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    2018-04-21 18:04:41 | El Pionero

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    Mientras más posibilidades de ganar o crecer tiene un candidato, más visibles serán sus resbalones.


        

    Es una simpleza letal: El éxito de las campañas electorales depende de la capacidad de capitalizar los errores ajenos y de los reflejos para enmendar los propios.

     

    Mañana, en el primer debate del INE, ese marcador estará contando para cada uno de los candidatos presidenciales y, al final, más que las respuestas ingeniosas o punzantes, quedarán los yerros que puedan cometer o generar en sus adversarios.

     

    Por lo pronto, a diez semanas de la hora de las urnas, todos han acumulado errores que importan.

     

    Porque la pelea continúa, aun cuando los ejercicios demoscópicos confirman los lugares de los competidores.

     

    La más reciente encuesta, difundida anoche por BGC de Ulises Beltrán, reportó estas intenciones de voto: Andrés Manuel López Obrador, 40%; Ricardo Anaya, 32%; José Antonio Meade, 22%; Margarita, 5%, y Jaime Rodríguez Calderón, dos por ciento.  

     

    Con esas distancias, nadie puede darse por vencido. Menos cuando las experiencias internacionales revelan que las últimas semanas son determinantes. Y a nivel estatal, en 2016, por ejemplo, atestiguamos que las encuestas no dieron como delanteros a los ganadores de gubernaturas en Chihuahua, Tamaulipas. Veracruz, Quintana Roo, Querétaro y Durango.

     

    Y en medio de la incertidumbre, debemos entender que mientras más posibilidades de ganar o crecer tiene un candidato, más visibles serán sus resbalones y deficiencias congénitas.

     

    Bajo esa lógica, Rodríguez Calderón, con la menor intención de voto en todas las encuestas y quien se incorporó a la competencia 10 días después de iniciada, cargará hasta el primero de julio la controvertida resolución que desde el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación le dio vida a su candidatura.

     

    A esa dudosa resolución, que validó las firmas que el INE reprobó, se suma otra falla de fondo para El Bronco: El primer político que por la vía independiente enfrentó exitoso a la partidocracia, ya en el poder destruyó tanto las alianzas políticas y empresariales que le permitieron llegar al gobierno de Nuevo León, como las expectativas de que haría la diferencia.

     

    Margarita Zavala, por el contrario, supo sortear las impugnaciones a su candidatura porque nos fue contando de las vicisitudes del proceso.

     

    Pero en su legítima apuesta por quedarse con los panistas inconformes, la abanderada cometió un error: Sumarse de manera acrítica a la fracasada campaña que el gobierno federal y el PRI emprendieron en contra de Ricardo Anaya por un pretendido caso de lavado de dinero.

     

    Esa decisión, la de dar por justa y necesaria la andanada gubernamental que incluyó el uso faccioso de la PGR, convirtió a Margarita Zavala en aliada natural del PRI. Se trata de una percepción que le ha restado impulso. Quizás tanto o más que la falta de una estructura partidista.

     

    El error de Meade fue dejarse atrapar por dicha operación contra el abanderado del Frente. Ésta no mejoró su popularidad y abonó en la idea de que Anaya era una opción opositora.

     

    Pero el equívoco mayor del presidenciable del PRI radica en haber respaldado la estrategia que dio paso a esa andanada: Pretender que las acusaciones de corrupción hacia el partido en el poder se diluirían al señalar que los demás también tenían sus expedientes en esa materia.

     

    En vez de encabezar la autocrítica a los gobernantes priistas, Meade aceptó ser parte de la defensiva, diluyendo así sus atributos y talentos, al ponerlos al servicio de una causa perdida: Justificar la impunidad.

     

    Ante la embestida gubernamental, Anaya careció de una respuesta articulada y del cobijo que debía derivarse de una coalición de tres fuerzas políticas importantes: PAN, PRD y Movimiento Ciudadano.

     

    La imposibilidad de armar un cierre de filas contundente y a tiempo fue la factura que el candidato frentista debió pagar por los varios heridos que dejó en el camino de la construcción de su candidatura.

     

    Pero el error más grave de Anaya es no haber invertido energía suficiente para cicatrizar heridas y sumar, en serio, a los gobernadores y liderazgos de su coalición.

     

    Se trata de un déficit estructural del candidato con mayores posibilidades de ser el retador del puntero: Su estilo personal que centraliza decisiones y que termina por desperdiciar apoyos y desgastar a su gente.

     

    En los cuernos de la luna, López Obrador festeja su ventaja, suma a políticos y ciudadanos de todas las filiaciones partidistas e impone la agenda de la contienda con el mejor mensaje antisistema.

     

    Pero justamente esa anticipada celebración del candidato de Morena ha prendido las señales de alarma entre el poder económico y las clases medias que habían comenzado a coquetear con su oferta de conciliación.

     

    Con una campaña divertida, emocional y de alto impacto, AMLO capitalizó el malestar ciudadano, cayendo, sin embargo, en el error de azuzar el resentimiento que igual se traduce en la satanización de un Carlos Slim, que en la soberbia colectiva de sus seguidores. 

     

    Errores. Sí, errores. Como en todo lo humano. Algunos de posible corrección. Otros, acaso imperdonables.

     

    Faltan diez semanas para saberlo.

     

    Vianney Esquinca/Retrovisor

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    ¿Por qué se fue, por qué partió?

    2018-05-20 09:46:41 | El Pionero

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    “¿Por qué se fue, por qué partió, por qué el señor nos las quitó?”, es lo que se preguntan los seguidores de la excandidata presidencial Margarita Zavala.


        

    Aunque la otrora panista dio a conocer su verdá: La inequidad en la contienda electoral la orilló a tomar esa decisión, el imaginario colectivo tuvo sus propias teorías.

     

    1. Estaba en quiebra, ya no le alcanzaba el dinero. Una campaña presidencial requiere de mucho dinero, el cual se obtiene del financiamiento público, de los propios recursos o el de los simpatizantes. Zavala renunció al dinero público para costear su campaña, así que sólo le quedaban dos opciones: Romper el cochinito o pasar la charola a sus amigos millonarios. Pero, el horno no está para bollos. ¿Realmente alguien invertiría en una candidata que sólo tiene un promedio de 3 puntos de preferencia electoral?

     

    2. Renunció antes del debate porque no quería ser una vez más la gran perdedora o la protagonista de los memes en redes sociales. En el primer debate, la exprimera dama supo que esto de la contienda electoral no era “enchílame otra”, que se requiere preparación y experiencia. En definitiva, ella no es lo que se llama una maestra de la oratoria, mostró deficiencias dialécticas que, afortunadamente y con entrenamiento, se pueden pulir.

     

    Un segundo debate, que tiene además un componente técnico, hubiera podido ser terrible para ella. Nadie la va a extrañar en el debate, y ella aplicó la de Juan Gabriel ¿pero qué necesidad? ¿Para qué tanto problema?

     

    3. Al no tener forma de ganar ni avanzar, Margarita declinaría por José Antonio Meade o Ricardo Anaya. Aunque la expanista ha dicho que no, que para nada, que eso no está en sus planes, también reconoció que en política nada está dicho y que incluso podría regresar al PAN. Así que todo puede suceder. Ya renunció a un partido, se hizo candidata independiente y dejó la contienda presidencial. Mañana puede aparecer en otra campaña política o en el concurso de señorita primavera.

     

    Pero tampoco se puede descartar que se guarde para después de las elecciones, que sus tres puntos se conviertan en un partido político o que pueda ser una voz prudente y sensata después de las elecciones, donde seguramente habrá más que un plato roto.

     

    La gran pregunta es si hizo bien Margarita en renunciar a la campaña electoral. La respuesta es sí, porque esa era la única opción de no perder la Presidencia (si no estás en la contienda, no la puedes perder); porque logró que le pasara lo que a los difuntos: Casi todos hablaron bien de ella y hasta dijeron que la extrañarían; porque, finalmente, consiguió que mucha gente se enterara que era candidata —aunque un poco tarde—; porque, por primera vez, logró ser nota de ocho columnas y sus cinco minutos de fama se extendieron a una semana completa, en la que fue tema de conversación, trendic topic en redes sociales y la candidata más deseada para obtener sus declaraciones.

     

    También porque ya no era necesario el desgaste que estaba teniendo. Más vale decir aquí corrió que aquí quedó (políticamente hablando), flaca, ojerosa, cansada y sin ilusiones y con un muy bajo capital político.

     

    ¿Hizo mal? La respuesta también es sí, porque, aunque no quiso presumir de ello, era la única mujer en la contienda presidencial; porque de plano el único independiente que queda es El Bronco y porque mostró improvisación. ¿De verdad no sabía a lo que se enfrentaría? ¿No leyó las letras chiquitas del contrato?

     

    Margarita Zavala, además, tuvo un error de cálculo. Decidió dar su anuncio en un medio de comunicación, en medio de una entrevista grupal, perdiendo la oportunidad de dar un mensaje poderoso, profundo y más (mucho más) pensado.

     

     Vianney Esquinca/La inmaculada percepción

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