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  • Las rayas del tigre

    2018-03-13 09:41:15 | El Pionero

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    “Me quiero ir a Palenque tranquilo, si las elecciones son limpias y libres, me voy a Palenque; también si se atreven a hacer un fraude electoral, yo me voy a Palenque, y a ver quién va a amarrar al tigre, el que suelte el tigre que lo amarre, yo ya no voy a estar deteniendo a la gente luego de un fraude electoral, así de claro, yo por eso deseo con toda mi alma que las elecciones sean libres y limpias y que decida el pueblo quién será el presidente…”, dijo frente a los banqueros.


        

     Fue AMLO en la Convención Nacional que en Acapulco los banqueros del país hacen cada año. Las interpretaciones a esto fueron tales que el mismo candidato tuvo que salir a “aclarar” su speech en su cuenta de Facebook, aunque en realidad sólo escribió textual la frase que pronunció. Sin embargo, el resultado es el mismo. No fue una mala interpretación, así lo dijo.

    ¿Qué llevó a AMLO a soltar esta  declaración? No es la primera vez que se adelanta a la elección y sugiere que habrá fraude o que advierte de lo que podría pasar con el enojo social en caso de que no salga ganador de la elección. AMLO otra vez suelta a ese tigre del que, según él, no es responsable. Es AMLO, el mismo de hace seis y 12 años, adelantándose a pesar de que le faltan motivos, pues hoy es el puntero en todas la encuestas. No hay necesidad para la advertencia. O algo sabrá que nosotros no.

    ¿Por si se acorta la distancia? Durante la campaña de 2006, AMLO tuvo 31% de preferencia electoral en las encuestas contra 26% del panista Calderón y Madrazo 15%. Una semana antes de la elección, en la última encuesta, los números quedaron así: 36%, 34% y 26%, respectivamente. La historia nos  dice que Calderón ganó por 0.56%. La brecha se cerró. En 2012  pasó lo mismo. La distancia entre candidatos fue disminuyendo al paso de las campañas. Los números de la elección fueron distintos a los que auguraban las encuestas. Peña Nieto le ganó a AMLO por un margen menor a lo esperado. ¿Qué le hace creer a AMLO que este año será distinto? Seguramente sabe que así será y teme que la distancia se acorte lo suficiente como para que nuevamente el resorte del “voto útil” pueda arrebatarle la victoria.

    ¿Un calambrito? AMLO habló a los banqueros luego de Meade, a quien el auditorio recibió muy bien. Sin duda, un exsecretario de Hacienda muy apreciado por el sector de la macroeconomía. Y aunque el speech de AMLO no fue mal recibido, tampoco fue aplaudido como el de Meade. Posiblemente, tras la ronda de preguntas y respuestas, AMLO sólo quiso recordarle a los hombres del poder económico quién es él, y cuál es su peso político real y el escenario de crispación que el país  enfrenta y que a nadie conviene ignorar. ¿Amenaza, calambrito o diagnóstico. Y es que la advertencia del tigre fue lo último que les dijo.

    ¿Porque ya no hay jaula? Y es que, probablemente sí, ese tigre al que se refiere AMLO ya ande suelto. Y poco tenga ya que ver con él. El descontento social se ha vuelto su mayor combustible para el impulso de ésta y sus anteriores campañas presidenciales, pero es producto de una reacción social que no sólo ha prendido en México, si no en el mundo entero. La tendencia antisistémica se volvió global hace ya un tiempo, y no podemos estar seguros de que AMLO tenga control sobre ella en esta ocasión. Y tal vez él mismo lo tenga clarísimo. Tan claro como debe tener también que si gana la elección, el tigre no regresará voluntariamente a la jaulita, el tigre no desaparecerá, y el tigre estará hambriento de lo que sea: así sea para comerse a su antiguo domador.

    ¿El tigre ni tenía acto en la función? O tal vez, AMLO no hablaba ni para los banqueros ni para el tigre. Tal vez solamente quiso “apapachar” a los suyos tras un largo discurso frente a los que muchos de los suyos consideran enemigos. Tal vez AMLO sólo quiso recordarle a algunos de los más antiguos miembros de Morena que él no se olvidará  de su esencia. Tal vez, fue una frase condescendiente con el enojo que, para nadie es un secreto, se ha generado al interior de Morena por el reparto de candidaturas y el equipo de proximidad. Para todos los fieles que no soportan la idea de Cuauhtémoc Blanco, Gabriela Cuevas, Germán Martínez, etc. Tal vez el único tigre al que se refería es al que ruge y enseña garras y colmillos al interior de sus propias filas.

    Tal vez, su razón sea alguna de éstas o la mezcla de todas hipótesis anteriores. Mientras AMLO triunfó en lo suyo: en poner la agenda mediática, ahí donde no era su escenario natural.

     

    Por Yuriria Sierra/Nudo gordiano

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    ¿Votos cruzados? (O sálvese quien pueda)

    2018-05-26 17:30:39 | El Pionero

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    Con las experiencias de los años 2000, 2006 y 2012, PRI, PAN, PRD y sus aliados le apostaron a fórmulas probadas: pactos electorales y operaciones partidistas. Ésa será nuestra ventaja, solían decir: tenemos estructura, trabajo territorial y votos cruzados.


        

    Pero a cinco semanas del desenlace, esas apuestas partidistas suenan rebasadas por la ola anímica a favor de Andrés Manuel López Obrador.

     

    Porque más allá de la fidelidad de las encuestas, el candidato de Morena consiguió construir un clima de triunfo.

     

    Y ese ánimo de victoria logró su mejor momento después del debate del domingo.

     

    Como bien lo había reconocido Lorenzo Meyer, una de las escasas voces críticas de los intelectuales afines a Morena, su candidato les quedó a deber en el primer debate.

     

    Entonces, según diversos balances, Ricardo Anaya, del Frente PAN-PRD-MC, mostró sus ventajas escénicas.

     

    De manera que, cuando este domingo, AMLO asignó al frentista una celebrada etiqueta —“Ricky Riquín Canayín”— y actuó su temor de perder la cartera, ofreció a sus seguidores la esperada revancha.

     

    Lo sucedido, a partir de entonces, en términos de comunicación, tanto en redes sociales como en el cotidiano wasapeo de memes, nos remitía, a las clásicas y viejas premisas de la guerra.

     

    Inevitable no recordar el clásico De la guerra, de Carl von Clausewitz al describir que el mejor general es aquel que infunde en su ejército la certeza de la victoria.

     

    ¿Pueden competir, Anaya y José Antonio Meade, en los 34 días que le restan a la contienda, con ese ánimo de triunfo que parece cobijar, a nivel local, a los candidatos a gobernador, alcaldes, senadores y diputados más mediocres e incluso, con antecedentes corruptos?

     

    Y es que, al cierre de la competencia, el diagnóstico del voto del odio comienza a ser sepultado por el ánimo ganador, el ambiente de pitorreo hacia los candidatos, supuestamente, derrotados de antemano.

     

    ¿Voto de castigo? Pero si López Obrador ya aclaró que con su gobierno habrá borrón y cuenta nueva y, a diferencia de otros tiempos, ahora se toma el cuidado cotidiano de elogiar la promesa del presidente Peña de que se respetará el resultado.

     

    Nadie entre sus colaboradores contradice esa confianza del candidato hacia el gobierno. Pero, al mismo tiempo, nadie duda de su advertencia cuando señala que “la mafia del poder” puede intentar un fraude.

     

    A estas alturas, tampoco hay reclamos a la falta de consistencia de quien promete que el suyo será el triunfo del pueblo.

     

    Así, esta semana, en su deliberada tarea por convencer a los empresarios de que su gobierno no sería un peligro para sus inversiones, el candidato se negó a dar por vigente la promesa de cancelar la Reforma Energética, una bandera que en 2008 y en 2013 le permitió activar protestas contra el gobierno.

     

    Ante ese líder político capaz de desactivar el voto del odio y antigubernamental para dar paso a la idea del pueblo triunfador, sus competidores pierden margen de maniobra para diseñar alternativas anímicamente poderosas.

     

    ¿Puede hacerlo la estrategia de contraste del candidato Meade, centrada hoy en los presuntos delincuentes que desde ya habrían sido perdonados por AMLO?

     

    Parece remoto que el abanderado del PRI, heredero de la tecnocracia que se inició con el sexenio de Carlos Salinas, pueda convencer a los indecisos de que Nestora Salgado y Napoléon Gómez Urrutia son delincuentes, y no víctimas del pueblo agraviado, como López Obrador los presenta.

     

    El discurso oficial priista, sin embargo, sigue apostándole a la llamada maquinaria electoral, a la operación de tierra. No obstante, hasta ahora, el PRI se encuentra rezagado en las nueve elecciones para gobernador.

     

    Hay quienes desde el gobierno federal hablan todavía de la posibilidad de que Meade sea salvado por el milagroso “voto cruzado” que operarían, explican, algunos gobernadores del PAN y del PRD que, así, le darían la espalda al candidato del Frente.

     

    Se trata de una quimera, en un momento en el que esos gobernadores tienen problemas para retener el apoyo hacia sus candidatos locales, como es el caso de Veracruz y Puebla, donde la ola obradorista ha comenzado a poner en riesgo a los probados operadores electorales de 2016.

     

    Nos referimos al gobernador Miguel Ángel Yunes y al exgobernador Rafael Moreno Valle, quienes ahora saben que ya no es viable el “voto cruzado” a favor de Miguel Yunes hijo y de su esposa Martha Erika Alonso, respectivamente, sin importar el resultado presidencial.

     

    La nueva estrategia de Ricardo Anaya, focalizada en recuperar la paz, sólo tendría futuro si los portadores del logo del Frente asumieran que son parte de éste y se despojaran de la ilusión del voto cruzado, que no es más que un “sálvese quien pueda”.

     

    ¿Pueden los panistas, perredistas y emecistas revertir todavía la falta de cohesión en torno a su presidenciable, a quien algunos liderazgos y mandatarios estatales pensaban dejar morir solo?

     

    López Obrador ha cambiado las reglas del juego: o están con él o se hunden.

     

    Y, ante ese desafío, cruzar los votos es como hacer chonguitos.

     

    Ivonne Melgar/Retrovisor

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