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Horda de salvajes

2018-11-11 17:32:52 | El Pionero

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“No somos suicidas ni somos hordas de salvajes…”, dijo contundente el senador Ricardo Monreal luego que su iniciativa para eliminar las comisiones bancarias a los usuarios, provocara una estrepitosa caída en la Bolsa Mexicana de Valores y, por supuesto, en las acciones de varios bancos.


    

“Explicación no pedida, acusación manifiesta”, pensarán algunos lectores, porque efectivamente los adjetivos que estaban en el aire eran los de ignorantes, insensibles, arrogantes, o hasta pentontos, pero nadie les había acusado de suicidas o salvajes. Si fue el subconsciente traicionero o un intento de desmarcarse de cualquier mal pensamiento no se sabe, pero no deja de ser curioso las palabras que utilizó el legislador morenista para explicar lo que no eran.

Por supuesto ningún ciudadano podría rechazar la propuesta que los bancos eliminen las comisiones, ¿a quién le gusta pagar extra por revisar su saldo o utilizar los cajeros?, como tampoco nadie estaría en contra de que eliminen el IVA o los impuestos; o que la luz y la electricidad sean gratuitas, pero hasta con el más mínimo sentido común se sabe que eso no es posible, al menos no en un país capitalista.

Una cosa, pues, es regular las comisiones, homologarlas a lo que se paga en otros países o incluso quitar algunas, y otra cosa es hacer de una ocurrencia una iniciativa generando que los de por sí ya nerviosos mercados tengan un ataque de ansiedad.

Pero entonces ¿qué se aprendió del pasado jueves negro, además que los legisladores no se consideran una horda de salvajes? 1. Que después de lo del aeropuerto, la bolsa está en un mírame y no me toques. Saben que si el gobierno electo fue capaz de cancelar el aeropuerto de Texcoco con un impacto de miles de millones de pesos, pueden hacer lo que quieran. Por eso, como diría el buen Tizoc: cuando el tecolote canta, el indio muere; cuando Morena habla, la bolsa cae.

2. Que los morenistas deben recordar que a veces más vale callar y pasar por tonto, que abrir la boca y demostrarlo; 3. Que el equipo de transición económico, encabezado por Carlos Urzúa, se ha convertido en el bombero de moda. Un día le recuerda al PT que las reservas internacionales son del Banco de México y no, no, no son una cuenta corriente que puede ser utilizada para otra cosa que no sea blindar la economía, y al otro tiene que enmendarle la plana a sus compañeros, recordándoles que con los fundamentales no se juega. ¿Y si ofrece un taller llamado: “Las finanzas nacionales no son finanzas personales”?

4. Que el enemigo de un morenista es otro morenista. Yeidckol Polevnsky, presidenta del CEN de Morena, tuvo que salir al quite para decir que los senadores se fueron por la libre, que no es una propuesta de partido y que debieron haber consultado. Ante ello, Monreal contraatacó señalando que ellos eran un Senado autónomo (ternurita). Ésos sí son berrinches, no los de Mitre. Se deja claro, además, que Andrés Manuel López Obrador va a tener mucho trabajo tratando de armonizar egos y protagonismos.

5. Se ha criticado al diputado dormilón de Morena, Manuel Huerta Martínez de aprovechar las sesiones para echarse sus pestañitas. Sin embargo, ya más de un inversionista quisiera que otros legisladores hicieran lo mismo. Al menos así, son inofensivos.

Muchos ciudadanos y empresarios ya están rogando al cielo que llegue el 1 de diciembre. Les urge que López Obrador sea Presidente porque quieren comprobar que, efectivamente y como lo prometió, será el mejor presidente de México. Por lo pronto, desde el punto de vista económico, como gobierno electo ha sido el peor.

Vianey Esquinca/La inmaculada percepción

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Un pueblo que huele a gasolina

2019-01-21 15:18:12 | El Pionero

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SAN PRIMITIVO, Hgo.- A la vera del camino que comunica las cabeceras municipales de Tlahuelilpan y Tlaxcoapan, justo donde comienza un sembradío de alfalfa, la familia Estrada encontró un dedo y unos mechones de cabello.


    

“Venga”, me llaman. “Es increíble lo mal que hacen su trabajo”, me dice Fernando Estrada, tío de Iván, un joven que convalece, inconsciente, en el Hospital Regional del IMSS en Pachuca, luego de sufrir graves quemaduras por la explosión de un ducto de Petróleos Mexicanos, el viernes por la noche.

“Ese dedo y ese pelo deberían estarlos analizando ahora mismo para poder identificar a las personas que murieron o están en coma en los hospitales”, me dice con una mueca de desesperación. Fernando aún busca a otro sobrino, Hugo Olvera Bautista, un muchacho de 13 años, de quien no se sabe nada desde el viernes y que había llegado con su primo Iván, desde Presas, comunidad del municipio de Tezontepec, a seis kilómetros de distancia. En toda la región se había corrido la voz de que “estaban regalando gasolina”.

Hubo casi cuatro horas para evitar la muerte de decenas de personas. De acuerdo con el secretario de Seguridad federal, Alfonso Durazo, la Sedena dio aviso de la fuga a las 14:30 horas. Los testimonios recogidos indican que los soldados y policías enviados aquí advirtieron a los pobladores sobre los riesgos que corrían al acercarse a la zona de la fuga de combustible, pero nunca se los prohibieron. “Eso, la gente lo entendió como un permiso para pasar”, me dice una mujer, quien ese día se retiró del lugar antes de la explosión.

A 150 metros al poniente, cruzando el sembradío, está la zona cero de la tragedia que, hasta el momento de escribir estas líneas, ha dejado 85 fallecidos y más de 50 heridos.

El punto exacto por donde brotó un géiser de combustible está ahora cubierto por tierra, luego de que bomberos y personal de Pemex lograran apagar el incendio, cerca de la media noche de ese día. Se trata de una zanja que divide los municipios de Tlahuelilpan y Tlaxcoapan. De uno y otro lado hay campos de cultivo. Me llama la atención que un tramo del ducto Tuxpan-Tula corra justo debajo de esa zanja, que ha sido habilitada como canal de riego. Le pregunto por qué a un grupo de pobladores que, como yo, observa los vestigios del infierno: yerba y árboles calcinados, cubetas derretidas, celulares reventados por el calor, ropa y zapatos chamuscados…

“Primero colocaron el ducto y ya luego apareció la zanja”, me dice uno de ellos. “Señor —interviene otro—, andan diciendo que ese ducto recién lo picaron, pero no es verdad. Nosotros, que vivimos acá, lo sabemos. Tiene de menos cinco años que lo estaban ordeñando”.

Bajo al fondo de la zanja, donde a simple vista se percibe un burbujeo, no lejos de donde el ducto expuesto fue cubierto en tierra. Los pies se hunden. Al tocar el suelo, éste despide el inconfundible olor de la gasolina. La fuga de combustible continúa. Un tercer interlocutor refiere que dos o tres veces por semana llegaba un camión con pacas y se estacionaba justo en el punto donde ocurrió la explosión. El conductor y sus acompañantes hacían como que revisaban el sembradío. Oculto por el camión, uno de ellos llenaba bidones con gasolina, usando una manguera conectada al ducto.

Le pregunto qué pasó el viernes. “Yo creo que se les reventó la válvula, no sé… Y empezó a salir un chorro de gasolina a presión. Eso fue poco antes de las tres de la tarde. Para las cinco, ya había llegado mucha gente con cubetas y garrafones. Y no sólo de aquí, sino de muchos pueblos de los alrededores”.

Camino cruzando el sembradío de alfalfa. El cultivo estaba listo para recolectarse, pero lo que no se quemó quedó aplastado por la estampida humana. Personas con las ropas en llamas dejaron ahí regadas sus pertenencias.

A 36 horas de la explosión del ducto, los peritos estatales y federales organizan una nueva búsqueda de evidencias. Me queda la impresión de que la zona del siniestro no ha sido debidamente protegida, como muestra el hallazgo espontáneo del dedo.

La explosión del viernes tendría que ser oportunidad para procesar a quienes, durante años, ordeñaron el ducto en San Primitivo y así enviar un mensaje de cero tolerancia a este delito.

Asimismo, debiera aprovecharse para abandonar el discurso victimista de que la ordeña es producto de la pobreza y eso se resuelve con transferencias de dinero. El no decir con claridad que esta práctica es un delito no ayudará a crear conciencia de su peligro.

Creer que éste será un antes y después automático es fácilmente desmentido por las reiteradas explosiones provocadas por el manejo de la pólvora por parte de los artesanos de pirotecnia en Tultepec, Estado de México, donde se han dado 50 estallidos en los últimos 20 años.

Pascal Beltrán del Río/Excelsior

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