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  • Las elecciones de la corrupción (O todos están grabados)

    2017-04-29 15:40:57 | El Pionero

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    Ahora que la bolsita de Eva Cadena revivió el debate sobre el dinero en las campañas, vale preguntarnos si seremos capaces de superar la anécdota para encarar el drama de una democracia electoral equivalente a despilfarro.


        

    Por supuesto que la historia de la excandidata de Morena a la alcaldía de Las Choapas muestra que el partido de Andrés Manuel López Obrador gestiona financiamiento no registrado para disputar el voto.

     

    Y tan ingenuo resulta el fanatismo de quienes pretenden exculpar al presidenciable del pase de charola al margen de la ley, como la pretensión de que su partido es ajeno a tales prácticas.

     

    Así que el punto de fondo no es si se trató de un cuatro ni de un montaje en contra de la ya expulsada exdiputada de Morena en Veracruz. Tampoco importa mucho si ella se prestó al numerito.

     

    Lo escalofriante es la doble moral de todos. Del acusado y de sus acusadores. Y la ceguera compartida.

     

    Porque mientras López Obrador asume que su plumaje no se mancha, las dirigencias del PRI, PAN y PRD simulan que no conocen el pantano. 

     

    Sin embargo, cada día es más generalizado ese catálogo de prácticas electorales, sin distingo partidista, que todos dan por necesarias y ejercidas.

     

    Desde la idea de que los grandes empresarios siempre reparten sus donaciones entre más de dos prospectos hasta el mito de que “la elección se gana el día D”, es decir, con la movilización de los votantes.

     

    Igualmente, sabido es que a los gobernadores del PRI, PAN y PRD les toca colaborar con los candidatos de sus respectivos logos en otras entidades. Y que ese apoyo no es moral, sino siempre en especie.

     

    También es vox populi en el Congreso que lo que después se conoció como fondo de “los moches” surgió hace una década para que los legisladores pudieran aceitar con promesas cumplidas sus aspiraciones a futuros cargos de elección popular.

     

    Si bien se trata de usos y costumbres de la clase política de tiempo atrás, los comicios de 2015 y 2016 inauguraron una nueva etapa de competencia que ahora se generaliza con el tema de la corrupción como foco.

     

    El debate del martes anterior entre los candidatos a la gubernatura del Estado de México mostró la centralidad que tendrá en lo sucesivo la biografía de los aspirantes y sus potenciales casos de falta de transparencia en el manejo del dinero público y privado. 

     

    Más allá de la veracidad de los señalamientos ventilados, los tres principales contendientes —Alfredo del Mazo (PRI), Josefina Vázquez Mota (PAN) y Delfina Gómez (Morena)— recibieron acusaciones de falta de probidad.

     

    En esta exhibición de corruptelas pesan tres novedades: la persecución y el encarcelamiento de gobernadores del PRI y PAN por mal uso del dinero público; la puesta en marcha del Sistema Nacional Anticorrupción (SNA) y el discurso de los candidatos independientes.

     

    Hoy la sociedad sabe que los mandatarios estatales pueden crear empresas fantasmas, hacer negocios inmobiliarios y ganaderos y construir presas en sus ranchos. 

     

    Hoy la gente sabe, gracias a los testimonios de la propia clase política, que ésta necesita amarrarse las manos con un Sistema Nacional Anticorrupción al que, sin embargo, le viene dando largas y largas.

     

    Y si bien los candidatos independientes difícilmente podrán competir en serio por la Presidencia de la República en 2018, sus diagnósticos del sistema político son denuncias de la putrefacción que el dinero genera en las campañas.

     

    “Son un ciclo de cinco C: corrupción, compra de votos, clientelas, compadres y contratos”, resume el senador Armando Ríos Piter, al frente del movimiento Ola 365 y quien renunció al PRD en febrero.

     

    “No quiero contratos anticipados de un cuate que te diga aquí tienes 50 millones. ¿Y luego? Te lo cobran. ¿O ya se les olvidaron las ligas, la Casa Blanca, el Pemexgate, Amigos de Fox?”, pregunta Emilio Álvarez Icaza del movimiento Ahora.

     

    Pero en los corrillos políticos, la ceguera se impone: “Esa película ya la vimos”, comentan en alusión a la bolsita de Eva Cadena y los videos que en 2005 exhibieron cómo perredistas allegados a AMLO iban por maletas de billetes a la oficina del empresario Carlos Ahumada. 

     

    ¿Pero es más o menos escandalosa que hace 12 años esa película que ya vimos? ¿Será que nos pasa como a las nuevas generaciones que se mueren de risa con El Exorcista que a nosotros nos robó el aliento?

     

    Es insolente y hasta soberbio responder ahora esas incógnitas. Lo es porque México será, sin duda, beneficiario de la incertidumbre electoral que echa por tierra las encuestas, igual en Estados Unidos que en Francia.

     

    Sin embargo, los comicios estatales de junio próximo en el pEstado de México, Coahuila, Nayarit y Veracruz marcan ya una tendencia: el destape de la pequeña, mediana, escandalosa y cotidiana corrupción.

     

    De manera que en los próximos 14 meses, la disputa de los votos será una competencia entre equipos de inteligencia y espionaje sobre los arreglos en lo oscurito de los contendientes.  ¿Y quién no los tiene?

     

    Pero además, como ya amagan los operadores electorales, “todos están grabados”.

     

    Ivonne Melgar/Retrovisor

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    López Obrador: encuesta y sucesión

    2017-08-23 07:00:09 | El Pionero

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    “Si no gano, me retiro; no se puede ir la vida en una candidatura”, aseguró Andrés Manuel López Obrador. La verdad, nadie se tendría que sorprender: hace seis años el ahora candidato de Morena declaró exactamente lo mismo: ‘Si no gano, dijo entonces, me voy a la Chingada’ (su rancho en Palenque).


        

    Perdió y se fue, pero del PRD, al que desde entonces ha llenado de improperios y al que ha tratado de vaciar, en agradecimiento, seguramente, por haberlo hecho dos veces candidato en Tabasco, presidente del partido, jefe de Gobierno del DF y otras dos veces candidato presidencial.

     

    Se fue y creó su propio partido, Morena, a su imagen y semejanza, al que convirtió en una fuerza realmente competitiva y a la que controla a cabalidad. Ni un infarto lo separó de la búsqueda de la candidatura presidencial durante 18 años consecutivos. Una derrota no lo separará ahora, salvo que la salud no se lo permita, de seguir buscando el poder.

     

    Pero esa visión del retiro, sea realidad o no después de julio de 2018, marca también la de la sucesión en su partido. La razón por la cual hasta ahora en todas las campañas locales las candidaturas de Morena han sido decididas exclusiva y particularmente por López Obrador tiene relación con su estilo personal de gobernar, pero también con su propia sucesión.

     

    Para López Obrador, un personaje como Ricardo Monreal es útil y aceptable como un cercano colaborador, incluso como su coordinador de campaña en 2012, pero no para que ocupe un puesto de elección popular tan importante como el de la Ciudad de México. Para eso necesita otro tipo de personajes, como Claudia Sheinbaum o Martí Batres, que más allá de sus méritos personales, que los tienen, políticamente son una extensión del propio López Obrador.

     

    Por dos razones. Primero, porque en caso de no ganar la elección del año próximo, López Obrador necesita un espacio de refugio político propio. Morena no gobierna ningún estado y el año próximo será difícil que gane alguno: su mayor apuesta, fuera de la Ciudad de México, serían su natal Tabasco, donde está muy enfrentado con el gobernador Arturo Núñez, y Chiapas, donde tiene posibilidades, pero no candidatos propios que sean competitivos. Por eso, en Chiapas, más allá de candidaturas, el control lo tiene su hermano Pío, al tiempo que en la Ciudad de México quien manda es su hijo, Andrés Manuel López Beltrán; en el Estado de México su otro hijo, José Ramón López Beltrán, controla el partido. Otro de sus hijos, Gonzalo, controla Morena en Tlaxcala. Ésa es la verdadera estructura de poder en Morena, y su hijo Andrés Manuel claramente está marcado como su sucesor.

     

    Delfina Gómez, candidata en el Edomex, o Cuitláhuac García, quien lo fue en Veracruz, son el tipo de aspirantes que quiere Andrés Manuel. Tienen un perfil bajo y eso permite que el personaje de todas las campañas sea él mismo, al tiempo que impida que crezca cualquier otro que le pueda disputar protagonismo en Morena.

     

    En ese sentido hay que insistir en que el tema de la encuesta para decidir candidato en la Ciudad de México es un ejemplo paradigmático de la forma de ejercer el poder de Andrés Manuel, dentro y fuera de Morena. La entrevista que tuvo ayer en la mañana la secretaria general de Morena, Yeidckol Polevnsky (que en realidad se llama Citlali Ibáñez Camacho, pero esa es otra historia), en Imagen no tiene desperdicio. Primero dijo que lo que busca Morena es un coordinador, no un candidato para la ciudad, cuando todos los participantes han hablado de la candidatura. Es una forma de cubrirse legalmente, pero no deja de ser, también, una simulación. Sobre la encuesta y cómo se levantó explicó que las mismas las hace “un departamento propio en el que militantes y dirigentes no tienen injerencia alguna para que no se contamine”. Y aseguró que en su partido sólo tres personas, incluyéndola, conocen al responsable de esa área; por supuesto no dio nombre de quien encabeza ese secretísimo departamento (es “un señor con conocimiento y experiencia”, dijo). Ninguna de esas tres personas que lo conocen tienen trato con él, agregó.

     

    Es ridículo, ni la KGB era tan secreta. Para empezar, obviamente ese personaje tiene que haber sido designado por López Obrador, es absurdo decir que nadie tiene trato con él (¿cómo se piden las consultas, qué se pregunta, cómo se analizan los datos?) y por sobre todas las cosas, cómo saben los propios militantes de Morena que es verdad que existe el departamento, que se hagan las encuestas y que se respeten sus resultados si no son del gusto, por ejemplo, del dirigente. ¿Qué papel tiene la militancia en el partido? En Morena todo gira, desde las encuestas secretas hasta su propia sucesión, en torno a Andrés Manuel. Y nadie tiene derecho a cuestionarlo.

     

    La respuesta de Meade

     

    Ayer José Antonio Meade contestó a la declaración de Manlio Fabio Beltrones de que el PRI tenía que “desdoblarse hacia la izquierda” en 2018. Dijo que “la decisión del PRI lo que busca es desdoblarse hacia los ciudadanos… yo soy un ciudadano, algo de desdoblamiento en consecuencia implica voltear a ver gente con el perfil adecuado”. El debate priista para la sucesión está planteado.

     

    Jorge Fernández Menéndez/Razones

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