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  • PRD: partido anecdotario

    2017-03-12 14:06:44 | El Pionero

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    El Partido de la Revolución Democrática se encuentra desdibujado y su pelea será por no caer al 4º lugar frente al PRI, PAN y Morena.


        

    El PRD está en crisis, una más. Prácticamente desde que se fundó no ha salido de ella. ¿A quién culpar? A sus militantes: los que están, pero cuyo corazón anda en otros terrenos; los que ya no están, pero siguen aprovechándose del PRD; los que siguen ahí, los que se fueron y los que se irán.

     

    El senador Miguel Barbosa es el clásico ejemplo de los que siguen estando en el PRD, aunque en cuerpo y alma le pertenecen a otro. El legislador no sólo se pronunció a favor de Andrés Manuel López Obrador, sino que se convirtió en el caballo de Troya, quiere torpedear al partido desde adentro.

     

    En este mismo terreno están todos los senadores que en una oda a la incongruencia le dieron la espalda al partido que los llevó a tener un escaño en el Congreso, pero siguen cobrando las dádivas y las prebendas que tienen como integrantes del Grupo Parlamentario del PRD en la Cámara alta. En este rubro se encuentran: Alejandro Encinas, Mario Delgado, Zoé Robledo, Armando Ríos Piter y Rabindranath Salazar. Incluso siguen apareciendo en la página de internet del grupo. Solamente los senadores Sofío Ramírez, Carlos Manuel Merino y Martha Tagle tuvieron tantita vergüenza y después de renunciar al PRD se fueron de la fracción perredista.

     

    Lo que es peor es que, a pesar de no militar activamente en el partido, no sólo siguen disponiendo de los recursos, sino que se inmiscuyen en la vida interna del PRD y son los que ¡votaron a favor de que Miguel Barbosa se quede al frente de la fracción parlamentaria del sol azteca!

     

    Además de éstos, también se encuentran los que ya tienen un pie afuera. Diversos legisladores, tanto senadores como diputados, al ver el barco del PRD hundirse corren para salvarse y ya amenazan con saltar al bote salvavidas, incluso antes que mujeres y niños.

     

    También se encuentra a los militantes que realmente nunca han estado. El caso más emblemático es el de Miguel Ángel Mancera. El jefe de Gobierno de la CDMX llegó al puesto a través de las siglas del PRD, pero le ha regateado su afiliación. Además ha hecho que el PRD, que era la fuerza hegemónica en la Ciudad de México, haya perdido estrepitosamente su fuerza y le haya abierto las puertas a Morena, al PAN e, incluso ¡al PRI! Mancera no le ha sumado al PRD, sino que le ha restado y dividido.

     

    El PRD también se mantiene en caos por los que ya no están. Los cacicazgos que lo formaron ya no están ahí para defenderlos. Se fue Cuauhtémoc Cárdenas, Porfirio Muñoz Ledo y el propio Andrés Manuel López Obrador. Cada salida representó un cisma para el partido, pues giraba alrededor de estos personajes.

     

    Pero los que se quedan tampoco ayudan a su propio instituto político porque no logran ponerse de acuerdo. La confederación de partidos que forman el PRD se hace trizas en cada discusión y su pretexto es que ¡son un partido vivo… vivísimo! Además, dentro de los que siguen ahí, se encuentran los que como la chimoltrufia, conforme dicen una cosa dicen otra. El jueves pasado, Excélsior publicó en su portada que: “El PRD no descarta ir con AMLO”, bipolaridad política en la que la dirigente nacional Alejandra Barrales señalaba que el partido apoyaría a López Obrador si la mayoría de la militancia así lo decide.

     

    Hay elecciones en puerta y el PRD no aspira a ganar una sola gubernatura. Se encuentra desdibujado y su pelea será por no caer hasta el 4º lugar frente al PRI, PAN y Morena. Ahora lo único que tiene en mente es sobrevivir y en no convertirse en un partido anecdotario, si logra sacar algo más entraría en la categoría de un milagro.

     

    Víanney Esquinca/La Inmaculada Percepción

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    Errores

    2018-04-21 18:04:41 | El Pionero

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    Mientras más posibilidades de ganar o crecer tiene un candidato, más visibles serán sus resbalones.


        

    Es una simpleza letal: El éxito de las campañas electorales depende de la capacidad de capitalizar los errores ajenos y de los reflejos para enmendar los propios.

     

    Mañana, en el primer debate del INE, ese marcador estará contando para cada uno de los candidatos presidenciales y, al final, más que las respuestas ingeniosas o punzantes, quedarán los yerros que puedan cometer o generar en sus adversarios.

     

    Por lo pronto, a diez semanas de la hora de las urnas, todos han acumulado errores que importan.

     

    Porque la pelea continúa, aun cuando los ejercicios demoscópicos confirman los lugares de los competidores.

     

    La más reciente encuesta, difundida anoche por BGC de Ulises Beltrán, reportó estas intenciones de voto: Andrés Manuel López Obrador, 40%; Ricardo Anaya, 32%; José Antonio Meade, 22%; Margarita, 5%, y Jaime Rodríguez Calderón, dos por ciento.  

     

    Con esas distancias, nadie puede darse por vencido. Menos cuando las experiencias internacionales revelan que las últimas semanas son determinantes. Y a nivel estatal, en 2016, por ejemplo, atestiguamos que las encuestas no dieron como delanteros a los ganadores de gubernaturas en Chihuahua, Tamaulipas. Veracruz, Quintana Roo, Querétaro y Durango.

     

    Y en medio de la incertidumbre, debemos entender que mientras más posibilidades de ganar o crecer tiene un candidato, más visibles serán sus resbalones y deficiencias congénitas.

     

    Bajo esa lógica, Rodríguez Calderón, con la menor intención de voto en todas las encuestas y quien se incorporó a la competencia 10 días después de iniciada, cargará hasta el primero de julio la controvertida resolución que desde el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación le dio vida a su candidatura.

     

    A esa dudosa resolución, que validó las firmas que el INE reprobó, se suma otra falla de fondo para El Bronco: El primer político que por la vía independiente enfrentó exitoso a la partidocracia, ya en el poder destruyó tanto las alianzas políticas y empresariales que le permitieron llegar al gobierno de Nuevo León, como las expectativas de que haría la diferencia.

     

    Margarita Zavala, por el contrario, supo sortear las impugnaciones a su candidatura porque nos fue contando de las vicisitudes del proceso.

     

    Pero en su legítima apuesta por quedarse con los panistas inconformes, la abanderada cometió un error: Sumarse de manera acrítica a la fracasada campaña que el gobierno federal y el PRI emprendieron en contra de Ricardo Anaya por un pretendido caso de lavado de dinero.

     

    Esa decisión, la de dar por justa y necesaria la andanada gubernamental que incluyó el uso faccioso de la PGR, convirtió a Margarita Zavala en aliada natural del PRI. Se trata de una percepción que le ha restado impulso. Quizás tanto o más que la falta de una estructura partidista.

     

    El error de Meade fue dejarse atrapar por dicha operación contra el abanderado del Frente. Ésta no mejoró su popularidad y abonó en la idea de que Anaya era una opción opositora.

     

    Pero el equívoco mayor del presidenciable del PRI radica en haber respaldado la estrategia que dio paso a esa andanada: Pretender que las acusaciones de corrupción hacia el partido en el poder se diluirían al señalar que los demás también tenían sus expedientes en esa materia.

     

    En vez de encabezar la autocrítica a los gobernantes priistas, Meade aceptó ser parte de la defensiva, diluyendo así sus atributos y talentos, al ponerlos al servicio de una causa perdida: Justificar la impunidad.

     

    Ante la embestida gubernamental, Anaya careció de una respuesta articulada y del cobijo que debía derivarse de una coalición de tres fuerzas políticas importantes: PAN, PRD y Movimiento Ciudadano.

     

    La imposibilidad de armar un cierre de filas contundente y a tiempo fue la factura que el candidato frentista debió pagar por los varios heridos que dejó en el camino de la construcción de su candidatura.

     

    Pero el error más grave de Anaya es no haber invertido energía suficiente para cicatrizar heridas y sumar, en serio, a los gobernadores y liderazgos de su coalición.

     

    Se trata de un déficit estructural del candidato con mayores posibilidades de ser el retador del puntero: Su estilo personal que centraliza decisiones y que termina por desperdiciar apoyos y desgastar a su gente.

     

    En los cuernos de la luna, López Obrador festeja su ventaja, suma a políticos y ciudadanos de todas las filiaciones partidistas e impone la agenda de la contienda con el mejor mensaje antisistema.

     

    Pero justamente esa anticipada celebración del candidato de Morena ha prendido las señales de alarma entre el poder económico y las clases medias que habían comenzado a coquetear con su oferta de conciliación.

     

    Con una campaña divertida, emocional y de alto impacto, AMLO capitalizó el malestar ciudadano, cayendo, sin embargo, en el error de azuzar el resentimiento que igual se traduce en la satanización de un Carlos Slim, que en la soberbia colectiva de sus seguidores. 

     

    Errores. Sí, errores. Como en todo lo humano. Algunos de posible corrección. Otros, acaso imperdonables.

     

    Faltan diez semanas para saberlo.

     

    Vianney Esquinca/Retrovisor

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