en la mesa sobre la discusión del modelo de seguridad. Ya no se trata de medidas que constituyen una excepción de la regla ante una situación extraordinaria, como justificó Calderón la salida de los soldados de los cuarteles y prorrogó Peña Nieto, con los mismos malos resultados que su antecesor, para contener la violencia o reducir el crimen, sino de una definición política que afectará, en la forma y en el fondo, los límites de los derechos de la democracia.

Por: José Buendía Hegewisch

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He’s back

2019-06-20 08:52:03 | El Pionero

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El nombre de Enrique Peña Nieto se ha escuchado cada vez con más frecuencia cuando se habla de procesos judiciales. Si durante su sexenio las leyes le dieron tranquilidad respecto a investigaciones como la de la Casa Blanca, ahora el panorama no parece serle tan favorecedor.


    

Habrá creído que lo único que sabríamos de él sería lo referente a su vida personal. Su nueva novia, su divorcio. Las bodas a las que asiste. Detalles personales de su vida después de Los Pinos. Nada dentro del terreno político escandaloso, acaso sólo sus desmentidos sobre los lujos que, dijeron, se había llevado a España. Sin embargo, el nombre de Enrique Peña Nieto se ha escuchado cada vez con más frecuencia cuando se habla de procesos judiciales. Si durante su sexenio las leyes le dieron tranquilidad respecto a investigaciones como la de la Casa Blanca, ahora el panorama no parece serle tan favorecedor. Será que en los hilos que se tejen en las sombras pocas lealtades mantiene fijas.

La Fiscalía de Chihuahua ya puede poner la lupa sobre él, determinó ayer la Suprema Corte de Justicia de la Nación. La decisión fue unánime. La Segunda Sala modificó la suspensión que impedía indagar a Peña Nieto y a su gabinete por su participación en la llamada Operación Zafiro, mediante la cual siete gobiernos estatales desviaron más de 650 millones de pesos a empresas fantasma del PRI. La autoridad estatal podrá proceder en su contra, siempre que no se trate de delitos del orden federal.

Es un primer aviso. O uno que viene apenas como un foco rojo tras los señalamientos que se han hecho del expresidente en los últimos días. Apenas el lunes pasado, El Universal publicó sobre una investigación en Estados Unidos en contra del expresidente por un supuesto soborno en la compra-venta de Fertinal, la empresa de fertilizantes que le está sacando canas verdes a Emilio Lozoya Austin, el exdirector de Pemex. Y aunque el expresidente negó no sólo la acusación, sino también la investigación, alegando que se trata, otra vez, de un acto de mala fe, lo cierto es que su tuit no calla ninguno de los señalamientos que hay sobre él. Qué mejor ejemplo que lo decidido por la SCJN.

A esto habrá que agregarse lo expresado por la defensa de Lozoya Austin respecto a que su cliente es víctima de una persecución política de parte de Peña Nieto. “Como director general de Pemex no se mandaba solo, él tenía por encima, y así lo prevé la ley de Pemex, un Consejo de Administración que era el que autorizaba todas las operaciones de cierta envergadura y el Consejo estaba formado por el secretario de Hacienda, de Energía, la Contraloría, y yo no puedo creer que el presidente Peña no era informado de las decisiones que tomaba el Consejo...”, expresó Javier Coello Trejo.

Lo que viene en el caso Lozoya parece ser una batalla de su palabra contra la de los implicados que se vayan sumando a la causa. Pedro Joaquín Coldwell, el funcionario de Energía mencionado, ya pidió ser llamado a declarar por el caso Fertinal. Calificó de honorables a los exintegrantes del Consejo de Administración de Pemex. Él también es otro sobre quien está la lupa de la Fiscalía General de la República.

Lo que veremos a corto plazo, al parecer y más aún si alguno de los investigados llega a ser detenido, es una batalla de señalamientos. Lo que sea para sacudirse las denuncias y todo aquello que no se puede resolver con un tuit.

Yuriria Sierra/Nudo gordiano

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