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  • Comey/Trump

    2017-06-09 21:21:02 | El Pionero

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    No recuerdo una crisis similar en la más alta esfera del poder en Estados Unidos, al menos no una que esté tan cerca de provocar un impeachment.


        

    “Decepcioné a mis amigos, decepcioné al país. Desilusioné nuestro sistema de gobierno y los sueños de todos esos jóvenes que querían formar parte de él, pero que piensan que todo está demasiado corrupto y el resto (...) Tengo que llevar esa carga por el resto de mi vida. Mi carrera política está acabada”, respondió un presidente a un agudo periodista que luego de 30 horas de conversación, obtuvo la respuesta que él y un país entero esperaban. Se trata de lo dicho por Richard Nixon a David Frost, en aquella épica entrevista que enmarcó la renuncia de Nixon, y que se retrató magistralmente en la película Frost/Nixon. Y no es que me esté adelantando a un desenlace, que ahora se antoja mucho más complicado que el de aquel episodio de la vida política estadunidense, pero no recuerdo una crisis similar en la más alta esfera del poder en Estados Unidos, al menos no una que esté tan cerca de provocar un impeachment, un proceso de destitución del Presidente, ése que gran parte del mundo se lamenta, a escasos cinco meses de iniciado su mandato, que ha llegado a ser Donald Trump.

     

    Imagino que en unos años, cuando a algún guionista se le ocurra narrar en la pantalla grande lo que hoy sucede en Washington, pensará en una escena en la que se vea cómo desde las cinco de la mañana comenzó a llenarse la sala de audiencias del Senado de EU, y es que la expectativa por lo que sucedería ahí también se despertó temprano, la gente quería estar ahí, en primera fila y no perder detalle de lo que James Comey tenía que decirle a Estados Unidos, como reportaba ayer el periódico El País.

     

    También creo que en el guión se hará énfasis en el encuadre del rostro del actor que interprete a James Comey: su cara desencajada, rodeada de periodistas y fotógrafos que no quieren perder ningún gesto de ese rostro nervioso e incluso de sobresalto cuando éste revele que él mismo había sido el autor de las filtraciones que en la prensa comenzaron a destapar la historia de cómo un entonces candidato y su equipo cercano se comunicaban directamente con Rusia para espiar y golpear a su oponente. Ésta será una trama en la que las sorpresas vendrán cuando se recapitule y se viaje al pasado, cuando las declaraciones de Comey, entendidas casi como una confesión, revelen cómo se dieron las comunicaciones que tuvo con Donald Trump cuando éste intentó detener la investigación en la que Trump y Michael Flynn no saldrían bien librados. Los momentos de más tensión narrativa serán cuando Trump presione, sugiera y haga uso de toda estrategia de convencimiento para que el exdirector del FBI acepte no indagar más. Intentos vanos que llevarían a Comey a salir del FBI nueve años antes de que terminara su periodo en el cargo.

     

    Ésta sería, además de la historia de un presidente con capacidad de funciones sumamente cuestionables, la de un funcionario reconocido, tanto por demócratas como por republicanos, por una vida política intachable y llevada al extremo por no haber cedido a presiones de la Casa Blanca para parar un escándalo que, solito, creció y se enriqueció con todos esos otros tantos temas que ponen en duda la legalidad, no sólo de una victoria electoral, sino de una operación política y hasta empresarial. Y es que en el guión no podrán quedar fuera las revelaciones que se hacen sobre su hijo, Eric, y el desvío de fondos de ayuda a niños con cáncer a la fundación de su padre. Tampoco quedarían fuera los momentos en que Trump se contradijo con su propio gabinete, cuando tensó relaciones diplomáticas, cuando se empeñó en un veto migratorio que la Corte detuvo casi de inmediato, cuando intentó conseguir financiamiento para un infame muro fronterizo. Vaya, hasta sus episodios de misoginia y de desencuentros con la primera dama, Melania. Todo parte de esa bola de nieve, de esa trama que en tan poco tiempo se ha ido construyendo.

     

    Acaso algunos de los papeles secundarios serían para sus colaboradores más cercanos, Sean Spicer, y repentinamente aparecería su abogado, Marc Kasowitz, para acusar a James Comey de revelar sin permiso las comunicaciones que tuvo con Trump. Acusar, no desmentir. Vaya defensa.

     

    Repito, no nos adelantaremos al desenlace de esta historia, aunque así lo quisiéramos. Trump no es Nixon, pero sin duda estamos frente a un episodio que por el personaje que lo protagoniza y su contexto, pareciera que no necesitaremos a un David Frost. Aunque eso ya dependerá de lo que los responsables reales de este guión quieran escribir en él.

     

    Yuriria Sierra/Nudo gordiano

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    El agua y el aceite sí se mezclan

    2017-12-10 09:13:18 | El Pionero

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    El Frente demostró que haberse repartido los bienes de forma anticipada y haber afinado los detalles del contrato prenupcial fueron suficientes para que ese arroz se cociera.


        

    Y para sorpresa de propios y extraños se concretó oficialmente la coalición electoral entre el PAN, PRD y Movimiento Ciudadano. El antes Frente Ciudadano por México, desde ayer tiene otro nombre. Le quitaron lo ciudadano y lo dejaron como: “Por México al Frente”, que fácilmente puede confundirse con “Al Frente por México”, “México al Frente”, “El Frente de México”, “Todo de Frente” o “Voy de Frente y no me quito”.

     

    No se puede regatear que tras mucha sospecha, escepticismo y dudas razonables, estos partidos rompieron la regla de la física de que el agua y el aceite no se mezclan. Por el contrario, dieron una prueba irrefutable que los polos opuestos se atraen, que el pragmatismo venció una vez más a la ideología, que más vale decir aquí pactó, que aquí quedó en tercer lugar y que el interés tiene pies partidistas.

     

    ¿Qué puede surgir de este matrimonio por interés? La respuesta es de pronóstico reservado, pero las apuestas serán más cautelosas porque el Frente demostró que haberse repartido los bienes de forma anticipada y haber afinado los detalles del contrato prenupcial fueron suficientes para que ese arroz se cociera.

     

    Eso sí, para que la coalición fuera posible, el PRD tuvo que renunciar a que de sus filas saliera el candidato presidencial. No podía ser de otra manera, las cifras no le daban. Si bien Miguel Ángel Mancera ha demostrado que puede ser un buen candidato, no se puede decir lo mismo de su gestión como jefe de Gobierno. ¿Cómo podía ser el abanderado del Frente cuando en la propia ciudad que gobierna tiene tan baja aprobación? ¿Cómo abanderar un esfuerzo político si en la CDMX Morena ha ido creciendo, aprovechándose de su mal desempeño como gobernante?

     

    También hay que reconocer el trabajo del presidente de Movimiento Ciudadano, Dante Delgado, quien, como fiel Sancho, salió a defender a su Quijote Anaya cuando Mancera hizo un movimiento inesperado diciendo que quería ir por la grande. Además, debe agradecérsele a Alejandra Barrales, quien fungió como punching bag de las tribus perredistas que estaban decididas a dinamitar al Frente.

     

    Pero entonces queda Ricardo Anaya, de quien se da por un hecho que será el candidato panista. Pero, ¿qué tiene el queretano? No basta ser inteligencia para ganar. Carlos Castillo Peraza fue un panista brillante, pero llevó al PAN al sótano de las preferencias en las elecciones de 1997 para jefe de Gobierno del Distrito Federal. Tampoco es suficiente haber vencido a sus enemigos políticos internos. Cuando Arturo Montiel ganó la candidatura del PRI en 2005, sus “amigos” de partido no se lo perdonaron y filtraron a los medios las numerosas propiedades de Montiel y los negocios millonarios de sus hijos. Lo que pasó después es historia, pero deja claro que dejar heridos en el camino tiene un costo.

     

    Anaya tiene todavía en la espalda el escándalo de enriquecimiento personal y de su familia. Aunque el panista se ha dedicado a señalar que todo es parte de una campaña orquestada desde el gobierno, también ha quedado claro que es tan vulnerable como cualquier otro político. Además, Anaya no se caracteriza por su carisma, y ése no se puede desarrollar ni adquirir de la noche a la mañana.

     

    ¿Qué pasará entonces? La oficialización de la candidatura presidencial de Anaya al frente del Frente; los pleitos de las tribus al interior del PRD para repartirse las candidaturas que les tocan, pero, sobre todo, la Jefatura de la Ciudad de México y la última última última definición sobre el futuro de Miguel Ángel Mancera, porque aunque ayer dijo que se quedaba en el gobierno capitalino, esto apenas comienza y todo puede suceder.

     

    Vianney Esquinca/La inmaculada percepción

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