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  • Contratando a Walt Disney

    2018-04-08 10:50:26 | El Pionero

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    En medio del hartazgo ciudadano, el pasado 30 de marzo requeteiniciaron las campañas electorales. Los pobres ciudadanos, que serán sometidos a una espotiza de 22.9 millones de spots durante 90 días, tenían la esperanza de que los aspirantes, en un ataque de compasión y misericordia, produjeran spots más entretenidos y menos acartonados. Algo que les hiciera más soportable la interrupción de sus programas favoritos por estos anuncios. Sin embargo, evidentemente no sucedió, lo que pinta un panorama aún más negro y deprimente.


        

    Los candidatos recurrieron a lugares comunes, incluso parece que se utilizaron las mismas casas productoras. Respecto a la forma, ninguno se arriesgó. Todos ocuparon trajes oscuros y camisas blancas. Andrés Manuel López Obrador recurrió a la corbata, mientras que Ricardo Anaya y José Antonio Meade no. Lo más destacado fue que la independiente Margarita Zavala ¡dejó a un lado el rebozo! (Aleluya, aleluya), pero decidió utilizar un traje aburrido, al igual que sus colegas.

     

    Anaya, López Obrador y Zavala coincidieron en el set de filmación. Los tres seleccionaron grabar sus spots en despachos. El panista escogió una sofisticada oficina a media luz, que perfectamente podría estar en Santa Fe o Polanco. El morenista, por su parte, repitió la fórmula de varios spots de 2012. Utilizó un lugar claro, con libros en el fondo y con una ventana que daba a un lugar boscoso (¿Los Pinos?). Zavala seguramente grabó desde su oficina particular, donde se puede ver una especie de biblioteca (yo sí leo, no como otros). Para hacerlo natural, la expanista le incluyó un toque de desorden y descuido (¿o así es todos los días?). Los tres, por cierto, ahorraron significativamente en la producción, pues su única propuesta visual es el cambio de planos de los candidatos.

     

    El único que se salió de los despachos fue Meade. En uno de sus spots parece que sale del más allá, sólo le faltó hielo seco para crear un ambiente aún más tenebroso. En los otros dos anuncios con los que inició oficialmente la campaña, el exsecretario de Hacienda sí tuvo interacción con la gente, incluso en estos primeros spots fue el único candidato que presentó más personas que a sí mismo. En uno de éstos se le observa reunido con jóvenes estudiantes a los que les habla de su vitíligo y la corrupción, pero a juicio de los encargados de la campaña de Meade, lo único que le interesa a los millennials es saber si habla inglés y si lee libros. En cuyo caso Anaya sería un candidato igualmente apto.

     

    Respecto al fondo, López Obrador fue el único candidato que tuvo no uno, no dos ni tres spots, sino ¡cinco!: los de Morena y los de Zavala y Anaya, que lo mencionaron como el candidato a vencer. Publicidad gratis que habrá que ver si luego no quieren contabilizarlos ante el INE.

     

    Meade abanderó el tema de la corrupción y Zavala, el de seguridad. Anaya prefirió irse por la tecnología, mientras que López Obrador decidió recordar que a) no pagaría la pensión de los expresidentes, b) que vendería el avión presidencial que no tiene ni Donald Trump y c) que él no era chavista ni trumpista, pero sí juarista, maderista y cardenista. Es decir, nada que no hubieran dicho antes los candidatos.

     

    Después de ver los primeros spots, se solicita, se urge, se requiere, se suplica a todos los candidatos que, por favor, en nombre de la humanidad, le pongan más ganitas a los spots, que generen recordación, emoción, algo, lo que sea, que sean memorables. Pueden contratar a Walt Disney, Pixar, Dreamworks, Netflix o por lo menos Blim, pero hagan algo pronto.

     

     Vianney Esquinca/La inmaculada percepción

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    ¿Para qué sirven los plurinominales?

    2018-08-05 08:33:50 | El Pionero

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    A pesar de no ser muy populares, los legisladores de representación proporcional corrigen distorsiones del sistema electoral de mayoría.


        

    En México, los diputados elegidos por el principio de representación proporcional no son muy populares. Muchas personas piensan que, al ser elegidos por listas presentadas por los partidos, los diputados llamados coloquialmente “plurinominales” no representan a los electores porque, se dice, nadie vota por ellos directamente. No faltan quienes proponen su disminución drástica y hasta su desaparición.

     

    La mala opinión sobre los “plurinominales” está más cargada de prejuicios que de una comprensión realista. Primero, es falso que no representen a los ciudadanos, ya que su elección depende de que obtengan una votación popular suficiente, al igual que los diputados elegidos por otras vías. Segundo, el método de representación proporcional es tanto o más democrático como el método de mayoría. Tan es así, que la mayor parte de los países de Europa (la región democrática por excelencia), así como de los países de América Latina, se rige por el sistema electoral proporcional. En realidad, el sistema de mayoría relativa (en inglés se le conoce como plurality vote) es característico de los países anglosajones y de los que forman o formaron parte de la Commonwealth británica (destacadamente, Estados Unidos, Canadá, Australia e India).

     

    Los sistemas electorales de mayoría tienen el propósito de dar a los parlamentarios un vínculo de representación más visible con la población de una determinada demarcación territorial (distrito). Pero tienen dos efectos colaterales que suelen distorsionar la representación política: en cada distrito electoral, el que gana se lleva todo, aun cuando la votación puede estar muy dividida; y en el conjunto de distritos se produce una sobrerrepresentación del partido que obtenga mayor votación, ya que casi siempre el porcentaje de escaños obtenidos es más grande que su porcentaje de votación. En los sistemas mayoritarios es frecuente que un partido que reciba, por ejemplo, 40 por ciento de los votos, gane 60 por ciento o más de los escaños, y que algunos partidos con 10 por ciento o 15 por ciento de los sufragios no ganen prácticamente nada. El sistema mayoritario facilita la formación de mayorías parlamentarias sobrerrepresentadas y excluye a las minorías.

     

    El sistema proporcional busca representar equitativamente a las diversas opciones políticas que conviven en la sociedad. El porcentaje de votos se traduce en proporción semejante de escaños. La mayoría y las minorías quedan representadas en el Legislativo según su peso electoral. El inconveniente de este sistema es que la representación es menos personal que el que, teóricamente, propicia el sistema mayoritario. Como los electores votan por listas de candidatos, pueden no conocer a todos los que resultarán electos. En el fondo, la elección por listas de representación proporcional implica un voto más por el partido y su programa que por las personas en cuanto tales, y en esa medida, tiende a fortalecer al sistema de partidos, pilar indispensable de las democracias modernas.

     

    Con el afán de combinar lo mejor de ambos métodos de elección, algunos países han adoptado el sistema electoral mixto: una parte de los representantes se elige en distritos de mayoría y otra por listas de representación proporcional. Con esa combinación se corrigen o se atenúan los inconvenientes de uno y otro métodos de traducción de votos en escaños. El modelo electoral mixto, nacido en la Alemania Federal de la posguerra, en las últimas décadas se ha extendido a unos pocos países: México, Italia, Nueva Zelanda, Rusia y Bolivia, entre otros.

     

    Afortunadamente, México posee un sistema electoral mixto, tanto en las cámaras del Congreso de la Unión como en los congresos locales. Gracias a ello, la presencia de los partidos en las cámaras tiene cierta correspondencia con los respectivos porcentajes de votación. Podemos ilustrar el efecto compensador de la representación proporcional, según los resultados de las elecciones de diputados federales de 2012, 2015 y 2018. Veamos en cada caso la votación y la representación del partido ganador. En 2012, el PRI obtuvo 33.6% de los votos y un total de 207 diputados, 41.4% de los 500 escaños en la Cámara. Suponiendo que no existieran los diputados plurinominales, con esa misma votación el PRI habría obtenido 158 escaños de mayoría, equivalentes a 52.7% de las 300 diputaciones elegidas por ese principio. ¡Mayoría absoluta en la Cámara, con la tercera parte de los votos populares! En 2015, otra vez el PRI fue el partido más votado. Con 32.6% de los votos, obtuvo en total 203 escaños, 40.6% de 500; si no hubiese habido plurinominales, los 155 distritos de mayoría relativa que ganó le habrían dado el 51.7% de la Cámara.

     

    En 2018, los efectos de la combinación de mayoría relativa y representación proporcional fueron algo diferentes. La coalición de Morena, PT y PES, con 43.5% de los votos, ganó 218 escaños de mayoría y un total de 307 diputaciones, 61.4% de 500. Esto fue así porque Morena cedió al PT y al PES la mitad de las candidaturas, de las cuales 112 resultaron ganadoras (no obstante que estos dos partidos, juntos, apenas recibieron 6.3% de los votos). Evidentemente, fueron los votos de Morena los que le dieron a la coalición la mayor parte de los triunfos. Pero, al dividir entre tres partidos los escaños ganados, Morena no vio limitada su asignación de representación proporcional por el tope de 8% de sobrerrepresentación establecida en la ley. La combinación de votos y candidaturas para la coalición de Morena-PT-PES le resultó excepcionalmente favorable. Aun así, de no haber existido las diputaciones plurinominales, la sobrerrepresentación de esta coalición habría resultado aún mayor: contaría con 72% de una Cámara de 300 diputados.

     

    Puede concluirse que el sistema electoral mayoritario puro produce un efecto de distribución que distorsiona la representatividad democrática, y que el sistema mixto lo corrige o lo modera.

    Por: Jaime Rivera Velázquez/Consejero del INE

     

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