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  • Daños colaterales

    2018-02-18 20:15:19 | El Pionero

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    Para muchos, las elecciones se convierten en una guerra entre partidos y candidatos en las que todo se vale, y como en toda guerra, también existen daños colaterales.


        

    Una consecuencia de las elecciones es la desbandada de funcionarios públicos y legisladores que deciden abandonar sus lugares de trabajo en busca de otra chamba, ya sea en algún órgano legislativo o para robustecer la campaña de sus candidatos. Esto es lo que realmente importa, ¿gobernar?, ¿mantener una administración a flote?, eso pasa a segundo término.

     

    El abandono de sus funciones no es el único impacto de las elecciones. En estos meses los poderes Ejecutivo y Legislativo se paralizan. Quienes llegan a sustituir a sus jefes en la administración pública tienen la encomienda de cerrar el changarro de la mejor manera, de preparar los libros blancos y negros, de no dejar cabos sueltos por si llega un partido de la oposición al gobierno. La instrucción es nadar de muertito y cuidar que nada explote. Los últimos meses no son para innovar ni para gobernar.

     

    En las Cámaras de Senadores y Diputados toda decisión tiene un cálculo político. Como las verdaderas figuras ya tienen algún espacio en las listas plurinominales y los acuerdos se dan en las cúpulas de los partidos, realmente no hay ningún esfuerzo para sacar las iniciativas de la congeladora, a menos, por supuesto, que convenga a los fines electorales.

     

    Lo peor es que a la mayoría de los políticos que dejan sus cargos no se le podrá recompensar o castigar por sus acciones porque los partidos los premiaron con alguna posición plurinominal. ¿Qué pasaría si el jefe de Gobierno de la Ciudad de México, Miguel Ángel Mancera, o el exgobernador de Puebla, Rafael Moreno Valle, tuvieran que enfrentarse a las urnas?, ¿que tuvieran que hacer campaña para que la gente votara por ellos directamente?, ¿realmente ganarían? Eso no se sabrá porque hoy ocupan los primeros lugares en la lista plurinominal del PAN.

     

    Dirán que es un derecho político que una decida seguir una carrera política; que la ley los obliga a renunciar y nada pueden hacer; “que la gente se lo pidió” o “porque quieren seguir sirviendo a la gente desde otra trinchera”, el pretexto es lo de menos. Lo que es un hecho es que hasta quienes en su momento criticaron a quienes abandonaban sus puestos, como Jaime Rodríguez, El Bronco, han sucumbido a esta necesidad de seguir teniendo poder.

     

    Otro daño colateral que se presenta en todos los procesos electorales es que los partidos políticos y los candidatos utilizan el sistema judicial como una herramienta de ataque. A la menor provocación acuden a la Procuraduría General de la República o a las Procuradurías y Fiscalías locales para denunciar las atrocidades de los candidatos contrarios. Exigen, piden, demandan que a la brevedad se investigue “el enriquecimiento ilícito”, “su relación con el crimen organizado” o algún acto de corrupción recientemente encontrado.

     

    Si de por sí los ministerios públicos están llenos de denuncias y demandas a las que no pueden darles seguimiento, en estas épocas se vuelve ridículamente inmanejable el trabajo que llega. Por supuesto, a los políticos no les interesa esto, el efecto mediático de culpar a los opositores es algo a lo que no renunciarán. Aunque después no le den ningún seguimiento y ni siquiera ratifiquen sus demandas.

     

    Así pues, en las elecciones, además del descomunal gasto que implican las campañas, la espotiza y promesas de siempre a la que son sometidos los ciudadanos y la basura electoral que aparece, existen daños colaterales igualmente graves.

     

    Por Vianey Esquinca/La inmaculada percepción

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    ¿Votos cruzados? (O sálvese quien pueda)

    2018-05-26 17:30:39 | El Pionero

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    Con las experiencias de los años 2000, 2006 y 2012, PRI, PAN, PRD y sus aliados le apostaron a fórmulas probadas: pactos electorales y operaciones partidistas. Ésa será nuestra ventaja, solían decir: tenemos estructura, trabajo territorial y votos cruzados.


        

    Pero a cinco semanas del desenlace, esas apuestas partidistas suenan rebasadas por la ola anímica a favor de Andrés Manuel López Obrador.

     

    Porque más allá de la fidelidad de las encuestas, el candidato de Morena consiguió construir un clima de triunfo.

     

    Y ese ánimo de victoria logró su mejor momento después del debate del domingo.

     

    Como bien lo había reconocido Lorenzo Meyer, una de las escasas voces críticas de los intelectuales afines a Morena, su candidato les quedó a deber en el primer debate.

     

    Entonces, según diversos balances, Ricardo Anaya, del Frente PAN-PRD-MC, mostró sus ventajas escénicas.

     

    De manera que, cuando este domingo, AMLO asignó al frentista una celebrada etiqueta —“Ricky Riquín Canayín”— y actuó su temor de perder la cartera, ofreció a sus seguidores la esperada revancha.

     

    Lo sucedido, a partir de entonces, en términos de comunicación, tanto en redes sociales como en el cotidiano wasapeo de memes, nos remitía, a las clásicas y viejas premisas de la guerra.

     

    Inevitable no recordar el clásico De la guerra, de Carl von Clausewitz al describir que el mejor general es aquel que infunde en su ejército la certeza de la victoria.

     

    ¿Pueden competir, Anaya y José Antonio Meade, en los 34 días que le restan a la contienda, con ese ánimo de triunfo que parece cobijar, a nivel local, a los candidatos a gobernador, alcaldes, senadores y diputados más mediocres e incluso, con antecedentes corruptos?

     

    Y es que, al cierre de la competencia, el diagnóstico del voto del odio comienza a ser sepultado por el ánimo ganador, el ambiente de pitorreo hacia los candidatos, supuestamente, derrotados de antemano.

     

    ¿Voto de castigo? Pero si López Obrador ya aclaró que con su gobierno habrá borrón y cuenta nueva y, a diferencia de otros tiempos, ahora se toma el cuidado cotidiano de elogiar la promesa del presidente Peña de que se respetará el resultado.

     

    Nadie entre sus colaboradores contradice esa confianza del candidato hacia el gobierno. Pero, al mismo tiempo, nadie duda de su advertencia cuando señala que “la mafia del poder” puede intentar un fraude.

     

    A estas alturas, tampoco hay reclamos a la falta de consistencia de quien promete que el suyo será el triunfo del pueblo.

     

    Así, esta semana, en su deliberada tarea por convencer a los empresarios de que su gobierno no sería un peligro para sus inversiones, el candidato se negó a dar por vigente la promesa de cancelar la Reforma Energética, una bandera que en 2008 y en 2013 le permitió activar protestas contra el gobierno.

     

    Ante ese líder político capaz de desactivar el voto del odio y antigubernamental para dar paso a la idea del pueblo triunfador, sus competidores pierden margen de maniobra para diseñar alternativas anímicamente poderosas.

     

    ¿Puede hacerlo la estrategia de contraste del candidato Meade, centrada hoy en los presuntos delincuentes que desde ya habrían sido perdonados por AMLO?

     

    Parece remoto que el abanderado del PRI, heredero de la tecnocracia que se inició con el sexenio de Carlos Salinas, pueda convencer a los indecisos de que Nestora Salgado y Napoléon Gómez Urrutia son delincuentes, y no víctimas del pueblo agraviado, como López Obrador los presenta.

     

    El discurso oficial priista, sin embargo, sigue apostándole a la llamada maquinaria electoral, a la operación de tierra. No obstante, hasta ahora, el PRI se encuentra rezagado en las nueve elecciones para gobernador.

     

    Hay quienes desde el gobierno federal hablan todavía de la posibilidad de que Meade sea salvado por el milagroso “voto cruzado” que operarían, explican, algunos gobernadores del PAN y del PRD que, así, le darían la espalda al candidato del Frente.

     

    Se trata de una quimera, en un momento en el que esos gobernadores tienen problemas para retener el apoyo hacia sus candidatos locales, como es el caso de Veracruz y Puebla, donde la ola obradorista ha comenzado a poner en riesgo a los probados operadores electorales de 2016.

     

    Nos referimos al gobernador Miguel Ángel Yunes y al exgobernador Rafael Moreno Valle, quienes ahora saben que ya no es viable el “voto cruzado” a favor de Miguel Yunes hijo y de su esposa Martha Erika Alonso, respectivamente, sin importar el resultado presidencial.

     

    La nueva estrategia de Ricardo Anaya, focalizada en recuperar la paz, sólo tendría futuro si los portadores del logo del Frente asumieran que son parte de éste y se despojaran de la ilusión del voto cruzado, que no es más que un “sálvese quien pueda”.

     

    ¿Pueden los panistas, perredistas y emecistas revertir todavía la falta de cohesión en torno a su presidenciable, a quien algunos liderazgos y mandatarios estatales pensaban dejar morir solo?

     

    López Obrador ha cambiado las reglas del juego: o están con él o se hunden.

     

    Y, ante ese desafío, cruzar los votos es como hacer chonguitos.

     

    Ivonne Melgar/Retrovisor

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