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  • López Obrador: encuesta y sucesión

    2017-08-23 07:00:09 | El Pionero

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    “Si no gano, me retiro; no se puede ir la vida en una candidatura”, aseguró Andrés Manuel López Obrador. La verdad, nadie se tendría que sorprender: hace seis años el ahora candidato de Morena declaró exactamente lo mismo: ‘Si no gano, dijo entonces, me voy a la Chingada’ (su rancho en Palenque).


        

    Perdió y se fue, pero del PRD, al que desde entonces ha llenado de improperios y al que ha tratado de vaciar, en agradecimiento, seguramente, por haberlo hecho dos veces candidato en Tabasco, presidente del partido, jefe de Gobierno del DF y otras dos veces candidato presidencial.

     

    Se fue y creó su propio partido, Morena, a su imagen y semejanza, al que convirtió en una fuerza realmente competitiva y a la que controla a cabalidad. Ni un infarto lo separó de la búsqueda de la candidatura presidencial durante 18 años consecutivos. Una derrota no lo separará ahora, salvo que la salud no se lo permita, de seguir buscando el poder.

     

    Pero esa visión del retiro, sea realidad o no después de julio de 2018, marca también la de la sucesión en su partido. La razón por la cual hasta ahora en todas las campañas locales las candidaturas de Morena han sido decididas exclusiva y particularmente por López Obrador tiene relación con su estilo personal de gobernar, pero también con su propia sucesión.

     

    Para López Obrador, un personaje como Ricardo Monreal es útil y aceptable como un cercano colaborador, incluso como su coordinador de campaña en 2012, pero no para que ocupe un puesto de elección popular tan importante como el de la Ciudad de México. Para eso necesita otro tipo de personajes, como Claudia Sheinbaum o Martí Batres, que más allá de sus méritos personales, que los tienen, políticamente son una extensión del propio López Obrador.

     

    Por dos razones. Primero, porque en caso de no ganar la elección del año próximo, López Obrador necesita un espacio de refugio político propio. Morena no gobierna ningún estado y el año próximo será difícil que gane alguno: su mayor apuesta, fuera de la Ciudad de México, serían su natal Tabasco, donde está muy enfrentado con el gobernador Arturo Núñez, y Chiapas, donde tiene posibilidades, pero no candidatos propios que sean competitivos. Por eso, en Chiapas, más allá de candidaturas, el control lo tiene su hermano Pío, al tiempo que en la Ciudad de México quien manda es su hijo, Andrés Manuel López Beltrán; en el Estado de México su otro hijo, José Ramón López Beltrán, controla el partido. Otro de sus hijos, Gonzalo, controla Morena en Tlaxcala. Ésa es la verdadera estructura de poder en Morena, y su hijo Andrés Manuel claramente está marcado como su sucesor.

     

    Delfina Gómez, candidata en el Edomex, o Cuitláhuac García, quien lo fue en Veracruz, son el tipo de aspirantes que quiere Andrés Manuel. Tienen un perfil bajo y eso permite que el personaje de todas las campañas sea él mismo, al tiempo que impida que crezca cualquier otro que le pueda disputar protagonismo en Morena.

     

    En ese sentido hay que insistir en que el tema de la encuesta para decidir candidato en la Ciudad de México es un ejemplo paradigmático de la forma de ejercer el poder de Andrés Manuel, dentro y fuera de Morena. La entrevista que tuvo ayer en la mañana la secretaria general de Morena, Yeidckol Polevnsky (que en realidad se llama Citlali Ibáñez Camacho, pero esa es otra historia), en Imagen no tiene desperdicio. Primero dijo que lo que busca Morena es un coordinador, no un candidato para la ciudad, cuando todos los participantes han hablado de la candidatura. Es una forma de cubrirse legalmente, pero no deja de ser, también, una simulación. Sobre la encuesta y cómo se levantó explicó que las mismas las hace “un departamento propio en el que militantes y dirigentes no tienen injerencia alguna para que no se contamine”. Y aseguró que en su partido sólo tres personas, incluyéndola, conocen al responsable de esa área; por supuesto no dio nombre de quien encabeza ese secretísimo departamento (es “un señor con conocimiento y experiencia”, dijo). Ninguna de esas tres personas que lo conocen tienen trato con él, agregó.

     

    Es ridículo, ni la KGB era tan secreta. Para empezar, obviamente ese personaje tiene que haber sido designado por López Obrador, es absurdo decir que nadie tiene trato con él (¿cómo se piden las consultas, qué se pregunta, cómo se analizan los datos?) y por sobre todas las cosas, cómo saben los propios militantes de Morena que es verdad que existe el departamento, que se hagan las encuestas y que se respeten sus resultados si no son del gusto, por ejemplo, del dirigente. ¿Qué papel tiene la militancia en el partido? En Morena todo gira, desde las encuestas secretas hasta su propia sucesión, en torno a Andrés Manuel. Y nadie tiene derecho a cuestionarlo.

     

    La respuesta de Meade

     

    Ayer José Antonio Meade contestó a la declaración de Manlio Fabio Beltrones de que el PRI tenía que “desdoblarse hacia la izquierda” en 2018. Dijo que “la decisión del PRI lo que busca es desdoblarse hacia los ciudadanos… yo soy un ciudadano, algo de desdoblamiento en consecuencia implica voltear a ver gente con el perfil adecuado”. El debate priista para la sucesión está planteado.

     

    Jorge Fernández Menéndez/Razones

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    Mar de Historias: Otra mujer

    2017-11-12 09:53:02 | El Pionero

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    on las ocho de la mañana y Esmeralda siente una pesadez abrumadora. En busca de alivio, pasa de un brazo a otro la bolsa de plástico donde lleva sus maquillajes y los zapatos de medio tacón. Se los pone siempre una cuadra antes de llegar a la tienda. Quien aspire a mantener su puesto en El Arcón de las Bellas debe cubrir tres requisitos: dejar los problemas personales en la casa, buena presencia y absoluta puntualidad. Quien no cumpla con ese reglamento está en riesgo de ser despedida.


        

    Esmeralda siente repugnancia sólo de recordar la manera en que don Genaro, mientras da vueltas por la tienda, va diciendo a sus empleadas: Sean amables, sonrían: no pueden vender cosméticos teniendo cara de fuchi. Sólo las dependientas nuevas celebran lo que consideran una broma de su jefe; las demás, con la mirada perdida, sonríen en automático.

     

    II

     

    Esmeralda sabe que jamás se atreverá a semejante desahogo. Si lo hiciera, sólo ganaría que su patrón le dijese lo que a Eva al informarle que estaba despedida: Entiendo tu tristeza, mujer. Créeme que siento mucho que tengas un hermanito enfermo y que por atenderlo se te haya hecho tarde, pero conoces las reglas. Y ¡ni una palabra más! Si me dedicara a oírlas a todas cuando tienen problemas, no me quedaría tiempo para atender mi negocio. Y entonces, ¿qué? Pues ¡adiós El Arcón de las Bellas y todo el mundo a la calle, empezando por mí! Así que no me quites más tiempo y vete a cuidar a tu enfermito.

     

    No fue todo. Cuando Eva se quitó la bata con el emblema de la tienda y se la devolvió al patrón, no pudo contener el llanto ni una última súplica. Indiferente, él la tomó por los hombros, la encaminó hacia la salida y le dijo que no exagerara, que lo ocurrido no era para tanto. Vería cómo pronto encontraba otro trabajo, siempre y cuando se dejara de lagrimitas y sonriera.

     

    III

     

    Eso mismo que le pide a ella Jorge cuando, después de maltratarla, salen a visitar a su familia o a los amigos de él. Si durante la reunión le descubre signos de tristeza o decaimiento, de regreso a la casa vuelven a lloverle las reclamaciones, los insultos, los golpes: todo lo que él prometió que jamás haría cuando la convenció de que vivieran juntos.

     

    De aquel momento a esta mañana han pasado cuatro años. A Esmeralda le parecen una eternidad, un camino larguísimo por el que ha ido dejando su optimismo, sus ilusiones y, sobre todo –lo que más le duele–, el amor. Ahora, si algo la retiene al lado de Jorge, es el miedo de que él cumpla su amenaza de vengarse –¡y ya vería de qué forma!– si ella lo abandona.

     

    Se lo advierte siempre que está borracho, en medio de brutales arranques de pasión con que quiere demostrarle que la ama, que significa todo en su vida, que por nada en el mundo la abandonaría y que nunca más –lo jura por su madre– volverá a maltratarla. En todo ese discurso hediondo y desgastado, sólo hay una verdad: él la necesita para sobrevivir, para sentirse poderoso, para tener a quien culpar de sus derrotas.

     

    Ahora que Jorge otra vez ha perdido el empleo, quién sabe por cuánto tiempo dependerá de ella económicamente. Esmeralda sabe que él le cobrará esa dependencia portándose cínico, indiferente, burlón, más violento: Si crees que porque eres una pinche empleadita me vas a humillar, ¡te equivocas! Aquí el que manda soy yo. ¡Apréndelo, pendeja!

     

    Muebles que caen, vasos que se estrellan contra el piso, súplicas, gritos, llanto, un golpe tras otro hasta que Esmeralda ya no siente ninguno, pero sabe que aún está viva y que mañana saldrá al trabajo a pesar del cansancio y la tristeza que le impiden sonreír.

     

    IV

     

    Esmeralda percibe el olor dulce que sale de la panadería. A un lado de la puerta, como es su costumbre, se detiene y mira el reloj sobre la caja registradora: llegará puntual. Apresurada, cambia las chanclas de goma por los zapatos de charol. Sólo le falta cubrir el último requisito para ser bien recibida en El Arcón de las Bellas: olvidarse del infierno en que vive y sonreír.

     

    Por: Cristina Pacheco

     

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