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  • Otro 19 de septiembre

    2017-09-20 11:17:09 | El Pionero

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    Los jóvenes de hoy tendrán para siempre este recuerdo amargo vivo, ya no en imágenes inmóviles que forman parte de la hemeroteca.


        

    La fecha fue idéntica, 19 de septiembre. Las escenas de destrucción parecen haber sido calcadas –si bien en una dimensión menor– de las que enlutaron al país en 1985,  una experiencia que no vivieron quienes tienen menos de 30 años de edad.

     

    Pero algo sí cambió. Mucho, me atrevo a decir. Un par de horas antes del movimiento telúrico que nos hizo evocar la pesadilla del otro 19 de septiembre, los ciudadanos de la capital del país participaron en uno de los simulacros que rutinariamente se efectúan justo como parte de la conmemoración de aquella tragedia.

     

    Aunque hay, por supuesto, quienes no toman muy en serio estos ejercicios, no cabe duda que han interiorizado una cultura de la protección entre los habitantes de la Ciudad de México.

     

    Máxime cuando esta urbe no ha dejado de moverse, y en varias ocasiones hemos experimentado sismos que por momentos nos hicieron temer que el horror pudiera repetirse. Como lamentablemente ocurrió ayer.

     

    Miles de ciudadanos lograron abandonar a tiempo inmuebles que colapsaron. Aunque no faltaron las comprensibles reacciones de desesperación e histeria, la serenidad de cientos de miles de personas fue vital.

     

    El pánico pudo haber provocado estampidas en recintos cerrados o en el transporte público que habrían incrementado el peligro y, con ello, el número de víctimas. No es lo mismo controlar a un pequeño grupo de personas que a millones.  Un comportamiento ejemplar así es muestra de que una educación consistente rinde frutos, y hay que valorarlo.

     

    Otro escenario distinto al de hace tres décadas lo marca la existencia de redes sociales y de tecnologías que nos hacen permanecer en contacto instantáneamente.

     

    Cuando no estuvieron disponibles las líneas telefónicas, hubo servicios de mensajería que permitieron reportar y conocer de inmediato el estado de nuestros seres queridos. También sirvieron para dar a conocer en qué partes de la ciudad se necesitaba ayuda. Cierto, no faltaron las bromas inoportunas y las noticias falsas. Pero esta vez, la acción colectiva permitió que emergiera la información útil.

     

    Ver derrumbarse edificios casi en tiempo real gracias a la posibilidad de grabarlos en video y difundirlos urbi et orbi cambia definitivamente la percepción, incluso, de quienes atestiguamos el colapso del 85.

     

    Los jóvenes de hoy tendrán para siempre este recuerdo amargo vivo, ya no en imágenes inmóviles que forman parte de la hemeroteca. Corresponde a esta generación tomar nota de lo que lograron sus predecesoras y profundizar en la cultura de que es mejor estar unidos frente a fuerzas que escapan de nuestro control.

     

    Falta mucho para hacer el corte de caja definitivo del terremoto vivido ayer. Pero, por ahora, no quiero dejar de subrayar dos circunstancias que remiten al episodio más traumático de nuestra historia reciente.

     

    El primero es que momentos como éste hacen aflorar los rasgos más nobles del mexicano. Ya vivíamos este sentimiento de solidaridad con las víctimas de Oaxaca y Chiapas del sismo del 7 de septiembre y, como era de esperarse, se exacerbó ayer en la capital del país.

     

    Aunque el centralismo tiende a privilegiar lo que ocurre en la CDMX por sobre el resto del país, es preciso recordar que la solidaridad debe tener también bajo su manto a Morelos y Puebla, donde los estragos amenazan ser mayores.

     

    La segunda circunstancia que viene a la memoria es la emergencia de una movilización ciudadana espontánea, que rebasó al gobierno de entonces y que fue la semilla del cambio democrático que terminó con la hegemonía de un solo partido.

     

    A aquel momento se le conoció como el despertar de la sociedad civil, un concepto que a lo largo de las décadas ha estado expuesto al manoteo de cuanto demagogo dice representarla. Pero hoy conviene evocar el espíritu que desató en una sociedad harta del autoritarismo y la inmovilidad.

     

    Habrá que ver si de este trágico episodio emerge una nueva energía renovadora.

     

    Por: Pascal Beltrán del Río

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    ¿Cuál quieres escuchar primero?

    2018-07-15 11:07:43 | El Pionero

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    El miércoles 11 de julio, el virtual presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, sostuvo una reunión con quienes serán los legisladores federales en el próximo Congreso. Ahí les leyó la cartilla y les planteó la docena de reformas de ley que, respetuosamente a fuerzas, deberán discutir y en su caso aprobar. Esto se suma a las propuestas que había venido haciendo después de ganar la elección.


        

    Pero como suele pasar, todas las medidas que cambian el statu quo implican noticias buenas y malas. ¿Cuál quiere escuchar primero el amable lector?

     

    La buena: Dentro de su plan de austeridad, ningún funcionario de los tres Poderes de la Unión podrá ganar más de lo que percibe el Presidente de la República, esto es alrededor de 260 mil pesos mensuales. La mala: Es muy probable que los mejores cuadros del gobierno, al no ver ningún incentivo de trabajar de lunes a domingo, sin horarios específicos de entrada y de salida y con enormes responsabilidades, se vayan a la iniciativa privada donde, seguramente, ganarán muchos más. Los que se queden, o saben que tendrán un hueso o podrían buscar “complementos” de su sueldo en otros lados. La peor: Difícilmente, aceptarán bajarse el sueldo los jueces o ministros, por lo que se vendría una lluvia de amparos. El problema no debería haber sido el sueldo, sino la forma en que lo devengaban.

     

    La buena: Se reducirá la burocracia, eliminándose subsecretarías, direcciones, delegaciones en los estados y otros organismos. La mala: Se quedarán sin empleo cientos de personas.

     

    La buena: Habrá una descentralización de las dependencias del gobierno federal, lo que garantiza atención en distintas zonas del país. La mala: ¿Qué culpa tienen las familias de los funcionarios y trabajadores que van a tener que cambiarse? O las propias ciudades como Mérida, Chetumal, Ciudad del Carmen o León, por mencionar algunas, que verán trastocada su propia tranquilidad, ¿van a darle apoyo a todas las familias que se van a cambiar?, ¿de dónde saldrán los recursos? 

     

    La buena: Se va aumentar el salario mínimo. La mala: Sólo en la zona fronteriza del norte del país.

     

    La buena: Le quitará la pensión a los expresidentes. La mala: No se ha hablado de los pequeños ejércitos que cuidan no sólo a los expresidentes, sino también a toda su familia, ni tampoco en la reducción del personal de apoyo administrativo que también es pagado con dinero público.

     

    La buena: Se discutirán a conciencia los 10 decretos de reserva de agua que firmó el presidente Enrique Peña Nieto. La mala: López Obrador ya los calificó a priori como “privatización del agua”, aun cuando organizaciones sociales, académicos y expertos señalaron que no se privatizaba, sino al contrario, se protegía.

     

    La buena: Se establecerá el mecanismo de consulta para la revocación del mandato y se eliminarán trabas en los referéndum populares. La mala: ¿Se pondrá a referéndum los derechos ya ganados?, ¿se utilizará la democracia participativa sólo en casos que le convenga al gobierno?

     

    Hay otras medidas que son buenas sin ningún pero, como la eliminación del fuero para todos los funcionarios, incluyendo al Presidente de la República. Al fin se acabará la impunidad. Hay también otras malas que no tienen nada bueno, como es la modificación o revocación de leyes de la Reforma Educativa.

     

    Habrá quien diga que para resolver los grandes males del país, tiene que haber grandes sacrificios, pero habría que cuidar que los sacrificados no sean las personas que ni la deben ni la temen, y que sólo quieren hacer su trabajo en paz.

     

    Por Vianney Esquinca/La inmaculada percepción

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