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¿Mismos privilegios, otras manos?

2018-10-28 19:54:38 | El Pionero

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¿Se acabará el mundo el próximo lunes si el equipo de transición dice que Santa Lucía ganó como el lugar para construir el aeropuerto? ¿saldrán los capitales huyendo? ¿se desplomará el peso frente al dólar? ¿los capitales internacionales pondrán en la lista negra a México sólo por debajo de Venezuela? Muy probablemente no, o no de forma inmediata. Seguramente, habrá incertidumbre y los inversionistas pondrán sus barbas a remojar, pero de eso a que haya un colapso económico, hay una gran diferencia.


    

Ahora, si bien no se desencadenará un error de octubre como el que hubo en diciembre de 1994, sí ha habido errores y no de octubre, sino de agosto y de septiembre. Estos desaciertos, además, tienen nombre y apellido.

Error número 1. Javier Jiménez Espriú. Quien será el próximo secretario de Comunicaciones y Transportes ha tenido un pésimo manejo de información. Sus vaivenes, declaraciones y carácter explosivo sólo sirvieron para empeorar las cosas. Cada vez que salía a hablar, el cielo se nublaba y se escuchaban las trompetas del Apocalipsis.

Error número 2. José María Riobóo. El excandidato multicolor Ricardo Anaya fue el primero que lo nombró en un debate presidencial y desde entonces el nombre, cual nube negra viajera, rondó a López Obrador. Hoy, incluso, ya lo nombran el Armando Hinojosa de cuarta, de la Cuarta Transformación.

Error número 3. Enrique Calderón Alzati. El presidente de la Fundación Rosenblueth, encargada de organizar la consulta, se mimetizó con sus clientes y defendió ideológicamente y no técnicamente la metodología del ejercicio. En las entrevistas que dio no se sabía si quien hablaba era Jiménez Espriú, el presidente de Morena o el más recalcitrante defensor del Presidente electo.

Error número 4. La inconsistencia en los mensajes. Durante la campaña se reiteró como mantra que no se permitiría que se siguiera la construcción del aeropuerto de Texcoco porque era un símbolo de corrupción. A la fecha no se ha logrado acreditar la corrupción, que hubiera sido un argumento incontrovertible. Entonces, se pasó a los derechos medioambientales y de ahí a los derechos humanos. Cuando nada de esto pareció ser suficiente, llegaron las descalificaciones.

Error número 5. Falta de argumentos técnicos. Por cada estudio que el equipo del Presidente electo presentaba, había tres que lo desmentían y ponían en evidencia la falta de rigor técnico y los varios conflictos de interés.

Error número 6. La confianza mata. Seguramente López Obrador consideró que si como jefe de Gobierno en la capital construyó los segundos pisos y aumentó el boleto del Metro con consultas populares, podría aplicar la misma fórmula sin recibir respuesta.

Así pues, cualquiera que sea el resultado de la consulta, el presidente electo y su equipo saldrán raspados, lastimados. Si gana Texcoco se dirá que todo fue un espectáculo para no cargar con el peso de haber incumplido una promesa de campaña y entregar la obra a manos privadas. Si se decide por Santa Lucía, se acusará de haber fabricado el más barroco (porque ni siquiera es oficial o legal) fraude.

Lo que es un hecho es que se logró sembrar la duda sobre el proceso, de que en la Cuarta Transformación los privilegios seguirán siendo los mismos, sólo que pasarán a otras manos.

De todo esto hay, sin embargo, un gran acierto. El espíritu de la consulta popular en sí mismo.

Pensar que la gente puede tomar decisiones importantes de gobierno es atractivo y aplaudible. Falta que la legislación formalice estos ejercicios, le dé forma, fondo y transparencia. De lo contrario, todo caerá en el terreno de la simulación.

Por Vianney Esquinca/La inmaculada percepción

 

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México jugó como nunca, pero perdió como siempre

2019-06-09 16:34:36 | El Pionero

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La Guardia Nacional (sí, esos que acabarían con la inseguridad) van a reforzar la frontera sur (un tapón que llaman).


    

Después de días de tener el Jesús en la boca ante la amenaza de Donald Trump de imponer aranceles a los productos mexicanos que llegaran a Estados Unidos, el viernes pasado, poco después de las 19:30, llegaron los dos tuis más esperados, el del presidente estadunidense y el del canciller mexicano Marcelo Ebrard anunciando que se había llegado a un acuerdo.

En México, acostumbrados a tener pocas noticias buenas, se sacó tequila y mezcal para celebrar, hubo quien propuso ir al Ángel y hasta aquél que candidateó a Ebrard como presidente para 2024 o de perdida director técnico de la Selección Nacional.

La emoción desbordó a algunos: Dame una M, M; dame una A, A, dame una R, R…. ¿Qué dice? ¡Marcelo!, ¡Más fuerte!, ¡Marcelo!, Tres veces: ¡Marcelo, Marcelo, Marcelo! A la bio, a la bao, a la bim bom ba, Marcelo, Marcelo, ¡ra, ra, ra!

Por si no fuera eso ya suficientemente exagerado, hubo quien (¡válgame Dios!) cambió el Himno Nacional para cantar en Twitter: ¡Para ti, @m_ebrard, las guirnaldas de oliva! ¡Un recuerdo para ellos de gloria! ¡Un laurel para ti, @Martha_Barcena de victoria!

Fue tratado como héroe nacional que regresaba de la misión más difícil que le había tocado enfrentar. Y ¿cómo no? Si tuvo que lidiar con transbordos en aviones, reuniones exhaustivas con Think thanks (piensa, gracias para los cuates) o con el Wodrow Wilson Institute (y no con el Woodrow Wilson Center) y sobre todo, las morningeras. Eso no es todo, se enfrentó a ¡unos inoportunos cacahuates! que fueron colocados estratégicamente en la servilleta de uno de sus colaboradores seguramente por la mafia del poder estadunidense. Definitivamente, Marcelo ‘el carnal’ Ebrard se la rifó como los grandes. 

Pero con la celebración, siempre llega la cruda realidad, esa que hace recordar que Dios existe y tiene formas infinitas de hacernos pagar por los pecados. Fue cuando el gobierno de Estados Unidos emitió una nota de prensa en la que explicaba los acuerdos alcanzados. El primero, que ya se había adelantado, que México desplegaría a la Guardia Nacional (sí, esos que acabarían con la inseguridad) para reforzar la frontera sur (un tapón que llaman).

También que aceptaba que los migrantes que cruzarán a Estados Unidos buscando asilo político fueran enviados rápidamente a México donde esperarían la resolución de su petición. Mientras, se les daría trabajo, acceso a salud y educación. (O sea, ¿cuánto tarda el proceso de asilo?). Cualquier parecido con lo que es un “tercer país seguro” es mera coincidencia.

Y si el mareo, las ganas de vomitar y el dolor de cabeza no fueran suficientes, el sábado Trump publicó en su cuenta de Twitter que México había accedido a comprar inmediatamente grandes cantidades de productos agrícolas a sus agricultores. ¡¿Whaat!?

Ante esto, las preguntas que surgen son: realmente ¿se negoció o únicamente se aceptaron condiciones? ¿fue negociación o el pago a una extorsión?

Y lo peor, ¿el señor Trump ya le tomó la medida al gobierno mexicano? ¿después de los 90 días en que se revisen la implementación de estos acuerdos, vendrá una nueva amenaza y Marcelo, Marcelo ra, ra, ra irá a aceptar otras condiciones?

Por supuesto que el gobierno mexicano podrá decir, parafraseando a Enrique Peña Nieto, “y aquí pregunto, ¿ustedes qué hubieran hecho?”, era decidir entre aceptar las condiciones o una crisis que no se puede permitir.

De cualquier manera, al leer las letras chiquitas del “gran triunfo de la unidad mexicana” queda un sabor amargo de boca, con el mismo sentimiento de cuando México pierde ante otros países en el futbol… de que jugamos como nunca, pero perdimos como siempre.

Vianey Esquinca/La inmaculada percepción

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