×
  • LOCAL
  • ESTATAL
  • EL GRILLERO
  • EL PAÍS
  • DEPORTES
  • LA OPINIÓN
  • TRIBUNA
  • INSÓLITO
  • ESPECTÁCULOS
  • POLÍTICA
  • MUNDO
  • CLASIFICADO
  • CONTACTO


  • Atrás mordaza

    2017-02-01 17:37:29 | El Pionero

    Facebook Twitter Pinterest Google Reddit LinkedIn

    “Los censores nunca jamás han sido protectores de la gente (aunque así se vendan): son protectores de los poderosos que no quieren que nadie los exhiba. Al grado de defender, incluso, lo indefendible. El IFT está a tiempo de recapacitar y no contribuir a lastimar todavía más nuestra ya de por sí muy lastimada democracia…”, escribí esto hace apenas una semana.


        

    Hoy, siete días después, el IFT tendrá que esperar a que la SCJN resuelva la controversia constitucional que interpondrá Presidencia de la República, según lo anunció ayer. Son ocho los artículos de la Ley Federal de Televisión y Radiodifusión que fueron señalados por el Ejecutivo para buscar su anulación. Entre ellos está, justamente, al que hice referencia hace unos días. El gobierno de la República justifica su intervención en que el IFT no tiene facultades para emitir disposiciones que regulen lo que entendemos (o entienden) como derecho de las audiencias. Esto es parte de las obligaciones del Estado, y pretender regularlo era invadir facultades del Presidente. Y como detallamos varios colegas, definir qué debe ver y de qué forma la audiencia, es un asunto sumamente delicado y, sí, de corte autoritario y diseñado sobre criterios que subestiman a televidentes y a radioescuchas, que pretendían “proteger” a las audiencias a partir de subestimarlas y privarlas de toda voz que propicie debate, opinión, signos de interrogación, irreverencia, cuestionamiento o hasta la mera interpretación de los hechos que aporta la realidad. El recurso de controversia constitucional que interpuso Peña Nieto corresponde a una urgencia para asegurar que la manera en cómo comunicamos quienes nos dedicamos a los medios de información, no sufra alteraciones que corresponden más a regímenes censores que a una democracia abierta y deliberativa. “Me gusta mi mundo sucio, contradictorio, mugriento y bajo. No lo cambio por el lugar desinfectado que, dentro de poco, será…”, escribía Leila Guerriero hace un par de semanas en su blog en El País. Se refería —por supuesto— a la lluvia de reglas o normas morales que, con el tiempo, la sociedad ha diseñado como resultado de un boom por la corrección política. Búsqueda de mejores códigos que se han convertido en estrategias de manipulación por parte de quienes ejercen el poder. Cuando lo correcto se vuelve lo incontrovertible. Le decía yo en el texto del 27 de enero: lo que pretende el IFT es evitar que yo que escribo en este diario y conduzco dos espacios informativos, en radio y televisión, respectivamente, me guarde sólo para mí (o lo aturda a usted, querido televidente o radioescucha, con cortinillas de advertencia de que lo que diré es opinión mía y nada más que mía, como si usted fuera un tonto incapaz de distinguirla) cualquier apreciación sobre la realidad. Ni pensar en decir que Javier Duarte es un ratero, aunque la Interpol ya lo busque por ello: antes el IFT me exigiría una cortinilla de “opinión”. Otra nueva legislación para menospreciar el criterio, la inteligencia y el discernimiento de los ciudadanos: el Estado siempre tratándolos como niños de pecho para protegerse a sí mismo (o a su clase política) de todas las críticas y cuestionamientos. Mejor te pongo una venda (o una cortinilla) en ojos y orejas para que no veas ni oigas que en realidad soy santaclós (o bueno, que soy un ratero). El IFT esperará la resolución de la Corte, que antes de discutir el tema deberá aceptar el recurso del gobierno federal. ¿En qué pensaba el IFT con esta ley que sería la envidia hasta de Nicolás Maduro? El gobierno federal hace lo correcto al interponer la controversia para no permitir que esta sociedad reciba, como escribía Leila, la información “desinfectada”. Que de tan desinfectada termina siendo incolora, inodora, insípida y... homogénea. Repito lo que anoté: una sana democracia se enriquece por la diversidad de voces y de vías que éstas tienen para expresarse. Cualquier intento de restringirla —lejos de los principios éticos de cada informante—, corresponde a un acto de censura. Y las mordazas siempre sacan sangre: no sólo a las bocas a las que se imponen; también a las manos que las amarran... Es turno de la SCJN para defender una libertad fundamental para toda democracia que se precie de serlo. Yuriria Sierra/Nudo Gordiano

    Facebook Twitter Pinterest Google Reddit LinkedIn

    Homo erectus

    2017-03-25 18:49:09 | El Pionero

    Facebook Twitter Pinterest Google Reddit LinkedIn

    Pensar que una mujer debe pedir “por favor” que la dejen de molestar es como decirle a un delincuente que, por favor, no nos asalte.


        

    La idea es muy simple, pero efectiva: pantallas en los andenes de una estación del Metro en la Ciudad de México, en ellas se proyectan los glúteos de los hombres que esperan el transporte. A algunos les dio risa, pero la mayoría reaccionó con desconfianza. Unos se cubrieron con sus manos, otros más se vieron un tanto o mucho muy molestos. ¿Quién les dio derecho a enfocar su cuerpo? ¿Quién les dio permiso de ser el centro de las miradas? Efectivamente, nadie. Un experimento lanzado por un colectivo aún anónimo que busca la concientización sobre el tema del acoso, muy en la opinión pública, luego de que Tamara de Anda, una conocida bloguera en redes sociales, hizo público su caso, en el que llevó al Ministerio Público a un taxista que le gritó “¡guapa!” desde su vehículo.

     

    Pero regresando al experimento que mencioné al principio, lo que resulta sumamente interesante es ver la reacción de la mayoría de los hombres. Claro, aquellos que se molestaron porque en una pantalla se vieran enfocadas sus partes privadas, consideran que un “guapa” o cualquier palabra dirigida sin consenso a una mujer, debería ser recibida como si se tratara de un favor, de un halago. Bueno, yéndonos a los extremos, ¡hay quien piensa que debemos pedir “por favor” que no se nos acose con tales comentarios! Faltaba más, ahora resulta que las mujeres debemos tener la obligación de saber cómo pedir que no se nos moleste. Los hombres, en consecuencia, sólo serán seres que responden a un instinto que una inconsciente mujer no entiende.

     

    El acoso, para quienes andan todavía muy perdidos en el tema, es muy simple: es cualquier expresión dirigida a una persona en particular, sin su consentimiento. Usted, hombre o mujer, sabe de quién recibir cualquier comentario, sobre todo si éste tiene un fin sexual: está en su derecho de decir “de ti sí, de ti no”, entonces, ¿por qué habríamos de recibir, responder o agradecer lo que cualquiera nos diga?

     

    En otro experimento, también en el Metro de la Ciudad de México, colocaron algo sobre los asientos; los hombres que no se percataron del objeto y que tomaron el lugar, se encontraron con un contacto extraño que, por supuesto, no les gustó. Pues eso, señores, es lo que sentimos cuando se nos acercan demasiado. El muy conocido “arrimón” que sin ningún tipo de pena y menos aún de respeto, muchos de ustedes ejecutan con alevosía y ventaja. Ah, ¡pero claro!, ninguna de estas circunstancias resultó agradable para los señores: ni que sus pompas fueran vistas por todos y todas alrededor, ni que un objeto extraño se acercara inesperadamente a las mismas mencionadas pompas. Pero, según algunos de esos mismos señores, las mujeres deberíamos estar agradecidas porque alguien se fijó en nosotras.

     

    Lo que los acosadores necesitan saber es qué es lo que se siente. Y quienes los justifican, también. Lo que quienes han vivido una experiencia de acoso de cualquier nivel merecen es la oportunidad de defender que nadie tiene por qué aceptar un “halago” si nadie abrió la puerta para ello. Pero hasta que no entiendan que las mujeres podemos andar “solas” por la calle, vistiendo como se nos dé la gana, hablando y haciendo lo que deseemos, siempre y cuando no afectemos a terceros, ese machismo tan arraigado no comprenderá jamás que sus prácticas han quedado desfasadas con el paso del tiempo. Pensar que una mujer debe pedir “por favor” que la dejen de molestar es como decirle a un delincuente que, por favor, no nos asalte. Así de elementales son esos señores que se creen homo sapiens, pero no distinguen entre el homo erectus y el australopithecus al comportarse.

     

    Yuriria Sierra/Nudo Gordiano

    Facebook Twitter Pinterest Google Reddit LinkedIn