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  • La sociedad del cansancio

    2017-04-09 11:50:24 | El Pionero

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    ¿No será que el principal problema son los estímulos desordenados? Es buen momento para reflexionar.


        

    Estamos por comenzar la Semana Santa. Se trata de la primera “pausa oficial” del año, con los respectivos días de descanso. Hemos vivido tres meses sumamente intensos en México y en el mundo: amenazas de Trump a nuestro país, sobrerreacción de los medios y de las redes ante el mismo fenómeno, ataques terroristas, predicciones de distinta índole sobre el tipo de cambio y los muy recientes bombardeos a Siria, por mencionar sólo algunos ejemplos.

    Apenas estamos comenzando abril, y ya se percibe un cierto “cansancio social”, como si estuviéramos en el mes diez u once del año.

    Me viene a la memoria una interesante reflexión de Byung-Chul Han, un importante filósofo contemporáneo. Según él, hace algún tiempo el occidente estaba fundado en una “sociedad disciplinaria”, protagonizada por “sujetos de obediencia”, lo que ha sufrido una paulatina transformación hacia lo que denomina “sociedad del rendimiento”, cuyos actores principales son “sujetos de control”.

    En la sociedad del rendimiento existen pocos o nulos límites; el sujeto tiene capacidad de alcanzar infinitas posibilidades. Sin embargo, irónicamente, está sometido a una “libre obligación de maximizar el rendimiento”.

    La sociedad del rendimiento, llevada al extremo, sin los límites adecuados, conduce hacia lo que el propio autor denomina la “sociedad del cansancio”.

    Esta prisa, ese afán desequilibrado de rendimiento, parecería suceder en distintos órdenes: en el personal, en primer lugar, pero también en el mundo de la educación y, más frecuentemente, en el ámbito empresarial o económico. No necesariamente existe eficacia, pero sí actividad. Se echa de menos un mayor orden y un correcto equilibrio.

    Al mismo tiempo, la “sociedad cansada” pasa al otro extremo en periodos vacacionales o en fines de semana, a “tumbarse”, a no hacer absolutamente nada, para tratar de recuperar fuerzas.

    Con un fin claro y noble en mente, el esfuerzo vale la pena. Seguramente, una persona que sale a correr a la calle por hora y media, sin saber a dónde va, se cansará más que un sujeto que está corriendo un maratón y sabe que su fin es llegar a la meta. Un activismo desenfrenado, sin rumbo claro, cansa más. Quienes persiguen fines meramente económicos o de poder, y a ellos dedican esfuerzos desmedidos, quizá terminen con mucho dinero o poder, pero cansados y sin un sentido claro de vida.

    Los jóvenes universitarios, por ejemplo, fracasan por defecto o por exceso. A veces, en la línea del defecto, por carecer de una voluntad fuerte o de una capacidad de compromiso mayor. En otras ocasiones, por exceso, esto es, por un afán desproporcionado de tener éxito a costa de su propio equilibrio de vida o de su felicidad.

    La sociedad del rendimiento está expuesta a múltiples estímulos; sin embargo, ¿no será que el principal problema son los estímulos desordenados que nos autoimponemos? Este fenómeno, al generalizarse, deriva en esa sociedad del cansancio.

    Ahora que comenzaremos un breve periodo vacacional, es buen momento para hacer un alto y reflexionar. La sociedad actual, potenciada por las tecnologías de información, redes sociales, la inmediatez de la información, el multitasking, etc. está sobrecargando a las personas y las fatiga, dando lugar a la sociedad del cansancio. En ese marco, es frecuente que nos encontremos absolutamente volcados al exterior, llenando nuestros sentidos de múltiples estímulos, sin trabajar ni volver la mirada hacia el interior.

    Ojalá encontremos un esquema de estímulos ordenados, con fines y medios claros. Las personas y la sociedad deben encontrar la velocidad correcta: ir demasiado rápido cansa, pero ir muy lento impide llegar a tiempo al destino. Las pausas y los cambios de ritmo son necesarios. Ni el exceso ni el defecto nos convienen.

    La sociedad actual es más libre que las anteriores. Pero a veces parece que se vuelve esclava de otras cosas. Sus propios esquemas –rendimiento, crítica, actividad- le vuelven paradójicamente cerrada, volcada en sí misma, poco trascendente. Esto puede generar personas “automatizadas” para fines extraños como la maximización del rendimiento. Basta observar a la gente un día caminar por las principales calles de Nueva York, Londres, o la propia Ciudad de México, completamente metidas en sus dispositivos móviles, caminando a gran velocidad y muy nerviosas, para entender esta caricatura. Pienso que esta temporada de descanso nos puede servir para cuestionarnos si no estamos incurriendo en esta sociedad del rendimiento, y si nuestra ciudad no se está convirtiendo en una sociedad cansada. Y así replantear nuestros propios fines y medios.

     

    Por: Santiago García Alvarez/Rector del campus México de la Universidad Panamericana.

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    Los errores de padres malvavisco, aquellos que no ponen límites

    2017-05-16 17:07:01 | El Pionero

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    Tienen entre 30 y 45 años, son incapaces de decir no a sus hijos, son permisivos y no tienen jerarquía en su casa


        

    Por ser permisivos y condescendientes en la educación de sus hijos, a quienes no les ponen límites, los especialistas los definen como padres malvavisco.

    En entrevista con Excélsior, la directora del Centro de Especialización en Estudios Psicológicos de la Infancia (CEEPI), Claudia Sotelo Arias, señaló: “Un padre malvavisco, ya sea la mamá, el papá o ambos, es un padre que es suave como un bombón, dulzón con los hijos, porque no tiene claros los límites.

    No representa una figura de autoridad para el niño o la niña y se le dificulta poner hábitos o incluso hacer que los hábitos se cumplan”.

    La investigadora explica que se trata de padres que tienen entre 30 y 45 años y que generalmente fueron educados dentro de esquemas muy rigurosos que no desean aplicar a sus hijos.

    “Estamos hablando de padres que están tratando de modificar estos moldes cuadrados con los que fueron educados, como cuando con una sola mirada tu papá te regañaba. El problema es que se está cayendo en extremos, porque le tienen miedo al sufrimiento del niño y todo lo negocian siendo permisivos”.

    La sicóloga señala que este tipo de padres son profesionistas y trabajan, por lo que buscan compensar a los hijos complaciéndolos, sin establecer una disciplina.

    Si el niño no quiere comer lo que hay en casa, le compran lo que pide. Si no se quiere dormir a la hora que le corresponde, se lo permiten. No le fomentan hábitos”, señaló la directora del CEEPI.

    Añade que otro error que se comete es el hecho de ponerse al nivel del niño, porque los hijos deben aprender que dentro de las familias existen jerarquías y que los padres son los responsables y son quienes cuidan y protegen a los infantes.

    “Como no toleran el sufrimiento de sus hijos, siempre les dan la posibilidad de algo más. Si tienen mal comportamiento, responsabilizan a los maestros, a los abuelos o a quienes los cuidan.

    Les temen a sus hijos porque le temen al enojo, al berrinche o a la reacción si les dicen que no, y esto es un error. En el niño se debe fomentar el sentimiento de frustración para poder enfrentar la vida”, indicó.

    Claudia Sotelo Arias señala que los padres malvavisco no tienen la conciencia de que sin disciplina y sin reglas no están educando al niño para enfrentar al mundo.

    “El problema no sólo se sufrirá en el hogar, sino en la convivencia con otras personas. No se trata de ser autoritarios ni de imponer, se trata de ser una figura de autoridad siendo padres comprensivos y flexibles, sin afectar al niño”, explicó la sicóloga.

    SIN TOLERANCIA A LA FRUSTRACIÓN

    De acuerdo con la maestra Susana Salazar Gómora, coordinadora del CEEPI, los hijos de padres malvavisco son niños que no logran desarrollar una tolerancia a la frustración y rivalizan en la escuela o en la familia porque no están acostumbrados a recibir una negativa como respuesta.

    “Son niños que van a hacer berrinche ante un no, son niños que siempre van a buscar que los padres puedan complacerlos en todo y donde estén.

    Son niños que dentro de la escuela no siguen normas y sin importar el grado escolar no logran trabajar con sus compañeros de clase”, detalla.

    La especialista en estudios de desarrollo infantil comenta que debido a la falta de reglas y de hábitos los niños también presentan trastornos alimenticios y del sueño.

    Salazar Gómora, señala que los hijos de padres malvavisco también corren el riesgo de ser rechazados por su comportamiento en su entorno de convivencia habitual.

    “Hay que poner atención: si de los tres a los ocho años el berrinche es su forma de comunicación, ya estamos hablando de un foco rojo”.

    Explica que si no se detiene este tipo de comportamiento, los hijos de padres malvavisco tendrán una adolescencia y una etapa adulta complicada.

    “Cuando un niño sin capacidad de frustración llega a la adolescencia, se vuelve más agresivo y pueden hasta agredir a los maestros.

     

    “Además, son jóvenes que no tienen buen rendimiento escolar constante y que son proclives a las adicciones”.

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