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  • Los narcosatánicos: el caso que hace 29 años marcó el antes y después para investigar al narco

    2018-05-13 17:23:24 | El Pionero

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    El 5 de mayo de 1989, habitantes de la céntrica colonia Cuauhtémoc, en la Ciudad de México, fueron testigos de una de la historias más recordadas y que ha trascendido de generación en generación.


        

    Policías fueron recibidos con una lluvia de dólares y tiros de AK-47 por parte de una banda de jóvenes que se escondía en un apartamento. Después de aproximadamente 45 minutos, ante su incapacidad para vencer a las fuerzas de seguridad, que los superaban en número, el líder de los perseguidos Adolfo de Jesús Constanzo pidió a uno de sus seguidores que le disparara. Una vez que lo mató se suicidó.

    Otros, creyendo que eran invisibles, salieron del apartamento para huir, pero fueron abatidos por las balas.

    Se trataba de la banda de los narcosatánicos, que marcó un antes y un después en los estudios sobre el crimen organizado en México, que hasta entonces no tomaban muy en cuenta las creencias religiosas dentro de los distintos grupos de traficantes de drogas.

    “Sin duda alguna yo podría mencionar que sí fueron unos hechos que marcaron o trajeron a la luz una nueva variable o un nuevo paradigma en el estudio del narcotráfico que se había estudiado muy desde el ámbito de la economía, de lo social, pero no se había analizado que tenía un componente espiritual y religioso que también impactaba”, dijo a Infobae Andrés Sumano, investigador del Colegio de la Frontera Norte en Tamaulipas, estado donde empezó la historia.

    El caso salió a la luz en abril de 1989 luego de que David Serna, uno de los integrantes de la banda, fuera detenido en un operativo de rutina de la Policía Federal, quienes encontraron en su vehículo droga y un extraño caldero (una olla grande) con restos de sangre, corazones, partes de columnas vertebrales, que eran partes del cuerpo del estudiante norteamericano Mark Kilroy, reportado como desaparecido mientras realizaba un viaje a México.

    Kilroy había sido secuestrado en Matamoros, Tamaulipas, y su desaparición desató una intensa búsqueda en México y Estados Unidos al tener lazos familiares con funcionarios del Gobierno norteamericano.

    Los hallazgos en el rancho Santa Elena. Foto: Infobae

    El joven había sido asesinado por una banda dedicada al narcotráfico y la santería, liderada por el cubano estadounidense Adolfo de Jesús Constanzo, practicante de una religión llamada palo mayombe. Todos sus integrantes eran menores de 30 años y, al menos los que vivían en Matamoros, pertenecían a una clase social media alta, lo que hizo el caso más mediático.

    “El Duby de León y Sara Aldrete (integrantes de la banda) eran de familias muy reconocidas de gente de dinero, parientes de artistas. Es un episodio muy feo en la ciudad de Matamoros”, narró a Infobae Arturo Zárate, habitante de esta capital, quien en 1989 vivió todo el furor de los narcosatánicos.

    Las creencias de Constanzo nacieron en Miami. Su madre era sacerdotisa de palo mayombe. El joven llegó a la Ciudad de México en 1983 para trabajar como modelo, pero empezó a ganar fama como santero, curandero y médium, lo que le ayudó a establecer relaciones con personas importantes, entre ellas jefes policíacos y narcotraficantes.

    Gracias a esa fama empezó a reclutar los primeros discípulos de su banda.

    La historia de los narcosatánicos marcó un cambio en los estudios sobre la creencia de los cárteles.

    No era extraño que Constanzo, como extranjero, se moviera en Matamoros, uno de los puntos fronterizos más importantes de país visitado por gente de distintas nacionalidades. Ahí conoció a Sara, estudiante de Antropología de la Universidad de Texas, quien la presentó con jóvenes de su círculo social y estudiantil.

    Ahí conoció también a Elio y Serafín Hernández, dos traficantes, que al ser interrogados mencionaron la existencia de un “Padrino” que los protegía gracias a su religión.

    La historia empezó a salir a la luz cuando David Serna dio pistas sobre la ubicación de la banda que operaba en el rancho Santa Elena, a unos kilómetros de la frontera con Estados Unidos donde la policía encontró enterrados los cuerpos mutilados de 13 víctimas, entre ellas Kilroy, a las que les habían sacado el corazón, el cerebro y partes de la columna vertebral que utilizaban para preparar un brebaje que usaban durante sus ceremonias de santería, al que también añadían sangre, ajos y tortugas asadas, según los informes policíacos.

    Constanzo hacía creer a sus seguidores que con el consumo de este brebaje podrían adquirir poderes extraordinarios, como el ser invisibles.

    “Hemos tenido casos que se pudiera decir presentan grados de crueldad mayor con mayor número de víctimas y aunque algunos sí están rodeados de un tema religioso, ninguno como los narcosatánicos”, afirmó el investigador del Colef.

    Sara Aldrete en una de sus últimas entrevistas. Foto: Infobae

    EL PRINCIPIO DEL FIN

    Antes de que la policía llegará al rancho, Constanzo, Adolfo, Sara (quien siempre sostuvo que estaba secuestrada), Álvaro Valdez (“El Duby”) y Martín Quintana lograron huir hacia la Ciudad de México donde se encontraban otros “discípulos”.

    Después de tres semanas prófugos, las autoridades lograron interceptarlos gracias a una carta enviada por Sara en la que afirmaba que era rehén y que temía por su vida.

    Cuando la policía llegó al departamento de la calle Río Sena, fue recibida por una lluvia de tiros. El líder de la banda había hecho con Martín un pacto suicida por lo que durante el tiroteo lo mató y luego se suicidó, otros más creyendo en los poderes que presuntamente les había otorgado Constanzo se atrevieron a salir del edificio creyendo que eran invisibles, pero en lugar de pasar desapercibidos se encontraron con las balas de los policías.

    Los que quedaron vivos fueron arrestados, algunos, como “El Duby”, murieron en prisión y otros, como Sara, aún purgan su condena.

    A 29 años de distancia, la historia de los narcosatánicos no se olvida. La película Perdita Durango, del director español Alex de la Iglesia es una adaptación de los hechos.

    En su momento revolucionó al país. En Matamoros, recordó Zárate, cuando se descubrió lo que pasaba en el rancho Santa Elena, los templos católicos estaban a toda su capacidad, “toda la gente se quería confesar porque nunca había pasado una cosa así”.Pero, también, afirmó, es un episodio que marcó la pauta en la relación de la sociedad con los cárteles del narcotráfico, pues justo en ese tiempo, integrantes del Cártel del Golfo habían empezado a ser aceptados en algunos círculos sociales y empezaban a integrarse a la vida de la metrópoli.

    Pero después del caso de los narcosatánicos “se les empezaron a cerrar las puertas de clubes y otros lugares y eso de alguna forma ha ayudó a que cuando llegaran ‘Los Zetas’ (uno de los cárteles más sanguinarios de México) tampoco la ciudad se prestara para que hicieran vida social”, finalizó.

     

    Vía: SinEmbargo/Infobae

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    Gana escort ilegal 1500 dólares al día en México; revela sus secretos

    2018-07-18 08:31:41 | El Pionero

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    Angélica es una venezolana que ingresó al país y que en el país no sólo se dedica a ser escort, sino a ser asistente de trabajadoras sexuales junto con su prima


        

    CIUDAD DE MÉXICO

    “El precio por la relación sexual es de 130 dólares la hora, además del taxi”, me cuenta Angélica* con un porro de mariguana en la mano. “Si el cliente quiere anal, el precio es de 300 dólares y el trío está en 150 dólares”, me dice con las piernas cruzadas.

    Angélica emigró de Venezuela y actualmente es asistente de prostitutas y escort en la Ciudad de México. “Gano 1500 dólares al día, dependiendo de los clientes, puede ser más o menos”.

    Angélica me recibió en casa de su mejor amigo. Tiene pelo negro, ojos claros y unas uñas largas que hacen ruido cada que escribe en la pantalla de su celular, que no suelta mientras habla conmigo.

    “Me levanto. Desayuno. Prendo el teléfono, veo los 500 mensajes de Whatsapp y agendo las citas“, me cuenta mientras intercambia miradas entre su iPhone y yo. “Es mi herramienta de trabajo”.

    “¿Cómo conseguiste este trabajo?”, le pregunto, mientras exhala humo y descansa el quinto porro de mariguana del día sobre un cenicero. “Mi prima está en México y me dijo que viniera.

    Le hice caso y entré como turista al país. Aquí me confesó que se prostituía y que las asistentes que había tenido la habían tratado de robar, así que me metió como su asistente. Ahora también soy escort. No tenemos ningún padrote, todo es entre ella, nuestros clientes y yo”.

    La situación legal de Angélica en el país es inestable. Como emigrante, conozco las dificultades actuales para conseguir estancia legal en México para los venezolanos.

    “Quiero hacer el trámite para pedir asilo. Quiero decir que tengo una enfermedad grave. Un amigo lo hizo y le dieron la permanencia. Tengo conocidos doctores y me van a dar todo el papeleo que necesito para presentarlo a inmigración”, me confiesa.

    Angélica toma una tarjeta del metro, enrolla un billete de 10 dólares y arma un par de líneas de cocaína. “¿Quieres?”, me pregunta antes de inhalar una raya.

    Su prima y socia, me cuenta, es quien maneja más clientes. La mayoría son doctores, empresarios o ingenieros, casados y solteros. “A veces, cuando llevo a alguno para que entre a la habitación y tenga sexo, me ven y me dicen que también quieren coger conmigo, y de ahí voy sacando mis propios clientes”.

     

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    Además de ser asistente y escort, Angélica también trabaja en un bar. Es su trabajo fijo, cuenta. Ahí se sienta, conversa y toma tragos con los clientes hasta que cierra el lugar. Hay noches en que se puede sentar a tomar hasta con cinco clientes distintos.

    “Me pagan todo lo que bebo, además, el local me paga por todo lo que los clientes consuman y el 50 por ciento del costo de cada trago”, me cuenta. “Si algún chico quiere verme por fuera del local, eso ya es diferente”.

    “¿Te aburres del sexo?”, pregunto, pensando en cómo se puede tener una vida sexual a nivel personal cuando tu trabajo es tener sexo. Angélica se ríe de mi pregunta y me dice que es muy distinto.

    Cuando trabajo es eso: trabajo. No pienso en otra cosa, sólo en que el cliente termine y ya. Además, los mexicanos tienen el pene chiquito y duran como cinco minutos”, asegura. “Aunque una vez me tocó un chico mexicano de 23 años que sí duró la hora completa”.

    Prendo un cigarro junto a la ventana del departamento donde platicamos. Abajo, en la calle, veo un auto que no se ha movido desde que llegué. “Es mi Uber personal”, me dice, “mi chofer”.

    Angélica tiene a su disposición a una persona de su confianza que la lleva a donde necesite y le paga de 50 a 75 dólares al día. “Tengo que moverme mucho y traigo mucho efectivo conmigo, por eso tengo chofer”.

    En cuanto me dice lo del efectivo pienso en que su estatus legal en México es de turista (seis meses). Para abrir una cuenta de banco como extranjero, te piden el FM3 (tarjeta de residencia temporal), por lo que le pregunto dónde guarda su dinero.

    “No tengo cuenta de banco pero quiero abrir una, porque no he ahorrado por tener mucho dinero en efectivo a la mano, lo gasto más rápido”.

    Tener dinero en efectivo, ser turista, el tipo de trabajo, ser mujer en esta ciudad y los casos de feminicidios en México hacen que le pregunte sobre su seguridad personal.

    “Cada vez que voy a ver a un hombre tengo miedo. Por eso trato de quedarme con los mismos clientes: para no arriesgarme y evitar a los hombres que son dementes”, asegura.

    Angélica se acerca al plato donde está la cocaína e inhala nuevamente, después abre la cuarta cerveza de nuestra plática. Le pregunté sobre sus hábitos de consumo y si esto le generaba algún problema con sus clientes.

    Angélica tiene un protocolo de seguridad: “primero voy con alguien y reviso la habitación y el baño. Si todo está bien, ya me esperan hasta que termine el servicio”. Si otra chica está dando el servicio, tienen una llamada activa, donde Angélica escucha lo que sucede, como si estuvieran en altavoz.

    A veces nos escribimos y tenemos una especie de código: si me envía dos letras (cualquier par de letras que no coincidan), es que hay algo malo”. 

    “¿Quieres una cerveza?”, me pregunta y acepto. Su prima es su socia. “Yo trabajo para ella y ella trabaja para mí”, me dice mientras camina al refrigerador. Cuando ella le consigue servicios, ella la cuida y viceversa. No les gusta trabajar con ningún padrote porque de esta manera son sus propias jefas y trabajan a su ritmo. “Hay semanas en las que no trabajamos”.

    Angélica gasta su dinero en renta, restaurantes, ropa, uñas, transporte, drogas y alcohol. Su prima y ella toman demasiado, cuenta. “Tenemos como 300 clientes fijos, entonces, dinero siempre hay” y confiesa que en un día le pueden llegar hasta 600 mensajes por Whatsapp.

     

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    Me cuenta que actualmente vive un poco retirada de la Ciudad de México por culpa de unos hombres. “Se ponen celosos y esto genera problemas”, asegura mientras destapa una cerveza venezolana. Le pregunto dónde las consigue porque no las he visto. ”Me las regalan mis clientes”.

    Actualmente tiene 500 dólares ahorrados, pero asegura que si empieza a trabajar el lunes, esa semana se resuelve todo. Me cuenta que tal vez no ha abierto una cuenta de banco porque se levanta muy tarde.

    “Puedo durar dos o tres días despierta”, dice, “y luego paso tres días durmiendo”. Me pregunta sobre mi vida en Venezuela y qué hacía allá. Le cuento de mis estudios y los trabajos que tuve allá. Se interesa y me confiesa que estudió ingeniería industrial allá pero dejó la escuela en el último semestre de la carrera.

    Las protestas y la situación en general del país le complicaron asistir a la universidad. “¿Cómo te mantenías en Venezuela”, le pregunto. “Vendía mariguana, perico y MDMA. Necesitaba dinero y comencé a vender”.

    Sus padres creen que se gana la vida vendiendo comida venezolana. ”¿Quieres unos tequeños?”, me pregunta y mis ojos se iluminan al escuchar el nombre de este platillo típico venezolano. Le digo que sí y me acerca una bandeja con ocho tequeños, los cuales comí desesperadamente.

    Aseguro que tenía mucho tiempo sin probar unos tan buenos y sonríe, pues ella los preparó.

    Angélica quiere dejar la prostitución y abrir un restaurante venezolano. “Pronto lo lograré”, me dice antes de destapar otra cerveza.

     

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