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  • Los que se le fueron a Trump

    2017-07-22 08:50:01 | El Pionero

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    Pocas cosas son tan sintomáticas de la debilidad institucional, como la salida de tanto personaje en poco tiempo. Todas resultado de diferencias con Donald Trump.


        

    “Ni siquiera cayó tan bajo como para usar armas químicas...”, se referían a Bashar al Assad. La declaración le dio la vuelta al mundo en segundos. Nadie lo podía creer, ¿quién había sido capaz de soltar semejante declaración? El responsable fue el entonces vocero de la Casa Blanca, Sean Spicer. Y ésta será acaso la más célebre de sus apariciones frente a la prensa, y no es que hayan sido pocas las veces que Spicer protagonizara momentos polémicos en estos escasos seis meses en que se desempeñó como vocero del Presidente de Estados Unidos. Y es que ayer renunció y no es que no haya intentado proteger la imagen de Donald Trump, de hecho, sus declaraciones frente a reporteros a veces quedaban por encima de las que hacía el mismo Presidente.

     

    Spicer es el segundo integrante del equipo cercano de Trump, nombrado por él, en renunciar. Ya antes, Michael Flynn lo había hecho. El general retirado dejó su cargo como asesor en Seguridad Nacional, después de que comenzara a tomar forma el asunto de la intervención rusa en la campaña que llevó a Trump a la Presidencia. Tenía apenas tres semanas en el cargo.

     

    Sin embargo, ellos no han sido los únicos en abandonar sus puestos dentro del gobierno de Estados Unidos. Unos días después del inicio de la “Era Trump”, cuatro diplomáticos del Departamento de Estado renunciaron como consecuencia del nombramiento de Rex Tillerson como secretario de Estado. No había pasado  una semana de la ceremonia de investidura, esa que Spicer defendió diciendo que había sido una de las más concurridas de la historia. Se trató del subsecretario de Estado de EU, Patrick Kennedy, que ya tenía nueve años en el cargo; además de la secretaria adjunta de Estado para asuntos consulares, Michele Bond; la secretaria adjunta para administración, Joyce Anne Barr, y el director de misiones extranjeras, Gentry O. Smith.

     

    James Comey es la salida más comentada, y la que puede costarle más Donald Trump. Y es que, sabemos, su dimisión como director del FBI fue orden expresa del republicano, luego de que el primero se rehusara a detener la investigación sobre la injerencia rusa en la elección. Ese mismo tema que orilló  a Flynn a abandonar su cargo a menos de un mes de iniciado el mandato del republicano.

     

    Pocas cosas son tan sintomáticas de la debilidad institucional, como la salida de tanto personaje en tan poco tiempo. Y es que todas ellas han sido resultado de diferencias con Donald Trump. A escasos seis meses del inicio de su gobierno, renuncias y dimisiones se han dado y han alimentado más esa imagen poco sostenible de un Presidente que, incluso, está en riesgo de un impeachment.

     

    Y como si faltaran más elementos para concretar esta falta de institucionalidad del gobierno de Estados Unidos, Donald Trump le dijo a The New York Times hace unos días que se arrepentía de uno de los nombramientos que hizo en su equipo en enero pasado: “Sessions nunca tendría que haber declinado —encabezar la investigación sobre los nexos con Rusia— y si iba a recusarse, me lo tendría que haber dicho antes de que asumiera el puesto y habría elegido a alguien más...”, dijo Trump sobre Jeff Sessions, el fiscal general de Estados Unidos. Sessions respondió que él seguiría trabajando para el país.

     

    A todo esto, podemos añadir también, que en estos seis meses de gobierno, que parecen años, Trump ha dicho más de 800 mentiras, según lo documentó The Washington Post: 836 declaraciones falsas o engañosas: “La declaración más repetida de Trump, pronunciada 44 veces con variaciones, ha sido la afirmación de que la Ley de Cuidado de Salud Asequible está muriendo y está ‘esencialmente muerta’. Pero la Oficina de Presupuesto del Congreso ha dicho que se espera que los precios se mantengan estables con el Obamacare en el futuro previsible...”. Y es que este tema fue una de sus más importantes promesas de campaña, que no ha logrado cumplir. Tanto caos en tan poco tiempo no es buena señal, pero tampoco es que esto nos tome por sorpresa.

     

    Yuriria Sierra/Nudo gordiano

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    Daños colaterales

    2018-02-18 20:15:19 | El Pionero

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    Para muchos, las elecciones se convierten en una guerra entre partidos y candidatos en las que todo se vale, y como en toda guerra, también existen daños colaterales.


        

    Una consecuencia de las elecciones es la desbandada de funcionarios públicos y legisladores que deciden abandonar sus lugares de trabajo en busca de otra chamba, ya sea en algún órgano legislativo o para robustecer la campaña de sus candidatos. Esto es lo que realmente importa, ¿gobernar?, ¿mantener una administración a flote?, eso pasa a segundo término.

     

    El abandono de sus funciones no es el único impacto de las elecciones. En estos meses los poderes Ejecutivo y Legislativo se paralizan. Quienes llegan a sustituir a sus jefes en la administración pública tienen la encomienda de cerrar el changarro de la mejor manera, de preparar los libros blancos y negros, de no dejar cabos sueltos por si llega un partido de la oposición al gobierno. La instrucción es nadar de muertito y cuidar que nada explote. Los últimos meses no son para innovar ni para gobernar.

     

    En las Cámaras de Senadores y Diputados toda decisión tiene un cálculo político. Como las verdaderas figuras ya tienen algún espacio en las listas plurinominales y los acuerdos se dan en las cúpulas de los partidos, realmente no hay ningún esfuerzo para sacar las iniciativas de la congeladora, a menos, por supuesto, que convenga a los fines electorales.

     

    Lo peor es que a la mayoría de los políticos que dejan sus cargos no se le podrá recompensar o castigar por sus acciones porque los partidos los premiaron con alguna posición plurinominal. ¿Qué pasaría si el jefe de Gobierno de la Ciudad de México, Miguel Ángel Mancera, o el exgobernador de Puebla, Rafael Moreno Valle, tuvieran que enfrentarse a las urnas?, ¿que tuvieran que hacer campaña para que la gente votara por ellos directamente?, ¿realmente ganarían? Eso no se sabrá porque hoy ocupan los primeros lugares en la lista plurinominal del PAN.

     

    Dirán que es un derecho político que una decida seguir una carrera política; que la ley los obliga a renunciar y nada pueden hacer; “que la gente se lo pidió” o “porque quieren seguir sirviendo a la gente desde otra trinchera”, el pretexto es lo de menos. Lo que es un hecho es que hasta quienes en su momento criticaron a quienes abandonaban sus puestos, como Jaime Rodríguez, El Bronco, han sucumbido a esta necesidad de seguir teniendo poder.

     

    Otro daño colateral que se presenta en todos los procesos electorales es que los partidos políticos y los candidatos utilizan el sistema judicial como una herramienta de ataque. A la menor provocación acuden a la Procuraduría General de la República o a las Procuradurías y Fiscalías locales para denunciar las atrocidades de los candidatos contrarios. Exigen, piden, demandan que a la brevedad se investigue “el enriquecimiento ilícito”, “su relación con el crimen organizado” o algún acto de corrupción recientemente encontrado.

     

    Si de por sí los ministerios públicos están llenos de denuncias y demandas a las que no pueden darles seguimiento, en estas épocas se vuelve ridículamente inmanejable el trabajo que llega. Por supuesto, a los políticos no les interesa esto, el efecto mediático de culpar a los opositores es algo a lo que no renunciarán. Aunque después no le den ningún seguimiento y ni siquiera ratifiquen sus demandas.

     

    Así pues, en las elecciones, además del descomunal gasto que implican las campañas, la espotiza y promesas de siempre a la que son sometidos los ciudadanos y la basura electoral que aparece, existen daños colaterales igualmente graves.

     

    Por Vianey Esquinca/La inmaculada percepción

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