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  • Polleros cuadruplican sus tarifas para cruzar a EU

    2017-04-20 10:16:01 | El Pionero

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    En 2008 los traficantes cobraban hasta 2 mil dólares a indocumentados; en la era Trump alcanzan ya 13 mil dólares ◗ “Me ofrecieron enganchar migrantes y la jugada me gustó”, cuenta un pollero que acecha en un albergue en búsqueda de prospectos ◗ “Los gringos están cada vez más duros, eso cuesta más”, justifica.


        

    El pago por los servicios de un traficante de indocumentados, o pollero, para cruzar hacia Estados Unidos se ha cuadruplicado en los últimos años, de acuerdo con datos del Programa de Migrantes de la Secretaría de Desarrollo Social (Sedesol). El alza se dio inicialmente durante la administración Obama, una de las que más deportaciones de mexicanos ha realizado, pero terminó de dispararse a la llegada de la era Trump.

     

    Los registros de Sedesol, compartidos a Crónica, refieren cobros de entre mil 500 y 2 mil dólares antes del año 2008, los cuales se dispararon hasta 10 mil dólares a principios de 2017. En la frontera norte, Crónica constató que esta semana se cobran 12 mil dólares por pasar de un lado a otro de la línea fronteriza (llegar a la frontera es gasto aparte) e incluso algunos polleros establecen la cifra en 13 mil, en especial si se trata de migrantes centroamericanos o de otro país.

     

    “El cruce ya no es como antes: ahora son rutas de muerte y el costo de los polleros se ha desbordado después de la crisis de inseguridad y delincuencia organizada en México, el cierre de fronteras con Barack Obama, el pico de deportaciones y la llegada de Trump”, señaló Edith Ávila Romo, coordinadora del Programa de Sedesol.

     

    Y los datos coinciden con sus voces, los testimonios de migrantes…

     

    CALIENTE. Anochece en las inmediaciones de la garita internacional vieja de Mexicali, donde decenas de migrantes mexicanos y de otros países cenan unas tortas de jamón donadas por comerciantes de la ciudad.

     

    Mientras acompaña el bolillo con sorbos de café, Josué Medina, originario de Guerrero, devela el motivo de su insomnio: ¿cómo podrá juntar el dinero necesario para contratar a un pollero?

     

    Huyó de la violencia en la zona de Tierra Caliente. Desconfiado de los supuestos traficantes en los pueblos aledaños, decidió tomar camino hacia Zihuatanejo y de ahí, en autobús, trasladarse hasta Mexicali.

     

    “Si hubiese agarrado un pollero desde Guerrero, no habría llegado vivo a la frontera”, dice mientras hace fila para pedir otra torta.

     

    Llegó hace un mes a la frontera. Desde entonces se ha empleado como trabajador de la construcción y otras chambas, pues necesita más dinero. Su familia logró reunir 5 mil dólares tras vender un terreno, un vehículo y diversos muebles.

     

    Un paisano suyo, quien vive en el estado de Washington, le dijo:

     

    “Con 5 mil verdes la haces para llegar al norte de California…”.

     

    Pero la cifra se fue al doble.

     

    El argumento de los traficantes fue la estricta vigilancia implementada por el nuevo gobierno estadunidense.

     

    —¿Cómo vas a juntar lo que falta?— se le pregunta.

     

    —No lo sé. Ni siquiera sé si lograré llegar a Estados Unidos, pero de todas formas aquí en la frontera me siento más seguro que en mi tierra.

     

    DE MIGRANTE A POLLERO. Roberto no sobrepasa los 25 años. En su familia, como muchas en Zacatecas, la migración fue destino. Sus hermanos, tíos y primos también intentaron burlar la pobreza y salieron del pueblo.

     

    Cuando cumplió 18 se marchó hacia Minnesota, donde se establecieron algunos de sus familiares. En aquella zona gélida de la Unión Americana se enroló en una pandilla latina, para protegerse de grupos criminales afroamericanos.

     

    Tras un operativo realizado por las autoridades policíacas, fue detenido junto con otros de sus “compañeros de clica”, como él les llama. Terminó por ser deportado a México vía Tijuana.

     

    No quiso volver a Zacatecas. Optó por conseguir trabajos informales en la frontera, hasta reanudar el contacto con alguno de sus viejos amigos pandilleros.

     

    “Conozco unos batos que cruzan a la gente hacia California”, le dijo uno de ellos.

     

    “Mi objetivo era retornar a Minnesota, pero estos cuates me ofrecieron enganchar migrantes para cruzarlos al otro lado. Más allá de la paga, la jugada me gustó”, cuenta desde los alrededores de un albergue, donde acecha más prospectos.

     

    Accede a compartir fragmentos de sus secretos como parte de una organización de traficantes.

     

    “Nosotros llevamos a los migrantes desde el sur de México hasta el norte de California, tanto a paisanos como a centroamericanos”.

     

    —¿Y cuánto les cobran?

     

    —Dependiendo de la distancia, el costo oscila entre 9 mil y 10 mil dólares. Los caminos que debemos utilizar ahora para el traslado son más escabrosos y complicados, por eso ha subido el monto. Los gringos están cada vez más duros y hasta nosotros corremos graves riesgos.

     

    —¿Cuáles?

     

    —Los castigos pueden ser más severos ante las nuevas reglas migratorias.

     

    De repente se acercan a él Daniel y Genaro, dos hermanos originarios de Chiapas, quienes esperan en Mexicali el envío de dólares prometido por su padre y tíos. Anhelan llegar a la localidad de Stockton, cerca de Sacramento, la capital californiana.

     

    Ellos no necesitan 10 mil, sino 20 mil dólares, porque los polleros cobran por persona.

     

    “Tal vez la próxima semana tendremos ya el dinero —se entusiasma Genaro—, pero en tanto hemos conectado diferentes polleros para comparar precios, a ver si regateándoles logramos algo mejor”.

     

    Los hermanos son de los últimos en formarse en busca de una torta de jamón a las afueras del Hotel del Migrante. Cualquier cosa para mitigar el hambre y evitar el desembolso de los pocos pesos en el viejo morral.

     

    Son más de las 10 de la noche, pero los polleros no descansan.

     

    “Cuando está oscuro, son las mejores horas para amarrar clientes”, dicen.

     

    DE CEROS. Por las calles lúgubres de la frontera camina Severiano Zavala, quien nació en Michoacán. Fue deportado a finales de noviembre del año pasado, después de una redada en un centro comercial de Colorado.

     

    “En mi casa tenía mis buenos ahorritos, pero con lo de la repatriación no pude recuperarlos, ahora debo arrancar de cero”, narra.

     

    —¿Y no ha pensado regresar a territorio michoacano?

     

    —Allá no vuelvo, no sólo porque a mi edad no conseguiría trabajo, sino por la violencia. Quiero cruzar de nuevo pa’l norte.

     

    Con ayuda de camaradas de Colorado, Utah y Nevada, donde trabajó por más de 20 años, ha logrado contactar a diversos traficantes, pero el más barato le cobra 9 mil dólares.

     

    “Los polleros dicen que es por la mayor vigilancia de los gringos, pero sabemos que están apalabrados con autoridades de allá, suena a pretexto para sacarnos más dinero”, se lamenta mientras cuenta los pesos ganados durante su jornada provisional de trabajo.

     

    Cenará unos tacos, ahorrará el resto… No suelta la idea de emigrar, aunque se enfrente a las rutas de muerte.

     

    Crónica

     

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    Aprovechan que soy ciega para llevarme de acarreada a mítines políticos

    2018-05-25 14:48:04 | El Pionero

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    En tres ocasiones, una organización obligó a una mujer ciega a apoyar a candidatos que no conoce en medio del sol y sin alimentos


        

    A sus más de 40 años, Claudia –nombre falso por petición de anonimato– lucha todos los días por salir adelante, mediante clases para personas con capacidades diferentes hasta la elaboración de dulces, además gana un poco de dinero para apoyar a su mamá.

    Tiene una rara enfermedad de nacimiento, la cual hace que sus huesos sean demasiado pesados. Lleva más de 10 operaciones y tiene clavos de titanio en ambas piernas, además perdió la vista en el ojo izquierdo y se apoya con el 40 por ciento de visión que tiene en el derecho.

    Es residente en el municipio mexiquense de Ecatepec, donde los doctores en más de una ocasión le advirtieron su destino: quedar ciega totalmente. Sin embargo, se prepara psicológicamente a través de clases de lectura de braille y ayuda de sus seres queridos.

    Por su debilidad visual, ella teme que negar acompañar de acarreada política podría convertirse en una sentencia para su único apoyo para sobrevivir. (Foto: Twitter)

    Hace más de un año empezó a trabajar en una institución del orden público para personas discapacitadas, mediante la ayuda de una organización, la cual poco a poco comenzó a condicionarla con salir a mítines políticos para mantener sus apoyos.

    Me condicionan, me dicen «si están buenos para pedir ayuda, pero también deben apoyar». No se me hace justo, porque yo trabajo, no estoy regalando mi tiempo. Aprovechan que soy ciega para llevarme de acarreada a mítines políticos.

    Claudia trabaja en talleres y en lo que puede para sostener a su mamá de 74 años de edad. De hecho, tiene miedo de perder su única fuente de ingreso, por esta razón solicitó anonimato y la alteración de su edad y lugar residencia.

    Su historia es real, tan real como el abuso de las organizaciones que apoyan a personas invidentes para llevarlas de acarreados a eventos políticos.

    Ella recuerda tres fechas en específico, donde junto a más 40 de sus compañeros con debilidad visual fueron trasladados para apoyar a los Partidos Acción Nacional (PAN) y Partido de la Revolución Democrática (PRD) en la Ciudad de México.

    Relató que desconoce el nombre de los candidatos, pero todavía recuerda el calor de la tarde y la falta de alimentos. Sabe que no tiene opción, aunque la tratan bien tiene que responder a los intereses de las personas que los apoyan.

    No se me hace justo. Yo estoy trabajando, no me están dando caridad. Me citan en determinado lugar y me llevan hasta el evento, tengo que estar gritando y aplaudiendo por cuatro o cinco horas, depende cada evento. 

    De acuerdo con la organización Acción Ciudadana Frente a la Pobreza (ACFP), el voto en la Ciudad de México llega a pagarse entre 200 a mil 500 pesos, mientras que en el Estado de México se cotiza entre 250 hasta 5 mil pesos cada sufragio.

    El colectivo también detalló que en promedio el 41 por ciento de la compra de votos se hace por medio de despensas u otros utensilios, 36 por ciento a través del condicionamiento para recibir beneficios de programas sociales como Prospera; 18 por ciento con entregas de dinero en efectivo y 5 por ciento por reparto de tarjetas con depósitos.

    Sin embargo, para Claudia no existieron ninguno de los anteriores beneficios. «Cuando vamos a los eventos tenemos que llevar nuestra propia comida, no nos dan nada. No se me hace justo, yo intento rehabilitarme pero me llevan a estos eventos de gente que no conozco. Ningún partido me convence, sólo en campaña nos buscan y en el poder se olvidan de nosotros».

    Como miembros de una asociación, los obligan a apoyar para corresponder. «A mí los políticos no me convencen, porque dicen mucho y hacen poco».

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