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  • Un pinche chilango

    2017-09-24 09:51:46 | El Pionero

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    La Ciudad de México no es mi ciudad. Primero por razones académicas y luego estrictamente económicas, he vivido de arrimado a ella los más recientes 43 años y algunos meses más.


        

    México, Distrito Federal  —no la marca CDMX—,  ha sido generoso conmigo. Me ha dado carrera, empleos, mujer, dos hijas, un yerno, una nieta y un nieto; amigos, compañeros y también malquerientes.

     

    Maestra insustituible, me ha enseñado la vida. Con ella, el gozo y la tristeza; el amor y el desamor; el placer y el dolor; el éxito y el fracaso; lágrimas y risas, como en los cuentos de Yolanda Vargas Dulché.

     

    He aprendido que la fe se llama Guadalupe, madre en el Tepeyac, y Judas Tadeo en pleno Paseo de la Reforma o en un vagón del Metro; que los milagros ocurren en cualquier esquina donde una imagen religiosa impide la formación de un basurero.

     

    Sí, aquí también aprendí que hay quesadillas que no son necesariamente de queso y que las hay de un manjar llamado chicharrón prensado; que las canastas de los tacos se envuelven en hules azules o no son de canasta; que con los bolillos se hacen tortas cubanas que no se conocen en Cuba, que las hay de chilaquiles y también de tamal, llamadas guajolotas; que el atole es de sabores y que ningún taco, sobre todo si es de pastor, a nadie se le niega.

     

    Que hay peseros que no cobran un peso; que micro no es diminuto, sino un armatoste para transportarse. Más de la mitad de sus taxistas, de sus taqueros y de los que practican otros oficios nos chingamos una rodilla, patrón, lo que nos impidió culminar una brillantísima carrera futbolística, que qué Hugo, Chicharito, bueno ni siquiera Cristiano Ronaldo o Messi... que ese mismo taxista puede ser el mejor médico que jamás te vaya a atender.

     

    La habitamos seres extraños, quizás locos. Quizás es una herencia o quizás homenaje inconsciente a sus fundadores, un chingo de indios (verdes, algunos de ellos) que eran bien chingones, según el idioma original, quienes hace ya un chingo de años decidieron buscar y perseguir a un águila,  pero no cualquier águila, sino  una que devoraba una serpiente y que lo hiciera, requisito indispensable, sobre un nopal para fundar su ciudad. Y la encontraron. Por eso hubo que construir rascacielos sobre un lago y así se hizo.

     

    Una ciudad que tiene un desierto que no es desierto ni tiene leones y que tiene un parque de los venados donde no hay venados, y un niño perdido que nunca ha sido encontrado. Y cuyos máximos superhéroes tienen cuatro patas y ladran.

     

    Aquí he sobrevivido a dos terremotos, muchos temblores y a la contaminación; a las inundaciones, ahora llamados “encharcamientos”; a la falta de agua; a las banquetas ocupadas por comerciantes, a los truenos de todas las madrugadas de los cohetes para celebrar a toda capilla que se respete; al agobiante tránsito y al pésimo transporte público; a la corrupción y a los malos gobiernos del PRI, del PRD y su desprendimiento Morena, del PAN y de todos los demás; a la gandallez y a la delincuencia.

     

    Además, aquí juegan los Pumas.

     

    Aquí puede ocurrir todo lo que no puede ocurrir ni ocurre en ninguna otra parte del mundo. Lea, una historia de tantas: La tarde del martes 19 de septiembre, el escribidor se quedó atrapado en su auto sobre la Calzada de Tlalpan. Por el espejo retrovisor vio venir a una runfla de motociclistas, enchamarrados de negro,  quizá con cara de piratas modernos bajo el casco, a la hora que las redes sociales decían que ésos u otros iguales se dedicaban a asaltar sobre esa calzada y en Santa Fe, aprovechando el congestionamiento provocado por el terremoto.

     

    Precavido, como los demás automovilistas, me hice como pude (ya estamos entrenados) a un lado: pasaron más motociclistas y atrás de ellos un convoy del Ejército, con militares armados, los mismos que otros días combaten al crimen organizado o desfilan para celebrar la Independencia, y junto con ellos, en los mismos vehículos, chavos armados con picos, palas o sólo sus manos,  rumbo a rescatar a gente que ni conocían ni conocerán. Que el hecho puede tener infinitas explicaciones, justificaciones e interpretaciones, sin duda, y la suya es la que valdrá para usted, pero es imposible que ocurra en la mayoría de los países latinoamericanos, y acá, sí.

     

    La de México es la ciudad de la fe, la esperanza y la caridad...  porque también hay taxistas que saben de las virtudes teologales.  Es la ciudad de la solidaridad plena, etérea y eterna, instantánea y también momentánea. No es mi ciudad, apenas soy su entenado, pero hoy más que nunca es mi orgullo creer que soy “un pinche chilango”.

     

    Gerardo Galarza/La estaciòn

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    ¿Cuál quieres escuchar primero?

    2018-07-15 11:07:43 | El Pionero

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    El miércoles 11 de julio, el virtual presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, sostuvo una reunión con quienes serán los legisladores federales en el próximo Congreso. Ahí les leyó la cartilla y les planteó la docena de reformas de ley que, respetuosamente a fuerzas, deberán discutir y en su caso aprobar. Esto se suma a las propuestas que había venido haciendo después de ganar la elección.


        

    Pero como suele pasar, todas las medidas que cambian el statu quo implican noticias buenas y malas. ¿Cuál quiere escuchar primero el amable lector?

     

    La buena: Dentro de su plan de austeridad, ningún funcionario de los tres Poderes de la Unión podrá ganar más de lo que percibe el Presidente de la República, esto es alrededor de 260 mil pesos mensuales. La mala: Es muy probable que los mejores cuadros del gobierno, al no ver ningún incentivo de trabajar de lunes a domingo, sin horarios específicos de entrada y de salida y con enormes responsabilidades, se vayan a la iniciativa privada donde, seguramente, ganarán muchos más. Los que se queden, o saben que tendrán un hueso o podrían buscar “complementos” de su sueldo en otros lados. La peor: Difícilmente, aceptarán bajarse el sueldo los jueces o ministros, por lo que se vendría una lluvia de amparos. El problema no debería haber sido el sueldo, sino la forma en que lo devengaban.

     

    La buena: Se reducirá la burocracia, eliminándose subsecretarías, direcciones, delegaciones en los estados y otros organismos. La mala: Se quedarán sin empleo cientos de personas.

     

    La buena: Habrá una descentralización de las dependencias del gobierno federal, lo que garantiza atención en distintas zonas del país. La mala: ¿Qué culpa tienen las familias de los funcionarios y trabajadores que van a tener que cambiarse? O las propias ciudades como Mérida, Chetumal, Ciudad del Carmen o León, por mencionar algunas, que verán trastocada su propia tranquilidad, ¿van a darle apoyo a todas las familias que se van a cambiar?, ¿de dónde saldrán los recursos? 

     

    La buena: Se va aumentar el salario mínimo. La mala: Sólo en la zona fronteriza del norte del país.

     

    La buena: Le quitará la pensión a los expresidentes. La mala: No se ha hablado de los pequeños ejércitos que cuidan no sólo a los expresidentes, sino también a toda su familia, ni tampoco en la reducción del personal de apoyo administrativo que también es pagado con dinero público.

     

    La buena: Se discutirán a conciencia los 10 decretos de reserva de agua que firmó el presidente Enrique Peña Nieto. La mala: López Obrador ya los calificó a priori como “privatización del agua”, aun cuando organizaciones sociales, académicos y expertos señalaron que no se privatizaba, sino al contrario, se protegía.

     

    La buena: Se establecerá el mecanismo de consulta para la revocación del mandato y se eliminarán trabas en los referéndum populares. La mala: ¿Se pondrá a referéndum los derechos ya ganados?, ¿se utilizará la democracia participativa sólo en casos que le convenga al gobierno?

     

    Hay otras medidas que son buenas sin ningún pero, como la eliminación del fuero para todos los funcionarios, incluyendo al Presidente de la República. Al fin se acabará la impunidad. Hay también otras malas que no tienen nada bueno, como es la modificación o revocación de leyes de la Reforma Educativa.

     

    Habrá quien diga que para resolver los grandes males del país, tiene que haber grandes sacrificios, pero habría que cuidar que los sacrificados no sean las personas que ni la deben ni la temen, y que sólo quieren hacer su trabajo en paz.

     

    Por Vianney Esquinca/La inmaculada percepción

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