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  • Lecciones aprendidas

    2017-05-28 19:37:45 | El Pionero

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    En las elecciones cualquier pretexto es bueno para sacar trapitos al sol o hacerla de emoción, levantar demandas hasta porque voló una mosca, para no darles seguimiento una vez terminado el proceso electoral.


        

    Los procesos electorales siempre dejan lecciones que a veces sirven para reiterar lo que es de todos conocido, pero en otras dejan nuevos aprendizajes.

     

    Por ejemplo, gracias a la elección del Estado de México, quedó demostrado que el PT siempre será el PT. Este partido finalmente decidió ir solo a unas elecciones. El Partido del Trabajo, que siempre ha vivido como rémora a la sombra de las alianzas con otros institutos políticos para sobrevivir, que casi perdió su registro nacional, pero que por un tecnicismo sigue vivo, se animó a medirse sin coaliciones. Esa era noticia, pero como no puede negar la cruz de su parroquia y al no levantar nada, ni siquiera una ceja en la entidad mexiquense, su candidato, Óscar González, declinó su aspiración al gobierno del Estado de México a favor de la abanderada de Morena, Delfina Gómez.

     

    Hablando de Morena, también quedo demostrado que la figura de Andrés Manuel López Obrador pesa más que cualquier candidato o candidata. Es él quien gana las elecciones, no el/la abanderad@ de Morena. Lo único que le falta al tabasqueño es aplicar su propia recomendación de irse Despacitooo pues no puede estar perdiendo la cordura cada vez que no le dan el avión. El pleito radiofónico que tuvo con el periodista José Cárdenas en Radio Fórmula deja entrever que todavía tiene que aprender a respirar profundo e irse Despacitooo si es que quiere ganar las elecciones de 2018. 

     

    Algo que se ha refrendado en estos procesos electorales es que todas son elecciones de Estado. Los candidatos de oposición acusan al gobierno que está en el poder de intervenir en los comicios. Con razón o no, el argumento de que ahora sí, en serio, es una “elección de Estado” es tan recurrido y trillado que pasa a segundo plano.

     

    En las elecciones siempre habrá “campaña de contraste” y “guerra sucia”, que es exactamente lo mismo dependiendo de quién lo está diciendo, si el afectado o el promotor. Si es el candidato quien la promueve, entonces es una forma de que el electorado tenga elementos para conocer lo que está sucediendo con los opositores, pero si es la víctima quien la sufre, entonces es una guerra asquerosa, sin propuesta que sólo tiene el objetivo de confundir al votante.

     

    Una lección adicional es que la honestidad es un bien escaso. El caso de la veracruzana Eva Cadena deja en claro que en todos los partidos hay ovejas negras, incluso rebaños, por lo que se convierte en una utopía que algún partido político pueda abanderar la honestidad, si no quiere manchar su plumaje.

     

    Algo que deben haber aprendido a estas alturas todos los candidatos, no sólo de estos comicios, sino de los anteriores y los que vienen, es que todos saben lo que hicieron el verano pasado. Tarde o temprano sus acciones, ciertas o no, los alcanzarán y serán los fantasmas que los atormentarán durante todos los meses que duren las elecciones.

     

    En las elecciones cualquier pretexto es bueno para sacar trapitos al sol o hacerla de emoción, levantar demandas hasta porque voló una mosca para no darles seguimiento una vez terminado el proceso electoral. La judicialización de las elecciones es un deporte nacional de los partidos que nada más gasta recursos y burocratiza el sistema legal.

     

    Además, el día de la jornada final siempre habrá no uno, no dos, sino por lo menos tres ganadores. Todos salen a declarar su victoria y cuando finalmente los resultados los hacen volver a la realidad, regatean hasta donde pueden el triunfo de los otros contendientes.

     

    El problema de estas lecciones aprendidas es que nadie aprende y se repiten elección tras elección sin prácticamente ninguna variación.

     

    Vianney Esquinca/La Inmaculada Percepción

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    Los intachables

    2017-08-16 10:59:08 | El Pionero

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    Un pueblo no muy lejano —su localización en realidad no importa— está por elegir a su líder y la terna de posibilidades está compuesta por tres candidatos. Uno de ellos es un excelente negociador, otro es un gran estadista y el último, que en realidad es última, es una mujer profundamente culta, de esas que encantan con su conversación.


        

     
     
    Esas son las cualidades que a cada uno de ellos les destaca la prensa local. Aunque lo cierto es que ésta es una triada sumamente calificada. Cualquiera de ellos haría un gran papel, son gente preparada y lista para dirigir al pueblo y comandar su camino al progreso.
     
    El pero aquí es que los habitantes no saben a quién elegir. Porque si a uno se le aplaude su conocimiento en temas económicos, al otro su experiencia al mando de grupos que ejecutan programas sociales y a la tercera candidata se le reconoce su amplio conocimiento en temas de salud, género y urbanismo. En el único debate que se ha hecho durante esta campaña, los tres dieron muestra de su preparación; y en el par de ocasiones en que pudieron reprocharse algo entre ellos, el señalado respondió con la frente en alto, aceptando la culpa y el error, entendiendo que, como seres humanos, se es infalible a las fallas, pero acentuando que ninguna de ellas puso en riesgo o perjudicó al de junto y mucho menos a su comunidad.
     
    Difícil momento para un pueblo que debe elegir a quien será su líder los próximos seis años, elegir entre tres perfiles perfectamente capaces, los obligará a analizar a detalle a cada uno, porque, de otra forma, no tendrán la certeza de haber hecho la mejor elección, aunque sí tendrán la de saber que quienes no resulten elegidos aceptarán los resultados e incluso estarán dispuestos a trabajar junto al vencedor. Todo sea por el bien común, que para eso habrán de elegir a un líder.
     
    Desde luego, nada de lo anterior es real. Acaso una utopía con algunos detalles exagerados, porque cualquier democracia se enriquece de aciertos y errores. Pero el punto es que una campaña tan de los sueños como la que narramos, desde luego que obliga a los ciudadanos a leer mejor a los candidatos que buscan un puesto de elección popular, a estudiar mejor lo que tienen que decir. Una campaña así, alejada de propuestas que rayan en el lugar común, en las tortas como pago de asistencia, en las tarjetas que se entregan al por mayor, en las promesas de beneficios hechas por debajo de la mesa, sacaría de la jugada a más de una figura ya conocida.
     
    Por eso es importantísimo que, desde todas las esquinas posibles —los medios, las organizaciones civiles, los ciudadanos mismos—, se les pida a los partidos que operen una política distinta. Una en la que sean figuras intachables, a quienes no se les pueda contraargumentar con un escándalo ni se les conozca el silencio como estrategia de escape frente a cuestionamientos, quienes formen parte de su lista de opciones para convertirse en los líderes que este país necesita. Porque también, de esa forma, nos aseguran que dejaremos de ver los mismos rostros, las mismas caras, la misma mirada y sonrisa fingida, a las que se les pueden encontrar mil y un razones para ponerlas en entredicho. Y porque también ésta es la única manera de purgar a una clase política acostumbrada a salirse con la suya, que sabe que si algo no lo obtiene en tal grupo, se puede obtener yéndose al de junto; una clase política que hoy se siente respaldada por su compadre o su amigo para vivir en total impunidad.
     
    Aquéllos, los intachables, son los perfiles que México necesita, y no para estar exentos de errores, sino para asegurarnos que cuando estos lleguen, sean todos caminos de aprendizaje y no para la vergüenza; vergüenza que se repite una y otra vez, porque las opciones siguen siendo reducidas y muy repetidas. Ésa es también nuestra labor, la de no conformarnos con quienes hoy figuran y exigir una renovación que no llega y que sólo merma la maduración de nuestra democracia y, sí, a seguir repitiendo, una y otra vez, los mismos errores, las mismas tragedias.
     
    Yuriria Sierra/Nudo gordiano
     

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