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  • No matarás

    2017-06-04 07:17:26 | El Pionero

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    Mucho se ha hablado de los pecados electorales a los que pueden recurrir los partidos políticos en sus ansias de ganar una elección. Sin embargo, hay otra cara de la moneda: los mandamientos de la Ley Electoral.


        

    El primero y más importante es: “Amarás el resultado de la elección sobre todas las cosas”. Te guste o no, satisfaga tus intereses o hayas invertido mucho dinero en la campaña, los candidatos y los partidos políticos deberán respetar lo que digan las urnas y el voto ciudadano.

     

    “No tomarás el nombre de fraude en vano”. Las acusaciones de fraude junto con el término “elección de Estado” son los recursos más utilizados antes, durante y después de un proceso electoral. No importa si hay elementos o no para impugnar una elección. Los candidatos quieren utilizar su sagrado derecho al pataleo hasta el último momento.

     

    “Santificarás las encuestas”. Estos instrumentos de medición se han convertido en verdaderas herramientas de propaganda que sirven, no para reflejar la realidad de un momento, sino para vender la idea de que algún candidato puede triunfar en un proceso electoral. De ahí, que lamentablemente se haya caído en excesos de descuidar la metodología o venderlas al mejor postor. Las encuestas deben convertirse nuevamente en una guía de tendencias para la mejor toma de decisiones.

     

    “Honrarás a tus votantes”. Los candidatos deberán abstenerse de realizar promesas de campañas ridículas, imposibles, sin pie ni cabeza y que sólo se dicen para confundir o engañar al elector. Si borracho alguna persona no haría ese compromiso, tampoco lo deberá hacer cuando sea candidato (a).

     

    “No matarás al INE o al instituto electoral de tu estado”. Los candidatos tienen una permanente tentación de que si no salen victoriosos, culpan inmediatamente al instituto electoral nacional o local de su tragedia. Cuestionan sus procesos y ponen en duda su credibilidad. Lo que no entienden es que sólo están agrediendo al mensajero y debilitando a las instituciones.

     

    “No cometerás delitos electorales”. Esto significa que los partidos políticos no sucumbirán a la tentación de acarrear a las personas, financiarse ilegalmente, rebasar el tope de campaña; mientras que las autoridades no condicionarán los programas sociales o retendrán ilegalmente el salario de los trabajadores.

     

    “No robarás la elección”. Los candidatos no deberán aspirar a ganar en los tribunales, con la denostación o la violencia lo que no consiguieron con la voluntad popular.

     

    “No darás falso testimonio ni mentirás”. En todas las elecciones, las acusaciones sin sustento y a la menor preocupación se dan como capullos de primavera. Es muy fácil culpar, exhibir o acusar sin más prueba que la percepción o el “yo creo”. Se llegan a excesos irrisorios y ridículos que tienen sólo un objetivo: capturar el reflector mediático.

     

    No consentirás financiamientos ni deseos impuros. Este mandamiento dicta que los aspirantes a ocupar un puesto de elección popular no deben recibir recursos provenientes de la delincuencia organizada o aportaciones de la Federación o gobiernos estatales.

     

    “No codiciarás la victoria ajena”. Aunque después de cada proceso electoral no hay uno, ni dos, sino hasta tres candidatos que reclaman la victoria, sólo uno puede ganar. Así pues, si un candidato perdió, perdió aunque sea por un voto. 

     

    Si todos estos mandamientos fueran requisitos necesarios para ganarse el cielo, al menos electoral, ahorita los candidatos de todos los partidos políticos, sin excepción, porque todos han demostrado que son iguales, estarían ardiendo en el infierno.

     

    Vianney Esquinca/La Inmaculada Percepción

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    El agua y el aceite sí se mezclan

    2017-12-10 09:13:18 | El Pionero

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    El Frente demostró que haberse repartido los bienes de forma anticipada y haber afinado los detalles del contrato prenupcial fueron suficientes para que ese arroz se cociera.


        

    Y para sorpresa de propios y extraños se concretó oficialmente la coalición electoral entre el PAN, PRD y Movimiento Ciudadano. El antes Frente Ciudadano por México, desde ayer tiene otro nombre. Le quitaron lo ciudadano y lo dejaron como: “Por México al Frente”, que fácilmente puede confundirse con “Al Frente por México”, “México al Frente”, “El Frente de México”, “Todo de Frente” o “Voy de Frente y no me quito”.

     

    No se puede regatear que tras mucha sospecha, escepticismo y dudas razonables, estos partidos rompieron la regla de la física de que el agua y el aceite no se mezclan. Por el contrario, dieron una prueba irrefutable que los polos opuestos se atraen, que el pragmatismo venció una vez más a la ideología, que más vale decir aquí pactó, que aquí quedó en tercer lugar y que el interés tiene pies partidistas.

     

    ¿Qué puede surgir de este matrimonio por interés? La respuesta es de pronóstico reservado, pero las apuestas serán más cautelosas porque el Frente demostró que haberse repartido los bienes de forma anticipada y haber afinado los detalles del contrato prenupcial fueron suficientes para que ese arroz se cociera.

     

    Eso sí, para que la coalición fuera posible, el PRD tuvo que renunciar a que de sus filas saliera el candidato presidencial. No podía ser de otra manera, las cifras no le daban. Si bien Miguel Ángel Mancera ha demostrado que puede ser un buen candidato, no se puede decir lo mismo de su gestión como jefe de Gobierno. ¿Cómo podía ser el abanderado del Frente cuando en la propia ciudad que gobierna tiene tan baja aprobación? ¿Cómo abanderar un esfuerzo político si en la CDMX Morena ha ido creciendo, aprovechándose de su mal desempeño como gobernante?

     

    También hay que reconocer el trabajo del presidente de Movimiento Ciudadano, Dante Delgado, quien, como fiel Sancho, salió a defender a su Quijote Anaya cuando Mancera hizo un movimiento inesperado diciendo que quería ir por la grande. Además, debe agradecérsele a Alejandra Barrales, quien fungió como punching bag de las tribus perredistas que estaban decididas a dinamitar al Frente.

     

    Pero entonces queda Ricardo Anaya, de quien se da por un hecho que será el candidato panista. Pero, ¿qué tiene el queretano? No basta ser inteligencia para ganar. Carlos Castillo Peraza fue un panista brillante, pero llevó al PAN al sótano de las preferencias en las elecciones de 1997 para jefe de Gobierno del Distrito Federal. Tampoco es suficiente haber vencido a sus enemigos políticos internos. Cuando Arturo Montiel ganó la candidatura del PRI en 2005, sus “amigos” de partido no se lo perdonaron y filtraron a los medios las numerosas propiedades de Montiel y los negocios millonarios de sus hijos. Lo que pasó después es historia, pero deja claro que dejar heridos en el camino tiene un costo.

     

    Anaya tiene todavía en la espalda el escándalo de enriquecimiento personal y de su familia. Aunque el panista se ha dedicado a señalar que todo es parte de una campaña orquestada desde el gobierno, también ha quedado claro que es tan vulnerable como cualquier otro político. Además, Anaya no se caracteriza por su carisma, y ése no se puede desarrollar ni adquirir de la noche a la mañana.

     

    ¿Qué pasará entonces? La oficialización de la candidatura presidencial de Anaya al frente del Frente; los pleitos de las tribus al interior del PRD para repartirse las candidaturas que les tocan, pero, sobre todo, la Jefatura de la Ciudad de México y la última última última definición sobre el futuro de Miguel Ángel Mancera, porque aunque ayer dijo que se quedaba en el gobierno capitalino, esto apenas comienza y todo puede suceder.

     

    Vianney Esquinca/La inmaculada percepción

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