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  • ¿Periodistas y activistas?

    2017-04-17 15:06:16 | El Pionero

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    ¿Se vale ser periodista y activista de una causa, ambas cosas al mismo tiempo? Siempre hay alguien que me lo pregunta, cuando doy un curso en la universidad o un taller sobre periodismo. Hace alrededor de un lustro me había convencido de que sí. El convencimiento me duró poco; hoy digo que no. No se vale.


        

    También he repetido muchísimas veces que la escritura de una noticia, una crónica o un reportaje no puede ser objetiva, porque no está hecha por objetos ni por una divinidad, sino por sujetos. En esto me sostengo.

     

    Si la objetividad existiera, sería idéntica la forma en que describen un hecho todos los diarios, estaciones de radio, noticiarios de televisión y hasta canales de opinión de YouTube, como lo ha dicho Miguel Ángel Bastenier, el director de la escuela del diario español El País. En resumen, el mundo mediático sería chato y aburrido.

     

    Los sujetos que redactamos o transmitimos un acontecimiento real (nos dicen reporteros, fotógrafos, camarógrafos…) seleccionamos unas partes —y excluimos otras— de esa masa amorfa e inabarcable llamada realidad, según lo que nuestra propia historia, gustos e ideas nos dicen que es importante contar. A unos nos parece indispensable destacar ciertos hechos que otros tirarían al inodoro y al revés.

     

    De esa tentación natural y humana que también los periodistas tenemos de pertenecer a unos y expulsar a otros de nuestras historias, lo único que nos puede salvar, para hablar en el lenguaje de la Semana Santa, es el armado cuidadoso y lo más completo posible de un rompecabezas, cuyas partes son voces diferentes que nos completan una escena o acontecimiento. En el periodismo esas piezas se llaman fuentes de información.

     

    La inexistencia de la objetividad —también lo he escrito antes— no significa lo mismo que la mentira. Mentir es pintar en un muro una mancha de sangre que jamás existió, pero también ocultarle a los otros que hay una mancha de sangre en la pared, cuando la vimos ahí.

     

    Ahí va un ejemplo de la vida real: en marzo de 2011, cuando decenas de delegados del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) acudieron al Congreso Nacional Indígena, en Nurio, Michoacán, había, entre los asistentes, algunos grupos que no estaban de acuerdo con los zapatistas. Así nos fue a los que decidimos darle voz a los inconformes: nos acusaron de traidores y serviles con el gobierno opresor. Yo era simpatizante del EZLN, igual que muchos de mis amigos, que dejaron de hablarme, por lo menos por un tiempo.

     

    Mi amigo desde entonces, el periodista Agustín del Castillo, me recordó un par de cosas: que el buen periodista no queda bien con nadie —porque su oficio no es quedar bien, sino informar— y que no se puede ser periodista y activista.

     

    Después de 16 años estoy más convencida que antes. Que un periodista trabaje para un grupo, asociación o movimiento, por más nobles que parezcan sus propósitos, es tan mala práctica como hacerlo para un gobierno u organismo que ya tiene el poder y lo usa mal.

     

    Es tan malo porque ese periodista, que casi siempre publica sobre el mismo tema del que hace activismo, no puede ver los matices que existen en un hecho y, por eso, tampoco ayuda a que cambien de fondo las situaciones violentas, injustas y poco democráticas como las que hay en México.

     

    Argentina es un ejemplo de esta situación. Durante el mandato de los Kirchner —que acabó hace menos de dos años— los medios estaban divididos en dos versiones únicas sobre la gestión pública: los aliados al grupo de medios Clarín decían que todo lo que oliera a Cristina Fernández de Kirchner olía a podrido. Otros medios menos poderosos, alrededor del diario Página 12, afirmaban que apestaban todos los que estuvieran en contra de la entonces presidenta. A los primeros medios los consultaban casi sólo quienes odiaban el sistema. A los segundos, casi sólo los que lo amaban y defendían. Ambos contaban verdades a medias y, al no decir la verdad completa, le mentían a sus seguidores, quienes jamás pudieron tener una visión panorámica de su país.

     

    Es un hecho que todos los periodistas tenemos una ideología, simpatías y una versión de cómo deberían ser las cosas. A mí me duele la pobreza, las condiciones que impiden que la mayoría de los mexicanos tengan acceso a nada, los atentados contra el medio ambiente, los desaparecidos, la negligencia, la corrupción. Y para hacer mi trabajo, los activistas son una fuente válida y valiosa… Pero, eso es, son una fuente. El resto del rompecabezas, esa es mi obligación.

     

    Por: Vanesa Robles/Okupo+

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    Estupidovich

    2018-01-21 11:08:39 | El Pionero

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    Parece que los precandidatos y sus equipos están empeñados tanto en fomentar el humor mexicano y llevarlo a su máxima expresión como en sorprender al ciudadano de a pie con cosas que nunca pensó que vería.


        

    Las mal llamadas precampañas de los aspirantes presidenciales siguen dando de que hablar por sus ocurrencias. Parece que los precandidatos y sus equipos están empeñados tanto en fomentar el humor mexicano y llevarlo a su máxima expresión como en sorprender al ciudadano de a pie con cosas que nunca pensó que vería.

     

    ¿Un panista vestido de perredista y un partido en campaña pidiéndole a los medios no preguntar? Pues sí, en 2018 esto y más sucede en lo que es apenas el comienzo. Lo que antes parecía un sueño guajiro, Ricardo Anaya, el abanderado de Por México al Frente, lo hizo realidad. Un miembro de la derecha disfrazado de izquierda. Perredistas aplaudiendo rabiosamente a un panista vestido de amarillo, ahora es posible. 

     

    Y qué decir de Dante Delgado, líder del partido Movimiento Ciudadano, que queriendo “ayudar” a su abanderado, le dijo a los medios que no habría más entrevistas banqueteras para que no preguntaran ocurrencias. La nota, por supuesto, la dio esa “ocurrencia” del exgobernador de Veracruz. Seguramente, en el momento en que estaba hablando, Anaya pensó “¿por qué en lugar de Dante no está Yuawi dando esta conferencia conmigo?”.

     

    Eso no es todo, ahora resulta que el nuevo peligro de México no es la terminación unilateral del Tratado de Libre Comercio, la corrupción de los gobernadores o funcionarios, tampoco la inseguridad, el crimen organizado o el narcotráfico.

     

    Esas amenazas ya son cosa del pasado. Ahora, el mayor riesgo es el diabólico, perverso y malintencionado ¡gobierno ruso!, ese que hizo que ganara Donald Trump, ahora está en México. El extraño enemigo del que hablaba el Himno Nacional ha osado profanar con su planta su suelo y lo ha hecho de la mano del morenista Andrés Manuel López Obrador.

     

    A juicio de sus detractores, el tabasqueño un día es chavista; otro, putinista, y uno más, amigo cuasi-hermano de Trump. Los lunes tiene el código postal en Venezuela y los miércoles y viernes recibe instrucciones desde el mismísimo Kremlin.

     

    Morena ahora ya se llama Morenanovich, su candidato Andrea Manuelovich Vladimir López y por supuesto están impulsando una especie de política chavista y la perestroika. Seguramente, en los distintos partidos políticos están pensando que si ya funcionó una vez que López Obrador era un peligro para México ¿por qué no va a funcionar que se trate de crear la idea que El Peje realmente es un esturión?

     

    Por el momento, López Obradorovich ha tomado con sentido del humor las ocurrencias, ahora habrá que ver qué tan lejos quieren llevar esta teoría los estupidovich y si realmente le va a pegar, o de plano sale contraproducente y la gente piensa que es mejor tener a un Putin que a un Peña.

     

    Pero al menos ha quedado claro cuál es el nivel de debate que se verá en los siguientes meses. Así que no hay que dudar que se diga que Anaya es realmente es un extraterrestre y tiene superpoderes como hablar idiomas o tocar instrumento y José Antonio Meade es Carlos Salinas de Gortari disfrazado.

     

    Ahora, los precandidatos presidenciales no han sido los único que han estado involucrados en escándalos. Las palmas se las han llevado los aspirantes a candidatos independientes que quisieron sorprender a las autoridades electorales haciendo trampa en la recolección de firmas. Seguramente van a alegar ignorancia, van a decir que “fue sin querer queriendo” o que simplemente confiaron en su equipo y éste no actuó de mala fe. Lo que es un hecho es que la cultura de la transa se da en todos los niveles y parecería que se está aprovechando de la mínima oportunidad para demostrar de que están hechos.

     

     Vianey Esquinca/La inmaculada percepción

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