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  • Y tú, ¿por quién vas a votar?

    2018-02-04 21:09:02 | El Pionero

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    Empieza un debate sobre lo bueno y lo malo que tiene cada candidato y por qué se debe votar o no por los susodichos.


        

    Aún ni siquiera inician las campañas y dos preguntas atormentan a las mentes de los ciudadanos mexicanos, invaden las sobremesas, se cuelan en las comidas familiares o de amigos: “¿Por quién vas a votar?” y/o “¿por quién debo votar?”. En la mayoría de los casos, la respuesta a esas preguntas es un inmediato silencio, seguido por una cara de pesadumbre.

     

    “No hay por quién votar” es la respuesta más recurrente. Incluso, los que medianamente tienen una idea de por quién votarán prefieren no revelar sus pensamientos para no recibir una tunda ideológica por parte de sus interlocutores. Entonces, empieza un debate sobre lo bueno y lo malo que tiene cada candidato y por qué se debe votar o no por los susodichos.

     

    En todos los casos, prácticamente los argumentos son los mismos, lo que demostraría que, al menos de arranque, los suspirantes tendrán que luchar con ideas preconcebidas sobre ellos.

         ¿Por qué no votar por José Antonio Meade? Porque no importa que él no tenga escándalos, al final del día representa al partido asociado con la corrupción, cuyos miembros actúan como una camarilla que se aprovecha reiteradamente del poder. Porque cuando ha podido deslindarse del PRI, partido del que dice no militar, justifica sus acciones, lo cual no tiene por qué ser distinto después.  Votar por él es no tener memoria histórica. ¿Por qué sí? No tiene escándalos de corrupción que se le puedan atribuir a él, es el candidato más experimentado de todos y no se ve una mala persona.

     

    ¿Por qué no votar por Andrés Manuel López Obrador? Porque su pragmatismo llega a ser ofensivo. Ha dicho que en Morena prevalecerá la honestidad, pero arropa a los personajes más cuestionados e incluso acusados de corrupción. Una palabra suya basta para sanar el alma de estos personajes y su dudoso pasado. Además, seguramente le abrirá la puerta a Rusia y/o Venezuela y/o Norcorea. López Obrador sigue siendo un peligro para México.

     

    ¿Por qué sí? Porque cuando gobernó el Distrito Federal no convirtió a la Ciudad en Caracas ni adoptó el socialismo como doctrina; porque ya es hora de darle una oportunidad después de tantos años de intentarlo; porque es el más honesto y austero, no se ha enriquecido y representa a los pobres.

     

    ¿Por qué no votar por Ricardo Anaya? Porque es un perfecto desconocido y lo que se sabe de él es que es capaz de traicionar hasta sus más cercanos para subir en el poder; porque del PRD, PAN y Movimiento Ciudadano no se hace uno. Es exagerado que quieran explotarle sus atributos musicales-lingüísticos, ni que estuviera compitiendo en un concurso de talento. Al igual que todos, se ha enriquecido. Es PAN con lo mismo

     

    ¿Por qué sí? Porque tiene cara de niño bueno que no rompe un plato, porque con todo y todo, logró unir el agua y el aceite, y porque hay que darle oportunidad a las nuevas generaciones de políticos, para ver si no salen tan mal como los actuales dinosaurios.

     

    ¿Y los independientes? Los dos más posibles: Jaime Rodríguez, El Bronco, es un priista disfrazado de independiente; es un bocón y fue una gran desilusión como gobernador de Nuevo León. Aunque es un candidato muy atractivo para la gente. Margarita Zavala, ¿por qué no? Porque no tiene ninguna experiencia administrativa y es la continuidad de la administración del expresidente Felipe Calderón, ¿por qué sí? Por que es mujer y no tiene ningún escándalo de corrupción.

     

    Faltan muchos meses para que los aspirantes presidenciales puedan convencer al electorado. Hoy por hoy, hay un ambiente de desconsuelo y desánimo generalizado, porque saben que, lamentablemente, uno de esos va a ganar.

     

     

    Vianey Esquinca/La inmaculada percepción

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    Daños colaterales

    2018-02-18 20:15:19 | El Pionero

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    Para muchos, las elecciones se convierten en una guerra entre partidos y candidatos en las que todo se vale, y como en toda guerra, también existen daños colaterales.


        

    Una consecuencia de las elecciones es la desbandada de funcionarios públicos y legisladores que deciden abandonar sus lugares de trabajo en busca de otra chamba, ya sea en algún órgano legislativo o para robustecer la campaña de sus candidatos. Esto es lo que realmente importa, ¿gobernar?, ¿mantener una administración a flote?, eso pasa a segundo término.

     

    El abandono de sus funciones no es el único impacto de las elecciones. En estos meses los poderes Ejecutivo y Legislativo se paralizan. Quienes llegan a sustituir a sus jefes en la administración pública tienen la encomienda de cerrar el changarro de la mejor manera, de preparar los libros blancos y negros, de no dejar cabos sueltos por si llega un partido de la oposición al gobierno. La instrucción es nadar de muertito y cuidar que nada explote. Los últimos meses no son para innovar ni para gobernar.

     

    En las Cámaras de Senadores y Diputados toda decisión tiene un cálculo político. Como las verdaderas figuras ya tienen algún espacio en las listas plurinominales y los acuerdos se dan en las cúpulas de los partidos, realmente no hay ningún esfuerzo para sacar las iniciativas de la congeladora, a menos, por supuesto, que convenga a los fines electorales.

     

    Lo peor es que a la mayoría de los políticos que dejan sus cargos no se le podrá recompensar o castigar por sus acciones porque los partidos los premiaron con alguna posición plurinominal. ¿Qué pasaría si el jefe de Gobierno de la Ciudad de México, Miguel Ángel Mancera, o el exgobernador de Puebla, Rafael Moreno Valle, tuvieran que enfrentarse a las urnas?, ¿que tuvieran que hacer campaña para que la gente votara por ellos directamente?, ¿realmente ganarían? Eso no se sabrá porque hoy ocupan los primeros lugares en la lista plurinominal del PAN.

     

    Dirán que es un derecho político que una decida seguir una carrera política; que la ley los obliga a renunciar y nada pueden hacer; “que la gente se lo pidió” o “porque quieren seguir sirviendo a la gente desde otra trinchera”, el pretexto es lo de menos. Lo que es un hecho es que hasta quienes en su momento criticaron a quienes abandonaban sus puestos, como Jaime Rodríguez, El Bronco, han sucumbido a esta necesidad de seguir teniendo poder.

     

    Otro daño colateral que se presenta en todos los procesos electorales es que los partidos políticos y los candidatos utilizan el sistema judicial como una herramienta de ataque. A la menor provocación acuden a la Procuraduría General de la República o a las Procuradurías y Fiscalías locales para denunciar las atrocidades de los candidatos contrarios. Exigen, piden, demandan que a la brevedad se investigue “el enriquecimiento ilícito”, “su relación con el crimen organizado” o algún acto de corrupción recientemente encontrado.

     

    Si de por sí los ministerios públicos están llenos de denuncias y demandas a las que no pueden darles seguimiento, en estas épocas se vuelve ridículamente inmanejable el trabajo que llega. Por supuesto, a los políticos no les interesa esto, el efecto mediático de culpar a los opositores es algo a lo que no renunciarán. Aunque después no le den ningún seguimiento y ni siquiera ratifiquen sus demandas.

     

    Así pues, en las elecciones, además del descomunal gasto que implican las campañas, la espotiza y promesas de siempre a la que son sometidos los ciudadanos y la basura electoral que aparece, existen daños colaterales igualmente graves.

     

    Por Vianey Esquinca/La inmaculada percepción

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