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  • Hundimiento del Sistema Anticorrupción

    2017-07-16 22:02:47 | El Pionero

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    El Sistema Nacional Anticorrupción, la única respuesta oficial al malestar social y el desfonde de las instituciones, caerá también en un socavón que le abrió la clase política al entrar en funcionamiento esta semana sin estar plenamente integrado.


        

    El hoyo en el sistema asemeja el hundimiento del suelo por una oquedad subterránea, como la del escandaloso Paso Exprés de la México-Cuernavaca, en el que perdieron la vida dos personas, en definitiva, por negligencia, desinterés y corrupción. Al igual que el cráter en la carretera, el estreno malogrado del nuevo aparato socava su credibilidad y muestra que las resistencias del poder público a la transparencia y rendir cuentas son verdaderas galerías debajo de la tierra en que sucumben los derechos humanos. ¿Cómo cumplirán ahora los comisionados su encargo anticorrupción?

     

    Después de tres años y un “mar” de escándalos por corrupción en la Federación y estados, las leyes anticorrupción se quedaron sin brazo ejecutor por la complicidad y el desdén de la clase política a cambiar la forma vertical y discrecional de ejercer el poder. La falta de acuerdos y el mercadeo político en el Congreso abortaron el nombramiento del fiscal Anticorrupción en el plazo previsto, con la entrada de la Ley de Responsabilidades Administrativas el 19 de julio. Aunque en el sótano de la caverna donde se excavaron los consensos lo que había era la pretensión de los partidos de tener un fiscal a “modo” y del gobierno de someter su actuación a la de un fiscal general al que estaría subordinado nueve años cuando se produzca la transformación de la PGR en Fiscalía General. Es decir, el sistema se hundió en un hoyo de resistencias por evitar la investigación y sanción de actuales tramas de corrupción en el próximo sexenio.

     

    Hay poca expectativa de que en el próximo periodo del Congreso, instalado ya en temporada electoral, se nombre al fiscal, si antes fue imposible un extraordinario por el litigio de los comicios en Coahuila. Sobre todo porque no se ve razón para reparar el socavón en que se precipitó el sistema, no obstante Peña Nieto ofreciera una reforma constitucional que elimine el pase automático de su procurador a la nueva fiscalía para repavimentar acuerdos con la oposición. Y aún más difícil re-encarpetar el proceso tras la renuncia del comité de ciudadanos que lo acompañaba por el “desinterés” para sacarlo adelante. Así nacería con el prestigio rasgado por el jaloneo de las fuerzas que se oponen a la transparencia y la rendición de cuentas, aunque la celebren en público.

     

    En este trance, cómo harán los comisionados anticorrupción, nombrados en 2016, para evitar sucumbir por asfixia —financiera o política— como ocurrió a las dos víctimas que la negligencia e ineficacia dejaron morir en el socavón del Paso Exprés. Perdóneme lo desproporcionado del paragón, pero busca gravedad del combate a la corrupción, ante todo porque el impacto de su acción mata y, en esa medida, conculca los derechos humanos.

     

    Los comisionados pueden ponerse a operar lineamientos para declaraciones de interés y patrimoniales de los funcionarios, aunque no teman ser castigados por transgredirlos. Diseñar indicadores de transparencia sobre  evolución de sus bienes y otras innovaciones técnicas para la rendición de cuentas que, sin embargo, lucen poco relevantes para combatir la corrupción sin fiscalía autónoma. También los tribunales administrativos podrán ayudar a suplir la falta de magistrados anticorrupción o la PGR al fiscal, pero de poco servirá sin voluntad política para atacar la impunidad. Algunos creen que para llegar a este resultado no eran necesarios una reforma constitucional y un sistema tan complejo; desde la clase política pensarán que el fracaso de la principal respuesta contra la corrupción sí ha servido para ganar tiempo.

     

    José Buendía Hegewish/Número cero

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    Otro 19 de septiembre

    2017-09-20 11:17:09 | El Pionero

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    Los jóvenes de hoy tendrán para siempre este recuerdo amargo vivo, ya no en imágenes inmóviles que forman parte de la hemeroteca.


        

    La fecha fue idéntica, 19 de septiembre. Las escenas de destrucción parecen haber sido calcadas –si bien en una dimensión menor– de las que enlutaron al país en 1985,  una experiencia que no vivieron quienes tienen menos de 30 años de edad.

     

    Pero algo sí cambió. Mucho, me atrevo a decir. Un par de horas antes del movimiento telúrico que nos hizo evocar la pesadilla del otro 19 de septiembre, los ciudadanos de la capital del país participaron en uno de los simulacros que rutinariamente se efectúan justo como parte de la conmemoración de aquella tragedia.

     

    Aunque hay, por supuesto, quienes no toman muy en serio estos ejercicios, no cabe duda que han interiorizado una cultura de la protección entre los habitantes de la Ciudad de México.

     

    Máxime cuando esta urbe no ha dejado de moverse, y en varias ocasiones hemos experimentado sismos que por momentos nos hicieron temer que el horror pudiera repetirse. Como lamentablemente ocurrió ayer.

     

    Miles de ciudadanos lograron abandonar a tiempo inmuebles que colapsaron. Aunque no faltaron las comprensibles reacciones de desesperación e histeria, la serenidad de cientos de miles de personas fue vital.

     

    El pánico pudo haber provocado estampidas en recintos cerrados o en el transporte público que habrían incrementado el peligro y, con ello, el número de víctimas. No es lo mismo controlar a un pequeño grupo de personas que a millones.  Un comportamiento ejemplar así es muestra de que una educación consistente rinde frutos, y hay que valorarlo.

     

    Otro escenario distinto al de hace tres décadas lo marca la existencia de redes sociales y de tecnologías que nos hacen permanecer en contacto instantáneamente.

     

    Cuando no estuvieron disponibles las líneas telefónicas, hubo servicios de mensajería que permitieron reportar y conocer de inmediato el estado de nuestros seres queridos. También sirvieron para dar a conocer en qué partes de la ciudad se necesitaba ayuda. Cierto, no faltaron las bromas inoportunas y las noticias falsas. Pero esta vez, la acción colectiva permitió que emergiera la información útil.

     

    Ver derrumbarse edificios casi en tiempo real gracias a la posibilidad de grabarlos en video y difundirlos urbi et orbi cambia definitivamente la percepción, incluso, de quienes atestiguamos el colapso del 85.

     

    Los jóvenes de hoy tendrán para siempre este recuerdo amargo vivo, ya no en imágenes inmóviles que forman parte de la hemeroteca. Corresponde a esta generación tomar nota de lo que lograron sus predecesoras y profundizar en la cultura de que es mejor estar unidos frente a fuerzas que escapan de nuestro control.

     

    Falta mucho para hacer el corte de caja definitivo del terremoto vivido ayer. Pero, por ahora, no quiero dejar de subrayar dos circunstancias que remiten al episodio más traumático de nuestra historia reciente.

     

    El primero es que momentos como éste hacen aflorar los rasgos más nobles del mexicano. Ya vivíamos este sentimiento de solidaridad con las víctimas de Oaxaca y Chiapas del sismo del 7 de septiembre y, como era de esperarse, se exacerbó ayer en la capital del país.

     

    Aunque el centralismo tiende a privilegiar lo que ocurre en la CDMX por sobre el resto del país, es preciso recordar que la solidaridad debe tener también bajo su manto a Morelos y Puebla, donde los estragos amenazan ser mayores.

     

    La segunda circunstancia que viene a la memoria es la emergencia de una movilización ciudadana espontánea, que rebasó al gobierno de entonces y que fue la semilla del cambio democrático que terminó con la hegemonía de un solo partido.

     

    A aquel momento se le conoció como el despertar de la sociedad civil, un concepto que a lo largo de las décadas ha estado expuesto al manoteo de cuanto demagogo dice representarla. Pero hoy conviene evocar el espíritu que desató en una sociedad harta del autoritarismo y la inmovilidad.

     

    Habrá que ver si de este trágico episodio emerge una nueva energía renovadora.

     

    Por: Pascal Beltrán del Río

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